martes, 15 de noviembre de 2011
Nirvana, a dieciocho años del Unplugged in New York
Este 18 de Noviembre, se cumplen dieciocho años desde que Nirvana grabara su celebrado, y a estas alturas mítico, Unplugged en New York. Dieciocho años desde que esa fría noche Kurt Cobain subiera al escenario con sus socios de siempre, Dave Grohl en la batería y Chriss Novoselic en el bajo, a brindar uno de los shows más emotivos y estremecedores de la serie “desenchufados” de la cadena norteamericana MTV. Pero ¿Qué hace que este disco sea considerado clave dentro de la discografía de la banda y no un simple disco en vivo? ¿Cómo una banda reconocida por su sonido ruidoso, energético y caótico en ocasiones, logra el balance perfecto entre la suavidad y la tristeza? A casi dos décadas de su registro, trataremos de desentrañar las extrañas causas que rodearon la gestación de esta pieza maestra, y banda sonora de todos quienes, aún hoy, deambulamos por los noventa.
Corría el año 1993, y la banda se encontraba de gira por EEUU, promocionando su disco “In Utero”. La MTV ya había estado negociando un tiempo con Nirvana la posibilidad de que hicieran un concierto para la serie Unplugged de la cadena, pero a Cobain no le agradaba del todo dar un concierto acústico. Luego de algunos meses de conversaciones, Kurt accede y aprovechando que estaban de gira con los Meat Puppets, invitó a los hermanos Kirkwood, para que los acompañaran en la presentación. La segunda semana de noviembre, se trasladan todos a New York para comenzar los ensayos, uniéndose además Lori Goldston en el violonchelo, quien colaboró en el arreglo de la mayoría de las canciones que componen el disco, quedando cerrada la formación que daría vida al concierto, con Kurt Cobain en la guitarra y voz principal; Chris Novoselic, en bajo, guitarra y bandoneón en Jesus Doesn't Want Me for a Sunbeam; Dave Grohl en batería, y segundas voces, Pat Smear en guitarra (quien aparecía ya como cuarto miembro desde la gira de In Utero) y los hermanos Kirkwood, Curt y Cris, en guitarra y bajo respectivamente. Si bien estaban todos en New York preparando la presentación, irónicamente nunca se llevó a cabo un ensayo completo. Cris Kirkwood señalaría después que “Habíamos tocado las canciones unas cuantas veces, pero no el concierto entero. En ningún momento se realizó un ensayo en toda regla”, cosa que los tenía bastante inquietos, y no solo a ellos, sino que el mismo Cobain “estaba muerto de miedo”, observó el manager de producción de la MTV, Jeff Mason.
Y claro, si bien Cobain había accedido a realizar el show, no quería que su unplugged fuera como cualquier otro de la serie, y esto se nota en prácticamente todos los aspectos de la presentación, partiendo por el setlist ya que a diferencia de la mayoría de los unplugged, que son prácticamente un “Greatest Hits” de la banda de turno, Nirvana optó por quebrar el concepto, y presentar más bien un recorrido por ellos mismos, con sus influencias, gustos personales, e incluso caprichos, otorgando una velada sincera y humana. En cuanto a la puesta en escena, una de las observaciones más comunes es la similitud del set con un velorio. Los lirios blancos, las velas negras, todo bajo una uniforme luz púrpura, a petición del propio Cobain. Al enterarse de esto, Alex Coletti, productor de MTV, le comentó “Esto va a parecer un funeral”, a lo que Kurt le respondió “exactamente… como un funeral. Esa es la idea”.
El día antes de la grabación, Cobain anuncia a la MTV que no haría el show, comentario al cual los productores no dan mucha importancia, acostumbrados ya al mal humor de Kurt y a sabiendas que esta era una de sus tantas formas de manipularlos. A pesar de todo, el día del concierto se presenta en el plató para ver la ubicación en el set y hacer una prueba de sonido. Visiblemente nervioso e incómodo, le pide a Amy Finnerty, quien era parte del staff de la MTV, que “estuviera visible” durante el concierto, además que ubicara a todos sus cercanos en la primera fila del show. Durante la prueba de sonido, Cobain confiesa “estoy asustado, ¿la gente irá a aplaudir aunque no toque bien?” a lo que Finertty responde “pues claro que vamos a aplaudir”. A pesar de esto, y terminada la prueba de sonido, Cobain sigue en pánico y uno de los miembros del equipo de Nirvana se acerca a Finnerty, diciéndole que a Kurt “hay que darle una mano” y conseguir algo para que pudiese realizar el concierto. Finalmente, alguien de la MTV va y consigue Valium de 5 milígramos, para que Cobain pudiese salir y hacer lo suyo.
