Bernardo sale de su casa
con treinta vueltas al sol
en el bolsillo.
arquitecto,
futbolista,
mago,
trapecista.
Una vez le regalé un apretón de manos,
y él me devolvió un abrazo.
porque
en su cumpleaños
siempre llueve?
el vaso de vino
en la mano izquierda
el cuchillo
en la derecha
mientras cae el sol.
Bernardo
regresa a su casa
le hace un cariño
al perro
se tira en el sillón
cierra los ojos
y se ríe
como todos los días.
domingo, 19 de mayo de 2013
lunes, 22 de abril de 2013
Ama_nece
Hoy
elegí
Salir detrás del cerro,
como el sol,
e iluminar todo.
Sentarme en un rayo
y desde lo alto
mirar
al vacío siniestro.
Acá no hace frio
ni calor,
acá no hay tiempo
ni apuros.
Acá no veremos
la noche,
solo
amaneceres.
Acá despierto
y duermo
al mismo tiempo.
Acá no sé donde estoy
tampoco
me importa.
elegí
Salir detrás del cerro,
como el sol,
e iluminar todo.
Sentarme en un rayo
y desde lo alto
mirar
al vacío siniestro.
Acá no hace frio
ni calor,
acá no hay tiempo
ni apuros.
Acá no veremos
la noche,
solo
amaneceres.
Acá despierto
y duermo
al mismo tiempo.
Acá no sé donde estoy
tampoco
me importa.
viernes, 15 de febrero de 2013
Sangre y Naranjas.
Veinte días después, volví a ver a la señora Domínguez. Sabía que algún día iba a pasar, pero no pensé que sería tan pronto. La tarde estaba cayendo despacito, mientras yo venía bajando por el camino que bordea el canal, cuando ella apareció en su carruaje siguiendo la senda. No podía ser otra. El cortejo que acompañaba su marcha, venía seguido por el ruido de los perros que tirados por gruesas cadenas negras que terminaban en las manos de los gigantes que le protegen, ladraban a cualquiera que intentara acercarse a la comitiva. No bajé la marcha, tampoco la vista. Seguí caminando tal como venía: Con mis audífonos colgando y sonando despacio, por el medio de la calle, con mis pies descalzos y llenos de barro, con las zapatillas en mi mano izquierda, y en la derecha unos conejos muertos, cuyo hilo de sangre que brotaba lentamente de sus cabezas iba dejando una marca endeble en el camino, un trazo invisible, casi imperceptible de mi paso por esta senda tardía.
Hace diez años, o tal vez un poco más, que conozco a Beatriz Domínguez. Siempre la veía llegar a la casa de mis padres, perfectamente vestida y arreglada, una reina sacada de otra época que iluminaba el salón con sus dorados cabellos, la elegancia hecha mujer, con su sonrisa de perlas nacaradas y sus delgadas y suaves manos, me daba un abrazo impregnado de los naranjos de su estancia. - Natalia, querida Natalia, ¿Qué edad tienes ya?- me decía sonriendo con su voz suave pero firme, que estallaba en una sonora y generosa carcajada, parecida a un canto de sirenas que ejercía sobre mí un extraño dominio, como la hipnótica melodía que se escapa de la flauta del encantador de serpientes, flotando por el aire mirando fijamente a la víbora que no se puede resistir y sale de su canasta y cae bajo el poder de la música, yo me movía a su compás, derecha, izquierda, derecha, izquierda, y comenzaba a sudar, y reír nerviosa, mientras mi madre tomaba su abrigo y presurosa la hacía pasar al comedor, y rápidamente llamaba a las criadas, y todo giraba en torno a Beatriz, que era un sol en esta mínimo universo que era mi hogar y la víbora que aún está encantada, pero ya sin encantador, y no le quedaba más opción que irse a un rincón y desde allí mirar al resto, sin encajar, pero deseando sentir esa risa hipnótica y moverse a su compás una y otra vez, una y otra vez hasta caer muerta.
