viernes, 13 de marzo de 2009

Llueve en mi Departamento



Cuando la Mila entró el agua ya se había apoderado de todo, y yo estaba arriba de una mesa con la mirada perdida viendo como todo flotaba, en el charco negro que se había convertido el piso, y en el agua que ya superaba el metro y medio, dentro del pequeño living de nuestro hogar.

Todo comenzó temprano, cuando me levanté y vi que unas pequeñas nubecillas se formaban en el techo de la cocina, lentamente, como motitas de algodón de blanco vapor, me miraban despectivas. No le di mucha importancia y seguí con mis quehaceres. Un par de horas después las motitas eran más grandes y no tan blancas, y comenzaron a desplazarse hacia el comedor, mientras almorzaba y leía el diario. De a poco se posicionaron y su color negro opacó el delicado color de mi pie de limón. Las primeras gotitas se dejaron caer casi de manera imperceptible, moviendo despacio el café que estaba servido y humedeciendo el papel de las hojas y la tinta del periódico. Me puse de pie, sin hacerme mala sangre y me senté en el sofá, no había para que pelear con las nubecillas, pero fue peor. Ese gesto de mi parte fue tomado como una afrenta, ya que de inmediato comenzaron a caer gotas más gruesas y la nube comenzó a expandirse y a crecer hasta cubrir la totalidad de la habitación. En es momento me di cuenta de que la cosa iba en serio, más aun cuando comenzaron los relámpagos, intensas descargas eléctricas que arruinaron mi televisor de un golpe y rebotaban en el suelo y se movían por el piso. Los truenos retumban en las paredes, botando el cuadro que alguna vez pintamos. El papel de las paredes empieza a ceder, el gato huye por la ventana. Esto se transformó en un pequeño diluvio y no hay quien lo pare. El agua comienza a subir, y mis papeles y tus fotos flotaban en el agua, una camisa vieja, una carta que nunca envié, se mezclan con mis discos y tus flores. Me subo a la mesa, y me siento a contemplar la catástrofe mientras el agua no para de caer y de alguna forma me purifica, me limpia, sentado con las piernas cruzadas en la mesa que comemos todos los días, en la misma que brindamos, en la misma que follamos las veces que nos dio la gana, cuando estabas aquí. El agua sube, estoy empapado, muerto de frió, levanto las manos y abro la boca, para recibir la lluvia que cae, la lluvia que cae aquí mismo, aquí en mi departamento, y sonrió, mojado, feliz.

En eso suena la puerta y entras. Me miras y te ríes al verme sentado y mojado encima de la mesa. Abres un poco más la puerta y botas el agua. Te paras al lado de la nube y la acaricias, le dices que ya esta bien y que tengo frió. La nube la envuelve con su blanco color, como un abrazo infinito y se va, por la puerta. Quedamos los dos mirándonos, mojados, empapados en el desastre que es ahora nuestra casa. Te sientas a mi lado en la mesa, te sacas los zapatos y me abrazas. Miramos por la ventana y al fondo esta el sol, mirando la ciudad, y al lado una nube que empieza a opacarlo. Parece que mañana lloverá.

Este cuento es pa ti.

domingo, 8 de febrero de 2009

Dormir Bajo la Cama del Diablo




- Buenas Tardes, ¿podemos hablar con usted sobre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días?

Ni en la peor pesadilla surrealista, imagine empezar el día con esas palabras. Es una mierda despertar así, pero peor aun es escuchar esa triste frase al abrir la puerta. Al girar la manilla veo a dos gringos desabridos, con cara de hacer amigos y recién bañados en mi puerta, con una Biblia bajo el brazo, y una mineral sin gas. Ambos están vestidos iguales, con los zapatos lustrados, peinados, con sus dientes blancos, que contrastan de manera abismante con mi persona recién salida de una pegoteada cama, hediondo, con el pelo asqueroso, y en calzoncillos. Lo primero que se me viene a la mente es el porque están acá, que vienen a hacer desde tan lejos a interferir en nuestras monótonas y pasivas vidas. ¿Que habrán dejado allá? ¿Sus papas los extrañaran? ¿Será una especie de castigo venir a hablar huevadas a un país como el de nosotros? ¿Habrán dejado a alguna gringa gorda y espinillenta llorisqueando a moco tendido por ellos? ¿Se la habrán tirado el día antes de venirse, diciéndole que por ese día, solo por ese día y en esas circunstancias no era pecado?