Unplugged in New York
1. "About a Girl"
2. "Come As You Are"
3. "Jesus Doesn't Want Me For A Sunbeam" (Eugene Kelly/Frances McKee; The Vaselines)
4. "The Man Who Sold the World" (David Bowie)
5. "Pennyroyal Tea"
6. "Dumb"
7. "Polly" (Cobain/Nirvana)
8. "On a Plain"
9. "Something in the Way"
10. "Plateau" (Kirkwood; Meat Puppets)
11. "Oh, Me" (Kirkwood; Meat Puppets)
12. "Lake Of Fire" (Kirkwood; Meat Puppets)
13. "All Apologies"
14. "Where Did You Sleep Last Night?" (Leadbelly)
Nirvana aparece en escena y los aplausos son espontáneos mientras toman posición en el set. Resalta la cara de funeral de Cobain, totalmente acorde a la escenografía, y que contrasta con el buen humor que se ve en Novoselic, quien toma su bajo sonriente, o el mismo Pat Smear, quien aparece en el escenario relajadamente descalzo. Kurt busca su uñeta, saluda al público y lanza “esta es de nuestro primer álbum, la mayoría no lo tiene”. Comienza la sesión con About a Girl, dotada de unos arreglos que resaltan la voz y la base melódica por sobre el resto de la canción. Impecable interpretación que al final y en medio de los aplausos, saca una sonrisa forzada por parte de Kurt, mostrando los dientes. Inmediatamente, continúan con uno de los hits del Nevermind “Come as you Are”, perfecta ejecución, donde se aprecian claramente las segundas voces de Grohl, que encajan armónicamente en la canción. Sandía calada, el resultado es soberbio, aplauso generalizado y Cobain saca la lengua mientras agradece al público, ya un poco más relajado. Una pequeña pausa para que Novoselic le pase el bajo a Grohl, y tome la acordeón, y de paso para presentar a algunos músicos, “nuestra amiga Lori Goldston, en el chello” señala Kurt, y “nuestro nuevo guitarrista, Pat. Punkrocker honorario, pero que piensa que Queen es mejor” en medio de las risas de la audiencia. Siguen con la que seguramente es la primera canción de este disco que todos sacamos en la guitarra, un cover de la banda escocesa The Vaselines, “Jesus Don´t Want me For a Sunbeam”. Acá se roban la película Novoselic, con un acordeón que remolinea melodías por toda la canción y con Dave Grohl, quien toca bajo, hace las segundas voces, y con los pies ¡sigue tocando la batería! El resultado final es hermoso. Kurt hace una pequeña pausa, toma un poco de agua, le dice al público “esta canción seguro que la estropeo” y se lanza con una joyita, el cover de David Bowie “The Man Who Sold the World”, dejando de lado las reglas del Unplugged poniendo distorsión a su guitarra, para la intro y para un breve solo de guitarra, que para efectos sonoros encajó perfecto con los simples y hermosos arreglos de Lori Goldston. Otra interpretación notable, y además una de las canciones más identificables del concierto. “No metí la pata en esta, verdad” dice Cobain al finalizar, para luego añadir “acá hay otra que si puedo estropear”. Era la hora de “Pennyroyal Tea”, uno de los momentos más emocionantes de la jornada, donde Kurt se da vuelta para decirle a sus compañeros “Me van a dejar hacer esto solo, o que”, evidenciando el hecho de que nunca la habían ensayado completa todos juntos. “¿Cuál es?” Pregunta Dave, “Pennyroyal Tea” le dice Kurt. Dave lo mira y le dice amistosamente “Hazla tu solo”. Cobain accede, y se pone el parche antes de la herida, disculpándose con la audiencia al señalar que la canción está en otro tono y que es probable que no suene del todo bien y que “esta gente tendrá que esperar. Lo haremos de nuevo” ante las risas de todo el público. Casi todos salen del escenario, y Kurt se lanza al vacio desprotegido, en una canción que se sostiene solo en la simpleza de los acordes y su desgarradora voz, que no necesita arreglos, ni más personas. Una mirada desnuda a lo que Kurt era, solo con su guitarra, donde a mitad de la canción cavila y se equivoca, baja la voz y casi susurrando canta “…warm milk and laxatives…” Continua, toma fuerzas para terminar lo que había empezado, y finalizar con un aplauso cerrado de todos los que hipnotizados lo miraban cantar esa noche. Mientras Cobain enciende un cigarrillo, Criss vuelve al escenario y le dice “eso ha sonado bien”, a lo que Kurt responde “Oh, cállate”. Indecisos del set list, deciden continuar con “Dumb” una de las canciones que mejor se adaptó al formato, con sólidas interpretaciones de Lori Goldston, y Grohl en segundas voces, y un Kurt ya un poco más relajado a medida que el show avanzaba. Con “Polly”, Cobain le dice a la audiencia que “no queríamos tocar estas dos canciones juntas, porque son lo mismo” aduciendo a la utilización de acordes similares, cosa que al público poco le importó y aplaudió con fuerza cuando comenzaron las primeras notas. Luego siguen “On a Plain” y “Something in the Way”, que continúan la misma tónica de las anteriores, ejecuciones seguras y buenos arreglos, salvo uno que otro acople en la primera, y lo melancólica y oscura que resulta la interpretación de la segunda.