-¡Sigue caminando, no te detengas! Exclamó uno de los conejos que llevaba en mi mano, sacándome de golpe de mis nebulosos pensamientos. Miro su cabeza destrozada y él me mira con lo poco que queda sobre su cuello, y con la mitad del ojo que mi disparo certero dejó en la maraña de pelos y sangre que ahora me aconsejan. Lo levanto y lo pongo a la altura de mi nariz, para oír mejor su opinión, mal que mal, todo sabemos lo juiciosos que los conejos muertos pueden llegar a ser, pero se queda callado, limitándose a mover sus pequeñas patas y golpeando mis mejillas, para que alcance a dar vuelta mi rostro y ver que el carruaje se ha detenido frente a mí. Tomo aire, dejo los conejos en el suelo, y con rápido y frágil movimiento me anudo el pelo. La polera mojada se pega a mi cuerpo, sudado luego del ejercicio en el cerro y la cacería. Se abre una pequeña ventanilla y se ondea un pañuelo gris, y casi de manera instantánea uno de los negros coge una sombrilla y se acerca al carruaje. Una puerta se abre…
El día que cumplí trece años, Beatriz llegó a mi casa. El sol se retiraba a descansar, al igual que los últimos invitados de la pequeña fiesta que mi madre había preparado para mi: Torta de rosas, leche y chocolate. Música, regalos, vestidos y risas. Nada fuera de lo usual, nada fuera de lo común, salvo por el olor a naranjos que de pronto inundó el salón. Y la víbora que llevaba días inmóvil, lentamente sale de su sueño, se estira, bota la tapa de la canasta y comienza la danza, derecha, izquierda, derecha, izquierda, siguiendo la risa que ya está a su lado y la mira, con ojos de fuego, con ojos que nunca había sentido de esa manera, miradas que parecía garras que se clavaban en mi cuerpo de niña, que queman sus escamas pero no se detiene, derecha izquierda, derecha, izquierda, - Gracias Beatriz por tu regalo, gracias por venir-, derecha, izquierda, derecha, izquierda, - Mamá está en la cocina- derecha, izquierda, derecha, izquierda. Todo se revuelve, el olor, su carcajada sonora, la voz de mi madre y la comodidad de una silla que de repente se cruza en mi desvarío, a la que con suerte alcanzo a llegar y quedarme quieta, tiritando y con un volcán en mi estómago. Quiero que Beatriz, me toque, me abrase, me muerda, quiero ser los naranjos en su piel, quiero ser su risa, quiero ser Beatriz y hacer bailar la víbora y quemar sus escamas con la mirada mientras la hago bailar con mi risa. Quiero tener su carruaje y vagar eternamente con ella por los caminos, quiero ser su vestido y rozar su piel durante el día. Y al caer la noche, abrazarla y dormir con ella y despertar y… - ¡Natalia, querida! Escucho la voz de mi madre desde la cocina. ¡Acércate linda! – Temblado me voy caminando con la cabeza gacha, y las piernas adormecidas. Entro a la cocina impregnada de olor a naranjo y las veo a las dos sentadas conversando animadamente. – ¡Natalia! Beatriz me ha pedido que te autorice para que pases unos días en su casa. Necesita a alguien que le ayude con sus quehaceres y le haga compañía. ¿Te parece bien?- Asentí con los labios apretados, en silencio, y rápidamente salí de ahí. En ese momento no alcancé a dimensionar lo que significaba ayudar a Beatriz con sus “quehaceres”, ni lo que se venía para mí en esa casa.
Durante los siguientes seis años, los días martes y jueves, salvo los días que estaba con mi periodo, el carruaje negro se detenía a las tres de la tarde afuera de mi hogar. Mientras uno de los negros me abría la puerta, otro tomaba mi mano y me ayudaba a subir. Un golpe a los caballos y ya estábamos en marcha. Los quince minutos que separaban mi casa de la suya eran interminables y solo bajaba la angustia cuando comenzaba a percibir, metros antes de llegar el olor a naranjo, que poco a poco se fue impregnando en mi cuerpo. Ya en su casa, lo primero que hacía era desnudarme y entrar en una habitación, donde Beatriz me estaba esperando. Siempre impecable, siempre perfecta. La rutina era la siguiente: Después de peinarme y anudarme el pelo, me lamía completamente, como una gata que limpia a sus crías, iba pasando su lengua por cada centímetro de mi cuerpo, que se iba erizando al contacto de la suavidad y humedad de su lengua. Me aseaba delicadamente, sin dejar ninguna parte de mi cuerpo sin conocer su tibio masaje. Después venían los latigazos. Despacio, comenzaba por mis nalgas, una breve caricia con su mano de cuero y el golpe, uno, dos, tres en cada una para endurecerlas. Seguía con mi espalda, mi cuello, mis pechos q se ponían como piedra al contacto con ese pequeño látigo y que aún en formación, fueron creciendo bajo su disciplina. Un día, y sin causa aparente comenzó a azotarme en la entrepierna. Suaves y pequeños latigazos que se fueron incrementando poco a poco, más fuertes, más dolor, más latigazos hasta que grité de dolor y placer, en el que fue mi primer orgasmo, generado solo por aquella delgada y dócil vara de cuero que en las manos expertas de Beatriz, pareciera estar dirigiendo una orquesta formada por mil violines, que tocaron la más dulce de las melodías al compás de mis gritos al momento que estallé sobre su alfombra roja. Se rió a carcajadas, largas y sonoras, y la víbora bailó distinto esta vez, con más gracia, con la sutileza de un nuevo movimiento aprehendido y degustado, con la gracia que solo el encantador era capaz de percibir.