Que mierda estos tipejos, me hacen levantarme de la cama y ¿que mierda quieren que les conteste? No se me ocurre nada mejor que hacerlos pasar, casi como una venganza por interrumpir mi sueño, porque al verlos entrar sentí que ya querían irse, salir de ahí, moverse, al ver las botellas tiradas, y el olor a caños impregnado en las paredes, en el suelo y desde ahora en ellos mismos, casi invisiblemente manchando sus blancas camisas. Pero ya cagaron, ellos pidieron entrar y lo consiguieron, así que no hay derecho a reclamo. Los acomodo en un sillón y me siento a observarlos. Tan incómodos, miran la caga que hay en mi casa, y no saben que decir, observan, miran, pobres huevones, yo creo que primera casa que les toca así. Uno, el que al parecer las hace de líder, se larga a hablar, imparable. Se saben el discurso de memoria, repite una serie de cosas que no entiendo, y me empiezo a confundir. Así que lo mejor que puedo hacer es dejarlo en “mute” un rato, y mientras veo solo gesticular y mover los brazos, me detengo en el otro, a observarlo. Es más cabro, debe tener unos 20 años y no deja de mirar el poco de hierba que está encima de la mesa. Me mira y baja la vista, avergonzado, como un niño que se ha portado mal, o que se saco malas notas y debe enfrentar a sus padres. Me da pena, no mucha, pero me da. Veinte años y anda dando la hora a las 4 de la tarde, día domingo, no hay salud. Algo tiene el gringuito, algo que hace que me recuerde a mi mismo a esa edad, cagao de susto, sin saber donde tirar, sin saber donde ir, sin saber pa donde va a micro.

- ¿Ha escuchado hablar de la tribu de Nefi?

-

- ¿?

- No…

El gringo mas grande de alguna forma tomó el imaginario control remoto, se dio volumen e interrumpió mi reflexión. Lo miro sin saber que quiere escuchar. Cuantas veces habrá preguntado lo mismo, en distintas casas, barrios, horas, sillones, y gringuitos de compañía diferentes. La rutina, su rutina y yo sentado en calzoncillos

mirando sus biblias y el gringo mas chico que no para de mirar la mesa y los restos de juerga. Esta como penitente, culpable. De alguna forma quiero hacerlos sentir mejor, mostrarles que no toda la gente es tan penca, alegrarles un poco la tarde, sacarlos de contexto.

- ¿Almorzaron? – Los interrumpo- ¿si o no? Porque yo no y tengo hambre… harta.

Sin esperar su respuesta me voy a la cocina, y saco unas cervezas del refrigerador. De un cajón, unos panes amasados que mi mama religiosamente manda aun, los primeros días del mes, y unas paltas. Como una forma de sentir que aun dependo de ella, aunque ya son años en que no es así, me manda comida y diez lucas todos los meses, huevas de vieja, huevas de mama. Llevo todo a la mesa y lo dejo, como una seudo ofrenda, al lado del paquete de caños. Le paso una cerveza a cada gringo y los miro fijo.