Luego de nueve canciones, (y tras un intercambio de chistes con Novoselic acerca de una serie de dibujos animados que veían cuando niños,) viene uno de los momentos claves de la presentación, cuando Cobain invita al escenario a los gemelos Kirkwood. Los llama por el micrófono, “Hermanos Meat, vengan al escenario”, y mientras se acomodan con sus instrumentos, Kurt pregunta a la audiencia “¿quieren que toquemos canciones de Nine inch Nails?” mientras lee una especie de revista que se titula “Primer catálogo de curiosidades”, totalmente abstraído en la lectura, momento que aprovecha Novoselic, junto a los hermanos Kirkwood para tocar un trozo de “Sweet Home Alabama” de Lynyrd Skynyrd, ante los gritos de la audiencia y los balbuceos de Cobain. Deciden empezar con la acompasada “Plateau”, para luego seguir con “Oh Me” (canción que fue incluida en la versión especial del DVD que se reeditó en el año 2007, y que es sencillamente hermosa), para luego, con el público ya en el bolsillo, finalizar la intervención de los hermanos Meat con “Lake of Fire”, la que a mi gusto es la mejor interpretación junto a sus invitados, y en la que Cobain hace gala de toda su gama vocal, a pesar de que se equivoca al entrar el primer coro, y en donde de manera inédita, podemos ver a Kurt desprovisto de su inseparable guitarra, solo oficiándola de vocalista, detalles que a esta altura de la presentación poco importaban y que hoy parecen casi de culto. Entre gritos y vítores se despiden los Meat Puppets, y mientras esto ocurre, podemos escuchar un pequeño trozo de "Scentless Apprentice" tocado por Dave en la batería. Cobain pregunta al público “¿Algún pedido?” y se oyen los gritos “Sliver”, “In bloom”, a lo cual la banda responde tocando pequeñas piezas de las canciones pedidas. Finalmente Kurt toma su guitarra, y comienza a sonar “All Apologies”, con una honestidad brutal, tanto en la voz como en la forma de tocar, demostrando un aburrimiento absoluto de vivir, y una tristeza infinita, sacando a través de la canción todos y cada uno de sus demonios. Es tanto lo que esta canción transmite, que artistas como Placebo o Sinead O Connor, han hecho sus propias versiones. Para el final de la velada, estaba reservado el momento más alto de la presentación. Tras un breve momento de indecisión, en que incluso Dave bromea al sugerir tocar “Jeremy” de Pearl Jam y los pedidos y bromas del público (Una mujer grita desesperadamente “Rape Me, a lo que Kurt responde, “no creo que MTV nos deje tocar eso”, aludiendo al episodio de los MTV Video Awards 1992), Cobain dice “Al diablo con todos, esta es la última canción de la noche”, y no sin antes pedir al público que hicieran sus donaciones para poder comprar la guitarra de Leadbelly, músico y compositor de blues y folk, y autor de “Where did you sleep that night?” canción que por sí misma merece un artículo aparte, ya que Kurt canta como si fuera lo último que fuera a hacer en su vida (que para efectos discográficos, resulta cierto). Una adaptación cruda y turbulenta, en que Cobain deja todo en la cancha, en que su imagen cantando con los ojos cerrados, con el alma, es impactante, haciendo que la versión que alguna vez se atreviera a cantar Matt Lanegan, pase al olvido absoluto, como un mal recuerdo. Al final, y cuando se eriza la piel al escucharlo cantar, transforma un gemido en un grito que parece durar siglos, para luego abrir los ojos desorbitados y perdidos, tomar aire, y finalizar de manera perfecta, apagándose, como un aterrizaje, una actuación descollante, en la que solo quedaban los aplausos furibundos de una audiencia extasiada con el momento histórico que acababan de presenciar.
Terminado el show, se bajan del escenario y firman un par de autógrafos. Si bien los productores querían que volvieran a tocar un par de canciones más, Kurt se negó rotundamente, a sabiendas que sería imposible superar lo que ya había hecho. Las críticas ya elogiaban la grabación como una obra maestra. Y luego de su publicación un año más tarde, cuando el líder de la banda, ya se había pegado un tiro, las listas de popularidad lo catalogaron como el disco del año.
Al final, lo que queda es una sensación de tristeza al ver y escuchar este disco, un gusto amargo transmitido por cada una de las canciones y el aura de fatalidad que rodea el concierto. La batería de Dave, tocada sin estridencia, casi acariciándola, y el bajo acústico de Novoselic que contribuye a la gestación de una atmósfera musical somnolienta y triste. Todo acompañado por la voz de Kurt, que es melancolía pura, en un registro que dieciocho años después sigue sonando tan bien como el día que se lanzó, y que viene a confirmar que las grandes obras son atemporales, que trascienden épocas o tendencias, y nos acompañan eternamente, posicionando a Kurt Cobain, como uno de los intérpretes más celebres e influyentes del siglo XX.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Lo que falta, lo que sobra, lo que se pierde.
Parte de cero, como rueda eterna, como girasol mórbido que sigue al sol y vuelve a su punto muerto, sin doblar el cuello, sin mirar lo lejos que se encuentra el vaso sobre la mesa. La sed y yo, el vaso y el agua, el aire en el cielo, lo poco en el suelo. La ropa sin lavar, el traje sin coser, los zapatos sin lustrar. La fiebre que sube fría por tu huesuda espalda, y mis manos nerviosas que no saben qué hacer. Tu boca se abre, ese espacio eterno de calor, humedad y rabia, donde viven las cosas más dulces, las preguntas más tontas, y la mejor, la mejor de las risas, que suena como agua en el techo llovido, como copa que delicadamente se quiebra en la alfombra. A veces aparecen canciones, canciones y huracanes. Besos, gritos, susurros, pedazos de nubes que pasan despacio a mis oídos y hacen cosquillas. Algunos días me reía, otros no tanto. A veces tu lloras... y yo me quedo en silencio en esta eternidad de frío y angustia, cuando la llovizna moja la calle y los pies se me congelan, cuando contemplo los lugares donde alguna vez nos miramos, y me sacaste la lengua.