La siguiente sesión fue diferente. Al entrar desnuda a la habitación, me di cuenta de que no estaba sola. Había allí un chico rubio de unos quince años. Delgado, guapo, blanco, con unas pequeñas pelusas sobre su pubis y un par de marcas rosas entre sus piernas, me hacen pensar que seguramente él es el aprendiz de las mañanas de Beatriz. Me mira igual de nervioso y sorprendido que yo al verle. No alcanzo a decir nada, cuando Beatriz, látigo en mano, entra y nos presenta.
-Natalia, me dice, él es Patrick.
El joven me mira y hace una torpe reverencia. No puedo evitarlo y me largo a reír, hasta que secamente soy interrumpida por el látigo en mis pezones. – Acá la única que se ríe soy yo – me dice la dueña de la fusta, con su sonrisa de perlas intacta. Sin dejar de sonreír, me toma de las manos y me recuesta en la alfombra roja. Se pone frente a mí y me pide que abra las piernas. Obedezco y siento el aire fresco colarse en mis entrañas, mientras el muchacho mira atentamente. Sin previo aviso, siento un latigazo firme mi entrepierna. Me estremezco de dolor y placer y lanzo un grito ahogado, al mismo tiempo que la humedad baja por mis muslos y llega hasta la alfombra. Beatriz se ríe y la víbora comienza a bailar en su cesta. Repite la operación hasta que me retuerzo en el suelo y se detiene. Apunta con el látigo a Patrick y le hace una seña con la fusta. El joven se acerca y se pone sobre mí. Quedamos frente a frente y me mira, y al abrir mis sentidos puedo olerlo, sentir su calor sobre mi y su erección inminente crecer en mi vientre, puedo percibir y sentir el olor a naranjos en su cuerpo, y junto a eso ver a Beatriz lamiéndolo y aseándolo todos los días con su lengua, puedo sentir los latigazos en su espalda, cada vez que el hacía algo equivocado, puedo sentir como penetra a Beatriz tal como ahora está haciéndolo conmigo, despacio, de manera gentil, mientras me acaricia con sus manos y su nariz pasa suavemente en mis oídos y mi cuello. Beatriz mira desde una esquina, controlando todo, satisfecha por su resultado. Cuando Patrick acelera el ritmo, se siente un latigazo en su espalda, seco y firme, al mismo tiempo que al apretar su cuerpo, siento la sangre bombeada en mi vientre a punto de estallar. Ahora se pone detrás de el y comienza a darle pequeños latigazos en sus testículos, al mismo tiempo que él me penetra. Muchos de esos latigazos van a dar a mis nalgas, se confunden en un todo, mientras más rápido más latigazos, suaves y firmes. Los siento en él, los siento en mí, hasta que en un grito ahogado Patrick estalla en mi vientre y yo con él, mientras me muerde, gime y llora en mi hombro. – Bien hecho queridos- exclama Beatriz, dichosa desde una esquina. Sus dos aprendices habían comenzado bien.