El gringo más viejo, mira con recelo. No sabe si lo estoy hueveando o de verdad quiero ser amable con ellos. El chico ya destapo la lata, y toma un sorbo tan largo, que llega a parecer obsceno y se ríe el huevon. El gringo grande al parecer todavía no se decide, y hace calor, mucho calor, un calor de mierda que en esta fecha se cuela por las paredes, por la ventana, se pegotea en la ropa y no deja pensar muy bien. El chico, se mete la mano al bolsillo y me ofrece un Lucky Strike, - americanos, le digo – asiente satisfecho, sin parar de beber la cerveza. El gringo más viejo trata de seguir con la lectura de la Biblia, pero en su interior sabe que ya no hay caso, que no hay vuelta atrás, menos cuando el gringo chico me pide otra lata, y mira con una sonrisa los pequeños papeles que están tirados por la mesa. A buen entendedor, pocas palabras. Un loco conoce a otro loco, y no lo iba a dejar mirando. Lentamente tomo el resto de macoña que queda en el paquete y lo deposito en el pequeño barquito formado por el papelillo, y comienzo a rolar con mis dedos. El gringo grande me mira, y atina a pararse, no le gustó, se quiere ir, pero el chico lo mira y comienza a hablarle más golpeado. De un momento a otro el está al mando, ahora el tiene el control de la situación y comienzan a discutir en ingles, patalean, mueven los brazos. En resumidas cuentas le dice que está chato de andar hueveando todos los días por las casas, que no salen nunca, que pasan todo el día en la iglesia, que no hacen nada, que nunca se divierten, etc. El grande calla, y en ese silencio consiente todo lo demás que pueda pasar. Sabe que tiene razón, que su vida es una monotonía aburrida, que lo pasan mal, que a veces tienen hambre, que están lejos de la casa. No lo dice, pero lo puedo ver en su mirada. Al final, de malas ganas toma un pan con palta y en la gratitud de su tibia sonrisa, veo que la resignación lo domina, al menos por este momento. La cerveza está sobre la biblia, y el pitillo circula, los gringos inhalan, yo inhalo y los miro, contentos relajados en mi sofá. Parecen niños, lejos de casa, encontraron al fin un poco de paz en casa de un extraño. Estamos volados, sentados hablando sobre el clima, o sobre cualquier imbecilidad. El gringo grande me dice que le gusta una de las niñas que va a la iglesia, que se la piensa tirar antes que termine la misión, que no piensa volver a su país sin haberse comido un par de minitas de acá. El gringo chico se para y va hacia mis discos, los intrusea un rato, los mira, trata de encontrar algo familiar. Pone el Umplugged de Alice in Chains, y Nutshell llena el espacio, mezclándose con el humo y el sol de la tarde, mientras bebemos las últimas cervezas.

En ese momento entra la Mila, que estaba durmiendo en mi pieza, y debió despertar con el ruido y la música. Totalmente desnuda, con el cuerpo de una mujer de 23 años, que hace yoga y danza los cinco días de la semana. Cruza la habitación tomando jugo de naranja, se sienta al lado mío, me saca el pito de los labios, fuma, y luego me da un beso y me sonríe, con esa sonrisa perfecta que siempre me caga y a la que no le pudo decir que no. Luego se para, mira a los gringos que están embobados, un par de adolecentes mirando su figura, que atrae como un globo brillante, y no dice nada, y se va a la pieza de nuevo, moviendo el cuerpo, con la gracia de una niña. Los gringos no saben que decir, yo creo que este fue su mejor día en esta mierda de ciudad desde que llegaron. Toman sus cosas, me dan la mano, las gracias y se van. Cuando el gringo chico va en a puerta, se devuelve, toma su Biblia y me la regala. Por alguna razón bajo la vista, y la recibo. Luego de eso lo vi bajar las escaleras y perderse, perderse en la calle y en la tarde.

Vuelvo a mi pieza, y ahí esta la Mila leyendo unas revistas antiguas, con fotos en blanco y negro de vestidos viejos, feos y acartonados. Levanta la cabeza y me dice

- Ven, quiero cariños…

La vida puede ser como el pico algunos días.