lunes, 8 de noviembre de 2010
El no pensar al levantarse es indicio de que algo anda mal, o muy mal. La mecanización de un acto tan importante como el despertar, el activar el cuerpo, la mente, la vida, es un síntoma de derrota absoluta. Si a esto le sumamos cincuenta años de vida, un matrimonio, y el correspondiente divorcio, tres hijos que no me hablan y un trabajo mal pagado, el panorama se torna gris, casi negro. Lo más probable es que nadie se levantaría y se quedarían al igual que lo haría yo, todo el día tirado mirando las moscas pegadas al techo, frotarse las manos, y revolotear sin destino definido. Ojala yo pudiese hacer eso. Ojala pudiese decir “a la mierda, me quedo en casa”. Nada de eso, nada. La determinación de una feminista jueza, la universidad de dos, de los tres engendros y una ex esposa neurótica, causaron una pensión alimenticia demoledora, que me obliga a trabajar mis huesos hasta límites insospechados. Hoy es uno de esos días, hoy es uno de miles que he tenido que levantarme como un robot a cumplir con mi deber de macho proveedor, para una familia que me detesta. Me paro, me miro al espejo. Estoy flaco, blanco. Como si fuera de papel, como si me fuera a descascarar en cualquier momento. El agua empieza a correr, y yo también. Me hago un café mientras miro las noticias, nada nuevo bajo el sol, la misma gente, las mismas cosas. Mis llaves, el mismo pasillo, y el mismo ascensor al final del piso treinta. Son las 7:20 de la mañana, y me subo. Antes de que las puertas se cierren, apurada, casi corriendo sube la misma escolar, con la misma mochila, y sus mismos ojos de gato, que me mira y se ríe todas las mañanas. Un par de veces nos hemos ido juntos, bajando lentamente los treinta pisos, mientras miro sus muslos y sus incipientes pechos. Debe tener 17 a lo más, pero es alta y tiene esa cara como de niña caliente y que sabe lo que quiere en la vida. Como la actitud de putaza, en envase colegial y de mochilita rosada. Esta mañana es lo mismo, pero viene más alterada, se ríe, pero respira entrecortadamente, está como nerviosa, jalada, excitada, algo le pasa a la pendejita. No alcanzo a apretar el número uno en el panel del ascensor, cuando me pega con la mochila en la cabeza. Un fierrazo, piedras, plomo o algo tenía en aquel rosado misil que me golpeó el cráneo y me hace caer al suelo como un saco. No entiendo muy bien que pasa, estoy mareado, y la pendeja se me tira encima. Con un rápido movimiento desabrocha mi cinturón, me baja mis hermosos bóxer de leopardo que parecen de toplero flaite, y ahí mismo, me pega un combo en las bolas. No entiendo, me siento mal, todo se da vueltas, estoy mareado, me duele la vida después del último golpe, la miro con lágrimas en los ojos y vomito en el suelo. Respiro entre cortado y perdido en el espacio porque no se qué pasa, que hacer, ni decir ante una situación como esa. Estoy aturdido, adolorido, casi muerto cuando siento una patada en las bolas. Oh si, las mismas que hace dos segundos recibieron el combo, ahora parecen explotar en mi entrepierna con la presión de sus lustrados bototos negros, con un gatito rosa al costado. Ella se ríe, me mira y se ríe de manera cristalina, feliz, es como un juego, y yo que no puedo más me desmayo de dolor. Pierdo la conciencia. Por unos segundos, en los cuales me transporto a otro lugar, no se donde estoy. Floto en un espacio vacío, siento que no peso nada y me muevo despacio, como en agua tibia con jabón de guagua. Solo me desplazo, hay luces, ruidos, dolor, y el no saber porqué, el no entender nada, el sufrir todo.