Los años pasaron y cada martes y jueves, látigo en mano, la señora Domínguez nos fue instruyendo en las artes del cuerpo. Posiciones, torturas, quemaduras, sangre, fueron desfilando lección tras lección en la alfombra roja. A veces ella se masturbaba, otras no. Nos corregía, y castigaba, quería que fuéramos los amantes perfectos y lo éramos. Dimos satisfacción a sus deseos más oscuros y aberraciones nunca antes pensadas, éramos su carne dispuesta a hacer lo que quisiera con nosotros. Disfrutaba del dolor, de las humillaciones, los castigos, pero lo que más disfrutaba era a Patrick. La delicadeza con que me trataba, y aún en medio de ese caos sexual, la ternura que en cada gesto tenía hacia mí, los susurros en mi oído, sus manos olor a naranja en mis senos, en mi espalda, en todo. Hace veinte días atrás, entré desnuda al cuarto y ella no estaba. Solo Patrick, en un rincón desnudo igual que yo. Lo miro pasivamente y él me sonríe, como nunca lo había hecho. Hace seis años que tenemos sexo hasta caer aturdidos los martes y jueves, salvo cuando estoy con mi periodo, y jamás, jamás hemos conversado de nada. Estamos solos, no hay nadie, por alguna extraña razón Beatriz se ausenta. Sin pensarlo corro a sus brazos y le doy un beso amoroso, tierno, de niños. Se sorprende, pero me lo regresa de inmediato, me coge de la cintura y me lleva a la alfombra roja, terreno conocido para ambos, y ahí por primera vez, hacemos el amor, y gritamos y gemimos, sin dirección, sin indicaciones, sin satisfacer a nadie más que a nosotros mismos. En este momento único, hacemos lo que se nos da la gana, sin latigazos, sin castigos ni premios, solo placer y deseo en su estado más puro, la respiración que se entrecorta y caemos al mismo tiempo, volando en un espiral imaginario formado por la víbora y el nuevo encantador de serpientes, que no solo la hace bailar, sino que baila y danza con ella, y se confunden de manera tal que nadie podría adivinar quién es la víbora y quien es el encantador. Un golpe y un grito nos sacan de la fantasía. No es un latigazo, el sonido es más duro y seco esta vez. Un bastón se quiebra en la espalda de Patrick y es Beatriz quien con la cara roja de ira grita, y chilla fuera de sí. El muchacho se para y va a un rincón. Yo no. Cojo el látigo colgado en la pared y empiezo a azotarla. No suavemente, no castigándola, no. Con toda la fuerza que mi brazo tiene, la hago gritar, hago saltar la sangre de su piel, y el olor a naranja con sangre inunda la habitación, mientras Patrick coge el bastón y empieza a darle golpes en las piernas, en la cabeza, en la espalda. Palo, latigazo, sangre, naranjas. Beatriz está inconsciente en la alfombra y el muchacho se ríe. La víbora baila feliz con su nuevo encantador. Patrick se para frente a la durmiente, la mira dormir atentamente, como un niño a su madre. Lentamente comienza a tocarse, sin dejar de mirarla. Cada vez más rápido se masturba, riendo y dando saltitos. Bota su leche sobre ella, con los ojos abiertos de emoción, se acerca a mi, me da un beso sonoro, coge su ropa y se marcha. Yo hago lo mismo. El carruaje no me fue a recoger esa semana, tampoco lo esperé.
-Señorita Natalia – La voz de uno de los negros me trae de regreso al camino, a la puerta que se abre, y a la aparición de Beatriz Domínguez en este camino de tarde, y el negro que rápidamente pone sobre ella la sombrilla, aunque el sol ya casi se esconde y no tiene necesidad alguna. Está igual que siempre, impecablemente de gris, y a pesar de los moretones y rasguños en su cara, y salvo por la leve cojera que dilata su bajada del carruaje, está bellísima. No sonríe esta vez, está seria y preocupada y la víbora se queda quieta, ni siquiera se molesta en salir de la cesta. Se vuelve al carruaje y saca una pequeña caja y me la extiende. La quedo mirando, dejo mis zapatillas y los conejos en el suelo, y la tomo. Le sonrío, pero no encuentro respuesta. – La caja de Pandora – me dice el conejo desde el suelo, pero no le hago caso. Además de estar muertos, los conejos siempre han sido exagerados y mal hablados ¿o no? Miro la caja, miro a Beatriz. Un leve olor a naranjo sale de mis manos. No quiero tensar más el momento, los perros, los caballos, los negros, la sombrilla y los conejos deben de estar muy aburridos. La destapo. Es el pene de Patrick.
lunes, 11 de febrero de 2013
Nostalgia de nada
Hoy siento nostalgia de nada
no tengo hijos que extrañar,
no tengo mujer a quien querer,
no tengo patria a la cual amar.