A los que están siempre, mis padres, mis hermanos, mis amigos, y mis discos.

martes, 27 de enero de 2009

Sol de Medianoche




Todas las tardes al volver, me miraba los pies. Largos, flacos, llenos de arena pegoteada, y agua que comenzaba a secarse, junto con la sal que comenzaba a arder. Una visión tal vez simple, del que según un amigo me dijo "el mejor trabajo del mundo" y vaya que lo fue. Llegar a la defensiva, cerrado, distante, y volver con las tripas afuera, con el corazón en las manos. Una semana despersonalizado, una semana sin ser yo, una semana sacado de la cotidianeidad de mi vida e insertado en otra, como arrendar una vida, para poder matar a la antigua. Claro que acá no la arrendamos, sino que simplemente la donamos a la causa y la dejamos a su suerte, para ver que pasaba, para ver que nos pasaba. Descolocados, despersonalizados. Pasar a ser en media hora padre, madre, hermano, tío, docente y todo cualquier apelativo necesario de un puñado de desconocidos que miraban con cara de necesitar un abrazo. Con los días esa necesidad se me paso a mi, necesitaba abrazar y que me abrazaban, por eso apretaba a la feña y a la cote. Por eso corría por un abrazo o un apretón de manos.
Volver a levantarse temprano y acostarse tarde, volver a despertar con sueño, volver. Volver a comer lo que te daban, a escuchar lo que ponían, a hacer lo que ellos pedían, pero con una sonrisa. Volver a nadar, a sentir el cuerpo adolorido al acostarme, tenso en cada uno de sus músculos, y despertar con el mismo dolor en la mañana. Bailar, cantar, actuar, crear, saltar correr, caer. Ser otro, por una semana, ser como realmente somos, sacar lo que estaba tapado y en ocasiones enterrado, y entregarlo, de la mejor forma posible.
El cuestionamiento, el pensar todas las noches, la entrega de afectos. El afecto en si mismo, pensar y pensar, las veces que hemos querido tanto, entregado tanto, y no recibimos nada. Y llega una manada de pequeños engendros que sin conocerte y sin haberte visto jamás en sus cortas y accidentadas vidas, te entregan su amor y cariño, así, sin condición, sin esperar nada, sin querer nada, solo un poco de atención.
Una vez escuche que la alegría era una droga, y hoy me doy cuenta que el comentario era certero. No me explico de otra forma el dormir 6 horas diarias y levantarse y hacer actividad física durante 7 días seguidos. Y si vemos la alegría como droga, ahora estoy con síndrome de abstinencia en mala. Me dio una angustia terrible. Quiero volver, quiero irme a los molles de nuevo, quiero irme ahora a dormir mal y jugar y reír todo el día, volver a ser niño por una semana, otra vez. Darme cuenta de que es lo realmente importante, a quien debo dedicarle atención, a quien debo entregarle mi tiempo. Descubrir que ser feliz no cuesta nada, que ser feliz es gratis y tan fácil como compartir un mate y un galletón de avena, mirando las estrellas. Que mis amigos valen más que todo el oro del mundo, que caminar me hace bien, y que el amor es lo único que crece cuando se comparte. Que me gusta saborear mis labios salados y secos al volver de la playa, que me gusta manguerearme en el patio, que me gusta caminar y correr, que la peor comida del mundo, con hambre es el mejor de los manjares, que inconcientemente ya estoy haciendo el bolso, para volver...

A mis niños queridos.

jueves, 1 de enero de 2009

El Pibe



Un niño alza la cabeza y mira. Mira por su ventana y ve a dos niños que golpean a otro niño que está en el suelo. Lo patean, lo escupen, y le quitan el poco dinero que traía. El niño se pone de pie, y entre sollozos y llanto se va a su casa. El niño mira la escena desde su ventana y piensa que el puede hacer lo mismo, que no es una mala idea. Así el niño sale a la calle a buscar otros dos niños, uno para golpear y escupir, y otro para que lo acompañe. El niño camina y mira las nubes, al parecer lloverá. El niño tiene pecas y el pelo sucio, su madre no lo asea mucho. El niño siente frió, y al llegar al mar se da cuenta que va descalzo y que sus pecas están azuladas por lo bajo de la temperatura. En el agua hay otro niño con pantuflas, y el niño se las quita, y le dice si lo acompaña a golpear otro niño y conseguir dinero para comer. El niño acepta y ambos niños caminan por la calle buscando el niño que falta. Así llegan al campo, donde un niño cuida sus vacas. Al ver llegar los dos niños, se para y les pregunta si toman leche. El niño responde que si, y bebe dos vasos. La vaca no toma y solo los mira mientras mastica alfalfa. El niño piensa que el campo es un buen lugar y descansa. Los otros niños lo ven acostado, solo y lo golpean, lo patean y escupen y le quitan su dinero y sus pantuflas. El niño se para y llorando pregunta a la vaca como regresar a su casa. La vaca que mastica alfalfa, y no toma leche, tampoco responde. El niño comienza a caminar, mientras trata de recordar el camino a casa. Una calle se le hace conocida y comienza a moverse, mientras del cielo hace su aparición la lluvia. El niño llega a su casa con otro niño que encontró en el camino, está golpeado y con olor a leche.