Cuando reacciono ella está sobre mí, veo su rubia cabellera moverse de arriba abajo entre mis piernas, y siento la dolorosa erección que me causa con su boca y labios. El dolor es tal que lo único que atino es a gemir, casi llorando, implorándole que me deje en paz. Me lame la pija de manera grosera, como un animal amarrado que lo dejan comer después de días. Me duele todo, como si fuera a estallar. De pronto se detiene, alza la cabeza, se da cuenta que estoy despierto y me queda mirando. Primero seria como interrogándome con la mirada, luego se ríe y me lanza un beso con una mano, mientras con la otra golpea el tablero del ascensor, marcando el piso uno. El espacio reducido en el que me encuentro desfalleciendo de dolor comienza a moverse hacia abajo, mientras el tablero de a poco comienza a marcar los pisos… veintinueve… veintiocho… veintisiete… el dolor me hace cerrar los ojos porque la niña reanudó su tarea de manera brutal. Veo mi pija desaparecer en su boca y el sufrimiento me hace llorar, siento mi cara mojada con las lágrimas de miedo, la inmovilidad y la inminente erección de pánico y terror en su boca. El piso que se mueve implacable hacia abajo, veintiuno… veinte… de a poco el ardor me toma el estómago y el bajo vientre, siento la saliva escurrir entre mis piernas, no se que hacer, no me puedo mover, y mi cuerpo reacciona de manera normal: Aun en medio de este infierno logro excitarme y la erección es irrefrenable. Cada vez que ella chupa, mis riñones gritan, cada vez que ella muerde, mi cuerpo sangra. Quince… catorce… sus movimientos se intensifican, y su rubia cabellera despeinada me azota el torso descubierto. Once… diez… de pronto se detiene, y me da un abrazo tierno, casi dulce. Pienso que todo terminó cuando su mano me agarra al mismo tiempo que sus ojos chispeantes inyectados de rabia me miran y se burlan, nueve… ocho… sus manos apenas se ven, sus movimientos arriba, abajo, arriba, abajo y mi masculinidad que apenas se distingue entre sus uñas pintadas de rosa. Cinco… cuatro… voy a morir, va a explotar, la angustia es insoportable …tres… cierro los ojos, no puedo más se mete mi pija en la boca y succiona como una aspiradora gigante que me quiere arrancar las entrañas, muero en este piso de mierda, gimo, lloro como un niño asustado, colapsado… dos… me voy, veo su cabellera, y mis tripas que duelen, mis piernas que duelen, mis bolas que duelen, la pija que me duele y que se revienta en su boca, exploto en llanto y siento reventar mis genitales… uno…
Silenciosamente la puerta se abre, y veo el largo pasillo soleado que da hasta la calle. Al fondo un señor lee el diario, un perro se pasea en la entrada, los autos pasan, la vida sigue mientras yo no puedo moverme, tirado, destruido en el piso de este ascensor. La niña se para y me sonríe, con sus dientes perfectos, llenos de sangre y semen. Cierra la boca, y me escupe. Saca un pañuelo y se limpia gentilmente los labios. Me tira un beso y se marcha con su mochila al hombro y pasitos rápidos. La puerta se cierra lentamente, al igual que mis ojos.
sábado, 18 de septiembre de 2010
El Múchacho y la Mújera
Estaba el múchacho sentado arriba de una tronca, mirando el paisaje mientras su abuelo le sacaba los garrapatos a los perros que se olisqueaban en el atardecer. El múchacho tenia su navajo en una mano, y en la otra un trozo de madera, al cual iba sacando punta despacio mientras el sol se ocultaba en el fondo, como sumergido en una poza de barro y aire. Lentamente pasaba el navajo por la madera, que cedía ante cada embate del filo, cada vez más blanco, cada vez más hondo, cada vez más puntudo el palo, como una lanza fiera, lista para estocar a un enemigo inexistente. El abuelo mientras tanto, iba depositando los garrapatos con mucho cuidado en una caja de metal. Decía que le daban suerte, que había que enterrarlos con un botello de vina, con la luna llena. De esta forma los choclos daban mas dientes, las zapallas se ponían mas amarillas, y las sandias crecían tanto, que se podían ocupar las cáscaras para montar perros, pero eso es otro cuento. Y estando los dos inmersos cada uno en sus quehaceres, el aire se vino a quebrar por un olor que trajo el viento desde una orilla gancho, un aroma que se había percibido antes por los dos gañanes, pero que esta vez salió diferente, como una ventolera de rosas que vino a atravesar el campo de limonas, mezclándose con la tarde y el agua del riego, y les pegó de frente al viejo y al múchacho, que levantaron la vista para mirar la hembra que se movía delante de ellos con un canasto con gatos recién nacidos que había encontrado en el cerco de Carlos, un par de kilómetros más quietos, debajo de donde ellos estaban ahora embobados mirándole el torso. Pasa caminando y los mira, mostrando una hilera de dientes blancos como la cabeza del abuelo, como la espuma del mar, como las nubes que se ven en los días después de la lluvia que moja los campos donde el olor de la potranca impregna la vida misma con su sonrisa, para luego perderse entre las arbolas de más encima, caminando por el surco. Y ahí el abuelo mira al muchacho, que nervioso sigue con el navajo en la mano, sentado en la tronca, cortando el palo, que agarra filo, mientras los pollos se comen las astillas que saltan al pasto, y el viento lo despeina y oculta un poco lo nervioso que se puso con la china que pasó.
- ¿Oye cabro? ¿y tu no tenis mújera?
- No pues abuelo, no tengo.
El viejo sacude la cabeza de un lado a otro, mientras le pellizca los garrapatos a un perro café que se mordisquea la cola. El muchacho se queda pensando en la pregunta del viejo. ¿Por qué no tenía mújera? Ni él lo tenía muy claro. Siempre lo habían buscado, pero él nunca se sintió a gusto, ni cuando andaba caminando por entre los pastos del bajo y la Carmela se le puso enfrente, y se saco la vestida y quedo sin nada mirándolo, apuntándolo y el múchacho se vio a la sombra del sauce que llevaba cerca de dos siglos seco y a punto de caer, enfrentado a la humanidad absoluta de tamaña bellaca, que con sus ciento cuarenta kilos de grasa y desconocidos pliegues cárneos, se vino encima jadeando, y mordiéndolo y chupándolo y lo tiro al suelo, y el múchacho asustado y que poco podía hacer, perdió en esa oportunidad la poca dignidad que le quedaba en la entrepierna, que asustada había cedido al grito de animalidad de su bestial contendora. Desde ese día les temía un poco a las mújeras, las miraba con recelo, pensando que todas se le iban a tirar encima, y lo iban a mordisquear y chupetear en los pastos, y eso no le gustaba nada, no señor. Así que durante un buen tiempo solo se dedicó a cuidar los gallinos de su madre y ocasionalmente a hacer pequeñas compras en el almacén del pueblo, siempre y cuando estuviese de buen ánimo y el día fuese soleado.