No estoy solo, ni triste
no estoy viejo, ni cansado
mis padres no han muerto,
mis hermanos tampoco.
Sin embargo, siento nostalgia,
como una espina clavada en el pie de un niño,
como cuando el rio baja,
y azota la tierra seca del lecho de piedra,
como cuando estalla la lluvia y no estas conmigo,
cuando la arena se empieza a secar,
porque tras la ola generosa
el mar se recoge,
siento nostalgia.
Cuando hoy la luna salió detrás del cerro,
y estaba nublado,
sentí nostalgia.
Y quise abrazarte,
pero no estabas,
y me quedé parado
mirando la tierra,
mientras mi perro vino,
y lamió mis manos,
y en esa caricia húmeda
pude entender,
y sentir,
la agonía de la nostalgia.
no tengo hijos que extrañar,
no tengo mujer a quien querer,
no tengo patria a la cual amar.
No estoy solo, ni triste
no estoy viejo, ni cansado
mis padres no han muerto,
mis hermanos tampoco.
Sin embargo, siento nostalgia,
como una espina clavada en el pie de un niño,
como cuando el rio baja,
y azota la tierra seca del lecho de piedra,
como cuando estalla la lluvia y no estas conmigo,
cuando la arena se empieza a secar,
porque tras la ola generosa
el mar se recoge,
siento nostalgia.
Cuando hoy la luna salió detrás del cerro,
y estaba nublado,
sentí nostalgia.
Y quise abrazarte,
pero no estabas,
y me quedé parado
mirando la tierra,
mientras mi perro vino,
y lamió mis manos,
y en esa caricia húmeda
pude entender,
y sentir,
la agonía de la nostalgia.
viernes, 25 de enero de 2013
Te Miro
Si casi muerto me quejaba, viví al verte bailar.
En el vuelo de tus manos y tus ojos al mirar.
En tu risa que rompe la calma
y que volando mi cabeza
se anida en mi estómago
en una explosión de mil mariposas.
No me despierten de este sueño,
con olor a limón y sabor a sal y un té de mañana.
En el vuelo de tus manos y tus ojos al mirar.
En tu risa que rompe la calma
y que volando mi cabeza
se anida en mi estómago
en una explosión de mil mariposas.
No me despierten de este sueño,
con olor a limón y sabor a sal y un té de mañana.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Antes
Me gustaría que vinieras
a verme al mar,
a comer juntos,
a dormir juntos.
A pasear por las nubes
que doradas nos mojan la cara
flotando y muriendo
para descender hasta mi cama,
Y ahí te tomaría
y te haría el amor como antes,
y te miraría a los ojos,
a los mismos ojos grandes
en los que tantas veces me vi.
Y después de dejarte sin aliento
te sonreiría
y te preguntaría
si he cambiado tanto
o si soy el mismo de antes.
a verme al mar,
a comer juntos,
a dormir juntos.
A pasear por las nubes
que doradas nos mojan la cara
flotando y muriendo
para descender hasta mi cama,
Y ahí te tomaría
y te haría el amor como antes,
y te miraría a los ojos,
a los mismos ojos grandes
en los que tantas veces me vi.
Y después de dejarte sin aliento
te sonreiría
y te preguntaría
si he cambiado tanto
o si soy el mismo de antes.
jueves, 2 de agosto de 2012
Volver
El
día que mi padre murió, yo estaba tirando.
Y no tirando como consecuencia de su muerte, para pasar la pena, o para evadirme de un momento que debiera ser tan triste. No, yo estaba tirando en el preciso instante que mi padre, con los ojos abiertos, dejó este mundo y se fue de cabeza al infierno. Y mientras él, en el último aliento de su cochina existencia trataba de aferrarse a esta vida, que por cierto ya no lo quería más, yo gritaba de placer, de dolor, en un caos hipnótico de sudor y lágrimas, hundiéndome y ahogándome, sujetándome a las caderas de aquella mujer que me trato como un príncipe y que después de eso, no volví a ver nunca jamás.