Su madre lo mira, lo toma y lo baña en patio, con una manguera rociando agua que cae por sus cabellos, mientras el otro niño mira y aburrido decide irse. El niño queda limpio y se acuesta a dormir, y sueña, sueña con otros niños, que lo golpean y lo escupen y le quitan a su madre. El niño despierta de golpe, asustado por la pesadilla, y se levanta y va a la escuela, donde se reúne con otros niños que gritan, y halan demasiado y tratan de ser callados por otros niños que ya no los son tanto. El frio y la lluvia se transforman en nieve, y los niños comienzan a jugar en la calle, el niño alza la cabeza y mira, mira por la ventana y ve a dos niños que golpean a otro niño en la calle, lo patean y escupen y además de eso lo entierran en la nieve. El niño piensa que mejor se va a dormir, que mañana será otro día y los niños deben dormir temprano. Eso es lo mejor que puede hacer.

martes, 18 de noviembre de 2008

Desayuno


Termino de tomar mi café y te miro, de reojo. Ahí estas al lado mío, pero a mil metros, en otra parte. Tantas veces la misma escena, tantas veces la misma rabia, tantas veces la misma frustración, tantas veces las mismas ganas de matarte. ¿Por qué siento eso? ¿Por qué todas las mañanas te quiero ver muerta? ¿Por qué no lo hago ahora?

Seria fácil, estas despreocupada leyendo el diario y viendo imbecilidades que no tienen ningún sentido, en vez de mirarme a mi. Siento como tus ojos se desplazan por las palabras, sin siquiera notar que tomo un cuchillo firme en mi mano. A ver, como lo hago. Lo típico seria decir alguna cosa, como para darle mas importancia al momento, algo como ¡te odio! o ¡toma perra! o algo por el estilo, pero como que no me tinca, como que no pega en la mañana, si está todo claro por el sol, y eso es más como para la tardecita. Lo otro es que lo clave en la espalda, sin decir nada, y ver como me miras con cara de sorpresa, como queriendo saber que pasó o porque de pronto ves una hoja de acero salir por tu pecho reventando en sangre... Pero sería medio asqueroso, además de dejar la mesa toda manchada, y tener que lavar el mantel mmm… mejor que no. ¿Y si te ahorco? Me agrada la idea igual, tomar tu cuello entre mis dos manos y apretar, apretar hasta que no pueda más y ver como se te salen los ojos, y la lengua brota por tu boca que se comienza a poner morada, morada como tu cara, azul como tu cara, negra como tu cara de mierda, que no da más sin aire hasta finalmente morir, morir ahí en medio de la cocina pequeña de nuestra horrible casa sin niños.