En una de aquellas encomiendas al pueblo, fue que pasó fuera de la casa de misia Chelita, con el caballo a la rastra y las bolsas al anca. Misia Chelita era una vieja regordeta como una ternera, de mejillas coloradas y azulosos ojos grises, y una bocaza grande como la de un tiburón, que según contaban los más viejos del pueblo, en sus años mozos hacían bastantes más gracias que solo cantar cueca y tonada. Tenía una risa que sonaba como la chicha al caer en los vasos que iban y venían al interior de su casa, y que resaltaba dentro de los agitados gritos y conversas que se gestaban en el cahuín. Así es, misia Chelita era la cabrona del pueblo, la “Tia Chela” como cariñosamente la llamaban los parroquianos que asistían a gastar ahí, entre bailes y vino, las pocas chauchas que recibían cortando lentejos en las haciendas norteñas. Estaba la vieja parada en la puerta, mirando la calle y ve al múchacho que distraído pasaba como si la vida no fuese a acabar nunca. La vieja lo invita, lo tienta, se baja un poco el escote y le muestra una teta del porte de un melón, blanco y coronada por un pesón rosado que parece estar a punto de estallar y matar un par de moscas que pululan cerca de ella. Pero el múchacho ni se inmuta. Había visto eso muchas veces, cuando mas cabro espiaba a sus primas que se bañaban con el agua del pozo bajo las parras en las inviernas, y la dimensión de la descomunal ubre, le hacía recordar a la gorda Carmela, lo que solo le causaba desprecio. Siguió con el caballo a paso lento despreciando a la vieja que soltó una carcajada sonora, cuando detrás de ella vió dos ojos negros, pequeños y almendrados, que brillaban en medio de una cara redonda y lisa. El olor que salía de esa visión era apabullante. Entre rosas y humo de las tortillas que se asaban en las mañanas, y que amasaban los brazos firmes de la hembra que ahora se pone en la puerta al lado de la vieja y sus pesones descomunales. Ese olor que tenia agua del pozo, flores, miel con el mate que tomaba en las tardes, a pasto revolcado de los peones del cerro, a sudor, a potranca caliente que lo mira y no le dice nada, y el muchacho que ya se bajó del caballo, y deja los encargos tirados, y que pasa el umbral del cahuín, y que va de la mano de la mújera, que lo arrastra al fondo de unas piezas oscuras y hediondas a meado de perro. Pero el múchacho no siente nada, no ve nada, no dice nada. Lo único que ve es la larga cabellera negra y lisa que cae en la cintura de la hembra coronada con sus anchas caderas, donde el ya puso sus manos, y la tira en la cama y de un manotazo le saca el camiso, y se la monta gancho ¡ay si usted lo viera! Como si se fuera a acabar el mundo, y vienen los gritos, y las crujideras del catre y las otras niñas del lado que reclaman, y la vieja que se ríe y no la para nadie, y el muchacho que no lo para nadie, y la mújera que aguanta y no dice nada, y se muerde los labios, y le tira el pelo, y el muchacho que la muerde, y la mújera que abre los ojos, y grita, y el olor a rosas que sale y estalla e inunda la casa, la pieza, el cahuín completo, y los viejos que acostumbrados al olor a meado con chicha no saben de que se trata, y olisquean a las otras niñas, pero no encuentran nada, porque la mújera es la única con esa esencia de cerro, flores, miel y matas de cardo maduro, de las que salen después de la lluvia.