Fue una marca, un llamado de atención, la forma en que yo iba a afrontar, desde que era un pendejo espinillento y flaco, todo lo que se venia por delante. Todo lo que le queda por vivir a un joven de dieciséis años, cuya única preocupación por aquel entonces era pajearse en la ducha todas las mañanas y, si andaba de suerte, frotar mí entre pierna con alguna colegiala en la micro, mientras iba a calentar el asiento a una escuela de poca monta donde, salvo por consejo de curso, no destacaba en ninguna cosa. El resto de lo que quedaba por vivir, se presenta siempre de manera mediocre. Siempre me tocan los peores asientos, las mujeres más feas, la leche vencida, el perro cojo, la cola con más gente, el cajero sin plata. El estado perpetuo de modorra y asfixia, en que nadie quiere nada, en que yo no quiero nada. Me aburro con facilidad, de cada una de las cosas que me sucede, y mucho más de las personas, lo que a la larga desencadena en un ser triste y amargado que más que una persona, parece una absurda y borrosa fotocopia barata de mi.
Y no tirando como consecuencia de su muerte, para pasar la pena, o para evadirme de un momento que debiera ser tan triste. No, yo estaba tirando en el preciso instante que mi padre, con los ojos abiertos, dejó este mundo y se fue de cabeza al infierno. Y mientras él, en el último aliento de su cochina existencia trataba de aferrarse a esta vida, que por cierto ya no lo quería más, yo gritaba de placer, de dolor, en un caos hipnótico de sudor y lágrimas, hundiéndome y ahogándome, sujetándome a las caderas de aquella mujer que me trato como un príncipe y que después de eso, no volví a ver nunca jamás.
Fue una marca, un llamado de atención, la forma en que yo iba a afrontar, desde que era un pendejo espinillento y flaco, todo lo que se venia por delante. Todo lo que le queda por vivir a un joven de dieciséis años, cuya única preocupación por aquel entonces era pajearse en la ducha todas las mañanas y, si andaba de suerte, frotar mí entre pierna con alguna colegiala en la micro, mientras iba a calentar el asiento a una escuela de poca monta donde, salvo por consejo de curso, no destacaba en ninguna cosa. El resto de lo que quedaba por vivir, se presenta siempre de manera mediocre. Siempre me tocan los peores asientos, las mujeres más feas, la leche vencida, el perro cojo, la cola con más gente, el cajero sin plata. El estado perpetuo de modorra y asfixia, en que nadie quiere nada, en que yo no quiero nada. Me aburro con facilidad, de cada una de las cosas que me sucede, y mucho más de las personas, lo que a la larga desencadena en un ser triste y amargado que más que una persona, parece una absurda y borrosa fotocopia barata de mi.
Y
claro, hoy, al igual que todos los días, no debí levantarme. Si
parece un día muerto, como todo lo demás. Debí quedarme en la cama
esperando que bajara el sol, como siempre. Escuchando pasar las
micros, las viejas con las bolsas, las niñas de las escuelas, que
caminan apuradas, cuchicheando y riendo sin importarles mucho lo que
pasa. El viejo de la leche en su carro, que tiene una rueda chueca, y
hace un chirrido de las mil putas, que provoca que los perros que a
esa hora vagan por la calle se acerquen y le ladren hasta que
desaparece al final del callejón, mientras le tira piedras a esos
pobres quiltros, que huyen con sus patas flacas apoyadas en la
humedad de la calle, bajando las orejas.
Me quedo apoyado, mirando, con un vaso de cerveza tibia y desvanecida, que parece meado de perro, y unos panes con sabor a nada que quedaron de la ultima vez que me animé a comprar comida, 5 o 6 días atrás. Me puse unos pantalones que estaban tirados en el suelo, y una polera roja con agujeros. Me miro al espejo, y un tipo que no conozco y con cara de mierda me observa, con los ojos en sangre. Salgo de un salto a la realidad, como un globo que se escapa de las manos de un niño y que se eleva al infinito sin que exista nada que podamos hacer. Quedo a la deriva, las manos en los bolsillos, y el viento que trata de despeinarme y apenas puede mover lo que con esfuerzo e imaginación podría llamarse pelo. Un paso, luego otro, y otro y el ir a ninguna parte. Llego al paradero y me quedo sentado en el suelo. Hace frío, los brazos se me entumen, los rubios pelos se erizan, y la brisa helada hace que me duela la cabeza como si el mismo tronar de los buses que pasan, saliera desde mi. Un perro se acerca y me huele. Se marcha.