Ahora te levantas, sin dejar de leer el diario, vas y tomas un vaso de jugo y comienzas a beber, sin dejar de leer. Te miro de pie y sin ropa en la pequeña y horrible cocina y veo tu cuerpo. Vaya que eres bella. A pesar de los años tus pechos están firmes, tu abdomen plano, tus piernas perfectamente moldeadas, y tu sonrisa, esa perfecta sonrisa que ahora por fin me mira, y muestra esa grandiosa hilera de blancos dientes. Te miro, me miras, y sin darte cuenta estas sobre la mesa, sobre el diario, sobre mi café, sobre mi, moviéndote, mientras mis manos recorren tu piel, tus piernas, tu grandiosidad y hacemos el amor como nunca, como adolescentes, como recién casados que joden todo el día y paran solo a comer, como animales, como conejos, te muerdo, te disfruto, me saco la rabia de encima follando como cuando tenía 20 años y tu 18, y pasábamos toda la tarde en esto. Te vas, si te vas, gritas, cierras los ojos, me aprietas las manos, aprietas tu cuerpo, abres la boca, me miras, te miro, la sonrisa, ahí está, la blanca sonrisa, me mira, me llama, me tienta, la blanca sonrisa esta seria, ya no se ríe, ya no está, se va, se va, con el grito desgarrador al ver el cuchillo, al ver el cuchillo que cruza el aire de esta horrible, apestosa y mugrienta cocina de la pequeña casa sin niños y se clava en tu garganta, mientras yo te miro, te miro arder de dolor y miedo, cuando tu cabeza se despega de tu hermoso cuerpo y queda sola en mi mano colgando, colgando de tus rubios pelos teñidos de sangre. Me paro, abro la ventana y miro por ella, y la verdad es que mi café sabe bastante mejor, bastante mejor cuando veo al perro jugar con tu cabeza en el patio, mordisqueándola y haciendo un hoyo para enterrarla y tal vez más tarde, seguir jugueteando con ella. Tomo mi chaqueta y mi maletín y parto al trabajo, ya son las ocho y media, y no pienso llegar tarde otra vez.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Chinitas Asesinas



Estaba sentado en un parque, mirando distraído la ciudad, cuando un punto rojinegro distrajo mi atención. Posada sobre mis piernas había una chinita o "mariquita" como se les conoce en algunos países vecinos. Caminaba lentamente entre los pliegues de mis azulosos jeans cuando de pronto se queda mirándome, fijamente, con una mirada tan penetrante que parecía un cuchillo cruzando el breve espacio de aire entre sus negros ojos y los míos. Así estuvimos largo rato, hasta que se decidió a hablar. En un lenguaje tan extraño como el diseño de sus alas comenzó a llamarme, despacio, y a pesar del ruido pude oírle. Gentilmente puse mi dedo y de un salto se montó en él, con una agilidad impresionante para sus cortas patitas. La acerque a mi rostro para oírle mejor y comenzamos a hablar. Me contó que venía desde muy lejos por asuntos de trabajo y que nunca viajaba sola, sino con su equipo, un grupo de chinas asesinas a sueldo que recorrían el mundo haciendo "trabajitos" por encargo. De reojo mire alrededor y me percate de que efectivamente habían otras cuatro chinas estratégicamente posicionadas: Una en mi cabeza, otra en mi hombro con una metralla, una en mi zapato, y en el árbol de enfrente, casi colgando de una rama que parecía brincar con el viento, una china amarilla apuntándome con un rifle.

Me di cuenta que hablaban en serio, y reconozco que comencé a inquietarme, el solo pensar en la frialdad de aquel grupo de chinas que hasta la fecha, y en palabras de su líder, habían derramado la sangre de mas de mil individuos. Acerque un poco más al cabecilla a mi cara, para mirar más detenidamente el raro espécimen con el que me había topado esta tarde. Vestía un traje rojo de seda, zapatos perfectamente lustrados y un pequeño sombrero. Tenía un diminuto revolver en la cintura, que hacía juego con sus negros ojos.

Hablamos por buen rato, mientras los otros miembros del equipo no dejaron de apuntarme un solo momento. Me contó que su destino final era Egipto, que en la fría noche del desierto matarían un hombre que había osado no pagarles una deuda. Luego de eso, no tenían destino definido. Las horas pasaron y el grupo de chinas decidió partir. Cuando las vi alejarse, no pude evitar preguntar porque me habían hablado a mí, en medio de un parque repleto de gente. El líder se dio la vuelta y me sonrió, mostrando una infinita hilera de dientes blancos como las nubes que en ese momento cruzaban la tarde:

-No fue por ti, me dijo.
-¿Por que entonces? repliqué
- Fue por la mujer que está a tu lado, me dijo, volando hasta perderse y no verlo jamás.