El múchacho se puso muy bueno para hacer el pedido, si lo vieran, si se andaba ofreciendo pa ir al pueblo, incluso los días que el aguacero estaba que se largaba y las nubes negras revoloteaban a lo lejos las plantaciones de lentejos allá en el norte. No había caso, día tras día se iba al cahuín de la Chelita, a revolcarse con la negra, y día tras día volvía a la casa con el olor a rosas y al agua del pozo. Pero no todo es pa siempre pues gancho, y el día que llego sin ni un cobre en el bolsillo, mirando al piso, y haciéndose el loco, la Chelita lo largo cascando pa la calle, que se montara en su caballo flaco y que no se dejara ver por ahí hasta que tuviera algo pa tirarle a la negra. Mala cosa pal muchacho, malaza. Hace días que no trabajaba y por lo mismo no tenía ni pa hacer cantar a los viejos que penosamente se ponían con un arpa a pies pelado cerca de la fuente. No le quedó otra que tirarse a la casa, a pasear los gansos en el cerro y cuidar los ovejos de su abuela, donde las tardes pasaban más lento que nunca y el muchacho se divertía tocándose solo, en las llanuras de ese valle, en medio de los gansos y ovejos, donde ahora hay a montones unas florecillas blancas y lechosas. Pero no era lo mismo, no estaba el olor a rosas, ni los gritos, ni las risas de la vieja, ni los ojos almendrados de la negra con sus caderas anchas y el pelo negro hasta la cintura, ni el hedor a meado de perro, ni las tonadas del cahuín. Estaba él solo, con los gansos, los ovejos y los perros llenos de garrapatos, y el navajo, y la tronca en que se sentaba en las tardes sin saber qué hacer, y donde su abuelo le pregunta porque no tiene mújera y el no sabe que responder, no sabe porque no tiene a la china que se está perdiendo al fondo de las árbolas de encima. Si le gusta, si lo tiene embobado, si no hace más que pensar en ella todo el día y en el olor a rosas, y a pasto revolcado del cerro, y a miel con mate y esta ahí, cerquita, a un par de saltos de su juventud, mientras el palo sigue tomando filo, y el navajo corta que corta, y las astillas caen, y la china avanza y se va a perder, y el abuelo que se ríe, y le dice que si acaso es cola, que si acaso no le gustan las mújeras, que si acaso le gustan los otros muchachos, y no para de reír, mostrando sus encías peladas por los años y arrugando los ojos, y la china que apenas se ve al fondo de las árbolas casi desapareciendo, y el muchacho que se anda espantando, y el filo del navajo que se confunde con el de la lanza, que se empuña en las manos del múchacho, y atraviesa el pecho del abuelo, que se funde en un grito sordo de sangre y dolor, y el múchacho que de un salto sale detrás de la china, que ya no se ve entre las árbolas, mientras los garrapatos huyen despavoridos al verse liberados, porque en ningún caso quieren morir enterrados con un botello de vina, bajo la luna llena que redonda y brillante, sale detrás del cerro empañado de sangre.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Hoy somos todos desechables
Hoy somos todos desechables. Como un pañuelo, un condón o una toalla higiénica. El ser disminuido a la producción en serie, a la perdida de identidad, a la monotonía de hacer todos lo mismo. Somos un montón de burros que se miran las caras. Siento nausea, me da asco, desprecio. La mitad de las personas me parece inútil, la otra mitad da lo mismo, en unos meses más no los verás, y lo que les ocurra no importará, porque conoceremos otras personas, que cumplirán su labor, que serán útiles en ese momento, y luego los desecharemos.
Como un gusano de tierra que llega a la superficie, y se queda embobado mirando el sol, porque es primera vez que lo ve, y siente en sus anillos corpóreos llenos de nada, el calor de aquel circulo amarillo brillante. Así se siente el día de hoy, así se sienten todos los días. Mirar el sol un rato, y volver a la tierra oscura, deslavada, con el alma sin color, sin gusto a nada, ni a tierra. El comer despacio, sintiendo el sabor de cada cosa, en un ejercicio por entender por que cada cosa tiene ese sabor y no otro. ¿Porque tengo este color y no otro? ¿Porque soy azul como el mar?
Podría haber nacido verde, y mezclarme con la hierba que crece a la orilla de las veredas rotas. O negro como la noche, o como tus ojos de puta sin pasión. O rojo, como la sangre de los que tienen sangre. Pero bueno, al fin hay que aceptarse como uno es, y hoy yo soy viejo, y mis aves ya no cantan como antes, mi voz no suena como antes, yo ya no soy yo.
Lo único que puedo decir hoy es, vayan todos, antes que no vaya nadie.
Humberto, descansa en paz.
domingo, 25 de octubre de 2009
Dineropadres
Hoy me compré un hijo. Hacia tiempo estaba meditando, que un vástago me haría sentar cabeza, ordenarme un poco en esta monotonía que algunos se dignan a llamar vida. Lo elegí cuidadosamente, y si bien taba indeciso al principio, al final me decidí por un chino. Como que esa cara redonda y sus rasgados ojos me despertaron simpatía y era el que tenía la foto más monona en el catálogo. Saque mi tarjeta de crédito y listo, operación terminada. Al cabo de dos semanas sonó el timbre de mi casa y un señor con unos lentes muy gruesos descargó una caja de cartón, y me hizo firmar una serie de engorrosos papeles. Luego de eso colocó la caja cuidadosamente en el living y se marchó en una camioneta cargada de cajas como la mía.
Me quede al menos dos horas observando la caja. Como un niño curioso, que no quiere abrir su regalo para que la sorpresa dure eternamente, como cuando se sabe lo que hay dentro, pero igual nos da cosa mirar. Finalmente tomo un cuchillo de la cocina y corto las amarras, saco el montón de tapas y empiezo a escarbar entre la montaña de bolitas de plumavit que ahí se encontraban y veo una redonda cabeza negra. Saco un poco más de bolitas y ahí aparece el chinito, con sus rasgados ojos, que al sonreír, parecen estirarse y rasgarse hasta el infinito. Venia medio dormido pero se incorpora rápidamente y hace una graciosa reverencia. No puedo evitar reír. Ahora tengo un hijo, alguien a quien cuidar, educar y por quien soy responsable al menos hasta que cumpla 18 años. Me da un abrazo, es gracioso el chinito.