¿Es realmente válido estar acá? Me pregunto, sin saber la respuesta. Sin saber si vale la pena seguir así, o poner pausa y hasta luego. Como cuando no quise ir más al colegio, porque los demás niños se reían de mis dientes chuecos, y me pegaban en el baño mientras les suplicaba perdón. O como cuando no jugué más a la pelota porque todos decían que parecía mujer, que con mis piernas lampiñas y blancas no podía jugar con ellos, que si eran hombres de verdad y no un marica como yo. O cuando no quise más a mi madre, porque engañaba a mi padre con su propio padre y tenía que escuchar sus gemidos desde la cocina mientras trataba de tragar, para que el ruido de la comida bajando por mi garganta tapara todos los que yo no quería escuchar. Como aquella vez que te dije que te amaba y tu solo me dijiste gracias. Como cuando me robé un pan del supermercado porque no tenía que comer. Como aquella vez que llovía y te reventé a palos, por no amarme . O como cuando aquella vez, que hacía tanto frío, y yo estaba sentado en un paradero, con mi polera roja y mis pantalones rotos y un perro se acercó, me olió y se fue, y los buses hacían tanto, tanto ruido en la calle, y a mi me dolía tanto la cabeza, que pensaba que el mismo tronar de los buses que pasaba salía de mi. Y en ese revoltijo de ruido, frío y pensamientos banales mi cabeza explotó, en el mismo momento que el ruido cesó, y junto a él el frío y también la angustia. Y hoy ya no estoy, pero soy feliz. O al menos, no tengo de que quejarme.
Me quedo apoyado, mirando, con un vaso de cerveza tibia y desvanecida, que parece meado de perro, y unos panes con sabor a nada que quedaron de la ultima vez que me animé a comprar comida, 5 o 6 días atrás. Me puse unos pantalones que estaban tirados en el suelo, y una polera roja con agujeros. Me miro al espejo, y un tipo que no conozco y con cara de mierda me observa, con los ojos en sangre. Salgo de un salto a la realidad, como un globo que se escapa de las manos de un niño y que se eleva al infinito sin que exista nada que podamos hacer. Quedo a la deriva, las manos en los bolsillos, y el viento que trata de despeinarme y apenas puede mover lo que con esfuerzo e imaginación podría llamarse pelo. Un paso, luego otro, y otro y el ir a ninguna parte. Llego al paradero y me quedo sentado en el suelo. Hace frío, los brazos se me entumen, los rubios pelos se erizan, y la brisa helada hace que me duela la cabeza como si el mismo tronar de los buses que pasan, saliera desde mi. Un perro se acerca y me huele. Se marcha.
¿Es realmente válido estar acá? Me pregunto, sin saber la respuesta. Sin saber si vale la pena seguir así, o poner pausa y hasta luego. Como cuando no quise ir más al colegio, porque los demás niños se reían de mis dientes chuecos, y me pegaban en el baño mientras les suplicaba perdón. O como cuando no jugué más a la pelota porque todos decían que parecía mujer, que con mis piernas lampiñas y blancas no podía jugar con ellos, que si eran hombres de verdad y no un marica como yo. O cuando no quise más a mi madre, porque engañaba a mi padre con su propio padre y tenía que escuchar sus gemidos desde la cocina mientras trataba de tragar, para que el ruido de la comida bajando por mi garganta tapara todos los que yo no quería escuchar. Como aquella vez que te dije que te amaba y tu solo me dijiste gracias. Como cuando me robé un pan del supermercado porque no tenía que comer. Como aquella vez que llovía y te reventé a palos, por no amarme . O como cuando aquella vez, que hacía tanto frío, y yo estaba sentado en un paradero, con mi polera roja y mis pantalones rotos y un perro se acercó, me olió y se fue, y los buses hacían tanto, tanto ruido en la calle, y a mi me dolía tanto la cabeza, que pensaba que el mismo tronar de los buses que pasaba salía de mi. Y en ese revoltijo de ruido, frío y pensamientos banales mi cabeza explotó, en el mismo momento que el ruido cesó, y junto a él el frío y también la angustia. Y hoy ya no estoy, pero soy feliz. O al menos, no tengo de que quejarme.
Acá no hace frío ni calor, acá no hay tiempo ni apuros, acá no veremos la noche, solo amaneceres. Acá despierto y duermo al mismo tiempo. Acá no sé donde estoy y tampoco me importa.
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