En ese momento tomaste mi mano, sonreíste y me diste un beso. Con un certero movimiento tomaste mi brazo y seguimos caminando por la ciudad, entre la gente, disfrutando la compañía de estar en silencio un día completo, sin nada más que las palabras que se colaban y confundían con nuestros pasos.

martes, 17 de junio de 2008

La Vida de Vivir me Aburre




Es tarde, la gente siente sueño a esta hora, otros no, yo no. Parar sentado en un escaño, elegido por la democrática resolución de 2 personas que deciden no verse hoy y condenarse a no dormir, a mover insomnio, a quedarse pegados con discos rayados que suenan una y otra vez... que suenan una y otra vez... que suenan una y otra vez...

El fantasma de la señora que antes habitaba esta casa me viene a ver, y me conversa sobre algo que la verdad no me importa mucho, pero aun así pongo cara de interés, de que estoy realmente intrigado con lo que dice, mientras ella toma café, mi café que delicadamente pone en una taza que, hagamos la salvedad, trajo consigo. Menos mal, ¿han tratado de lavar una taza ocupada por un fantasma? es una tarea de locos...

La democrática resolución de las 2 personas que habían decidido no verse, cambia. Ahora es la dictatorial decisión de uno de ellos que simplemente extrañó al otro y quiso verlo. Y así fue, se desdobla, sale por la ventana y parte liviana flotando por el aire. El fantasma la encara con una mirada de desprecio y comenta algo sobre su juventud, que antes ella volaba mejor y más rápido, que los años no pasan en vano y otras imbecilidades de vieja quejumbrosa. Ella se devuelve, y me pregunta si la acompaño, que le da miedo ir sola, aunque ya decidió verlo, teme hacer el camino sola. Le digo que no, que no puedo, que mi hijo duerme en la habitación contigua y que si salgo despertará. La vieja fantasma se entromete y argumenta que debo ser desprendido, que el bebé ya es grande y que puedo dejarlo solo. Hago caso omiso a sus comentarios y le digo a ella si podemos llevar al bebé. Acepta, lo que sea por no ir sola, lo que sea por verlo a él.

Voy a la habitación y el bebé duerme, con los ojos abiertos llenos de hormigas, que de acuerdo a un contrato celebrado en tiempos inmemoriales, de noche toman sus saladas lágrimas. Hablo con el rey de las hormigas, explicándole la situación en que me encuentro y caballerosamente, como todo buen rey, me dice que el bebe está a mi disposición. Ella mira y ríe, grandes carcajadas de alegría pensando en que la democrática decisión de no verse, ya no es tal, y que pronto estará con él, bailando marinera y comiendo bolas de barro con el bebé.

El bebé mira, y sin decir nada me toma en sus brazos, mientras con sus pies se pone un abrigo y una bufanda rojo/gris tejida por su abuela. Ella toma la mano del bebé, y juntos salimos volando por la ventana, mientras la fantasma mira, con melancolía, haciendo caso omiso a las ordenes del rey de las hormigas, que comandando su batallón ya se ha tomado la mitad de las lágrimas de la pobre mujer.

El viaje fue tranquilo, él no estaba lejos. Llegamos sin darnos prisa, disfrutado la travesía, sintiendo el viento en la cara, comiendo nubes que lentamente asadas por el sol constituyen un verdadero manjar. De repente me paro, y miro por la ventana. Te veo venir, te veo venir flotando, te veo venir flotando con mi hijo de la mano, que a su vez me trae en sus brazos. Me veo sonreir en los brazos del bebé, te veo mirar y reír a carcajadas, pensando en como bailaremos marinera, y como disfrutaremos tu, yo y el bebé las bolas de barro. Como él y ella comerán barro y bailaran marinera con el bebé, mientras la fantasma se arrancará el pelo, pensado que está sola, que la democrática decisión de 2 personas que no deciden verse ya no es tal, que las hormigas le comieron la mitad de la cara... que la vida de vivir me aburre...

Saludos a mis padres, ellos saben...