Lo llevo a su habitación y le pongo música, me mira contento así que supongo que le agrada. Se da unas vueltas y se duerme, placidamente en su cama nueva, en su vida nueva, que no pudo elegir porque yo la compré y lo educaré del modo que me plazca. Le enseñaré a tocar guitarra para que pueda cantar con su padre cuando estemos aburridos, le regalaré mil libros que tendrá que leer y luego podrá comentar conmigo y reírnos, le regalaré un perro para que desde pequeño desarrolle amor por los animales. Lo llevaré al estadio a los partidos del equipo que a mi me gusta, para que desarrolle la misma pasión por el. Le compraré la ropa que a mi me guste, para que el pequeño tenga onda y estilo desde su infancia, pagaré diseñadores si es necesario. Lo matricularé en una escuela pagada, para que no se mezcle con niños que no le aportarán nada a su formación, y para que sus amigos sean gente con clase. Le regalaré un auto cuando cumpla 18 años y entre a la Universidad, para que no tenga que andar caminando y pueda pasear a su novia, llevarla a ver puestas de sol y hacerle el amor en las periferias de la ciudad. Le regalaré un viaje, cuando se titule, para que conozca el mundo y vea las cosas de otra perspectiva. Y todas esas cosas haré, mientras el chinito duerme placidamente, soñando con otros niños chinos en cajas de cartón con bolitas de plumavit que en este momento deben estar viajando en algún lugar. Y aquí me quedaré observándolo, hasta que algún día, llegue el señor de gruesos anteojos y me tome, me envuelva y me ponga en una caja, y me envíe a la casa de algún hijo que se siente solo, y que tenga ganas de cuidar y abrazar un padre.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Veintisiete

Hoy, antes de las 12 todos se pararon de la mesa, y esperaron que terminara de beber mi té. Cuando la medianoche llegó a mi casa, mi hermana se acercó y me dio un abrazo, seguido de otro de mi mamá, mi hermano. Mi papá no dijo nada, solo se fue caminando lentamente hacia una puerta, para luego salir de ella con una pequeña bolsita, la cual extendió hacia mi, acompañado de un apretón de manos y una sonrisa. Y aquí estoy yo, sentado mientras todos me miran riendo, esperando que mis manos comiencen a destrozar el pequeño papel que tímidamente está en la mesa, brillando, aceptando su fugaz destino de duración mínima. Tomo el pequeño envoltorio y lo abro. Adentro una pequeña caja que aumenta mi curiosidad. Es increíble como la capacidad de sorprenderse no se agota nunca, que estoy de la misma forma que un niño pequeño al mirar un dulce o una bicicleta, esperando levantar su pierna y echarla a andar por desconocidos senderos la vida entera. Con cuidado tomo la cajita y la abro. Es… ¡un reloj! Un negro y cuadrado reloj, que brilla y me mira, como un viejo serio y formal. La verdad me toma por sorpresa, no es un reloj común, es muy bonito y parece que no está pensado para mi. Me pongo a reír, mi papá también lo hace. Se noto que lo eligió el, es un artículo para usar con terno y corbata, una especie de caballeros, no de jóvenes desarrapados y chascones como yo. Mi papa lo toma, y trata de ponerlo en mi muñeca. Sonrío por dentro al ver que no combina con la pulsera que tengo puesta, recuerdo de mis últimas vacaciones. Me queda holgado, pero no importa, es lindo, es mío, me lo regaló mi padre. Al ver que me queda suelto, mi papá se ríe, me dice que lo eligió probando en su muñeca, uno tras otro. Pone su mano al lado de la mía, es casi el doble de gruesa, y deben haber soportado el doble de trabajo. Me dice que me queda lindo, que debería usarlo con traje, mientras sus ojos brillan. Me miro en sus ojos, me veo mi mismo en el, en mi padre. Comienzo a imaginarlo a el, a mi edad, tal vez recién casado, con un hijo pequeño, sin nada. Los embates de la pobreza, el frío, el hambre, las jornadas de trabajo de sol a sol, La Ligua, la ciudad, la movilidad, las oportunidades, el trabajo, el crecer, el forjar sin nada, una familia como la que hoy tiene. Me dan ganas de llorar, de abrazarlo, de decirle que lo quiero mucho, darle las gracias por todo, por su sacrificio, por su honestidad, por su ejemplo, por ser no el mejor papá del mundo, pero si el más auténtico. No puedo, me tranco, por esa maldita costumbre que de niño nos enseñan que los hombres no lloran. Me la tengo que tragar, y limitarme a sonreírle. No puedo, me supera. ¿Saben cuantas veces le he dicho a mi papá que lo quiero? Una sola, una sola, y apenas porque el llanto no me dejaba hacer nada más, y ahora que está acá, a mi lado, con sus viejos ojos brillosos, orgulloso de su hijo mayor que no es nadie, pero para el es todo, me la trago. Lo único que quiero es darle un abrazo y decirle que lo poco que soy es gracias a el, a su fortaleza, que trato vanamente de imitarlo, aunque estoy a años luz de lograr ser tan buena persona, tan buen chato, tan berna.
Me paro de la mesa, digo buenas noches y gracias, y me voy a mi pieza. A escribir esto, mientras todas las lágrimas que no salieron allá caen ahora, en silencio, en la soledad de esta casa, donde dos habitaciones mas allá está mi padre durmiendo, cansado, soñando con su hijo que hace 27 años llegó a cambiarle la vida.
Este es mi regalo para ustedes.
Álvaro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)