Parte de cero, como rueda eterna, como girasol mórbido que sigue al sol y vuelve a su punto muerto, sin doblar el cuello, sin mirar lo lejos que se encuentra el vaso sobre la mesa. La sed y yo, el vaso y el agua, el aire en el cielo, lo poco en el suelo. La ropa sin lavar, el traje sin coser, los zapatos sin lustrar. La fiebre que sube fría por tu huesuda espalda, y mis manos nerviosas que no saben qué hacer. Tu boca se abre, ese espacio eterno de calor, humedad y rabia, donde viven las cosas más dulces, las preguntas más tontas, y la mejor, la mejor de las risas, que suena como agua en el techo llovido, como copa que delicadamente se quiebra en la alfombra. A veces aparecen canciones, canciones y huracanes. Besos, gritos, susurros, pedazos de nubes que pasan despacio a mis oídos y hacen cosquillas. Algunos días me reía, otros no tanto. A veces tu lloras... y yo me quedo en silencio en esta eternidad de frío y angustia, cuando la llovizna moja la calle y los pies se me congelan, cuando contemplo los lugares donde alguna vez nos miramos, y me sacaste la lengua.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Lo que falta, lo que sobra, lo que se pierde.
Parte de cero, como rueda eterna, como girasol mórbido que sigue al sol y vuelve a su punto muerto, sin doblar el cuello, sin mirar lo lejos que se encuentra el vaso sobre la mesa. La sed y yo, el vaso y el agua, el aire en el cielo, lo poco en el suelo. La ropa sin lavar, el traje sin coser, los zapatos sin lustrar. La fiebre que sube fría por tu huesuda espalda, y mis manos nerviosas que no saben qué hacer. Tu boca se abre, ese espacio eterno de calor, humedad y rabia, donde viven las cosas más dulces, las preguntas más tontas, y la mejor, la mejor de las risas, que suena como agua en el techo llovido, como copa que delicadamente se quiebra en la alfombra. A veces aparecen canciones, canciones y huracanes. Besos, gritos, susurros, pedazos de nubes que pasan despacio a mis oídos y hacen cosquillas. Algunos días me reía, otros no tanto. A veces tu lloras... y yo me quedo en silencio en esta eternidad de frío y angustia, cuando la llovizna moja la calle y los pies se me congelan, cuando contemplo los lugares donde alguna vez nos miramos, y me sacaste la lengua.
lunes, 8 de noviembre de 2010
El no pensar al levantarse es indicio de que algo anda mal, o muy mal. La mecanización de un acto tan importante como el despertar, el activar el cuerpo, la mente, la vida, es un síntoma de derrota absoluta. Si a esto le sumamos cincuenta años de vida, un matrimonio, y el correspondiente divorcio, tres hijos que no me hablan y un trabajo mal pagado, el panorama se torna gris, casi negro. Lo más probable es que nadie se levantaría y se quedarían al igual que lo haría yo, todo el día tirado mirando las moscas pegadas al techo, frotarse las manos, y revolotear sin destino definido. Ojala yo pudiese hacer eso. Ojala pudiese decir “a la mierda, me quedo en casa”. Nada de eso, nada. La determinación de una feminista jueza, la universidad de dos, de los tres engendros y una ex esposa neurótica, causaron una pensión alimenticia demoledora, que me obliga a trabajar mis huesos hasta límites insospechados. Hoy es uno de esos días, hoy es uno de miles que he tenido que levantarme como un robot a cumplir con mi deber de macho proveedor, para una familia que me detesta. Me paro, me miro al espejo. Estoy flaco, blanco. Como si fuera de papel, como si me fuera a descascarar en cualquier momento. El agua empieza a correr, y yo también. Me hago un café mientras miro las noticias, nada nuevo bajo el sol, la misma gente, las mismas cosas. Mis llaves, el mismo pasillo, y el mismo ascensor al final del piso treinta. Son las 7:20 de la mañana, y me subo. Antes de que las puertas se cierren, apurada, casi corriendo sube la misma escolar, con la misma mochila, y sus mismos ojos de gato, que me mira y se ríe todas las mañanas. Un par de veces nos hemos ido juntos, bajando lentamente los treinta pisos, mientras miro sus muslos y sus incipientes pechos. Debe tener 17 a lo más, pero es alta y tiene esa cara como de niña caliente y que sabe lo que quiere en la vida. Como la actitud de putaza, en envase colegial y de mochilita rosada. Esta mañana es lo mismo, pero viene más alterada, se ríe, pero respira entrecortadamente, está como nerviosa, jalada, excitada, algo le pasa a la pendejita. No alcanzo a apretar el número uno en el panel del ascensor, cuando me pega con la mochila en la cabeza. Un fierrazo, piedras, plomo o algo tenía en aquel rosado misil que me golpeó el cráneo y me hace caer al suelo como un saco. No entiendo muy bien que pasa, estoy mareado, y la pendeja se me tira encima. Con un rápido movimiento desabrocha mi cinturón, me baja mis hermosos bóxer de leopardo que parecen de toplero flaite, y ahí mismo, me pega un combo en las bolas. No entiendo, me siento mal, todo se da vueltas, estoy mareado, me duele la vida después del último golpe, la miro con lágrimas en los ojos y vomito en el suelo. Respiro entre cortado y perdido en el espacio porque no se qué pasa, que hacer, ni decir ante una situación como esa. Estoy aturdido, adolorido, casi muerto cuando siento una patada en las bolas. Oh si, las mismas que hace dos segundos recibieron el combo, ahora parecen explotar en mi entrepierna con la presión de sus lustrados bototos negros, con un gatito rosa al costado. Ella se ríe, me mira y se ríe de manera cristalina, feliz, es como un juego, y yo que no puedo más me desmayo de dolor. Pierdo la conciencia. Por unos segundos, en los cuales me transporto a otro lugar, no se donde estoy. Floto en un espacio vacío, siento que no peso nada y me muevo despacio, como en agua tibia con jabón de guagua. Solo me desplazo, hay luces, ruidos, dolor, y el no saber porqué, el no entender nada, el sufrir todo.
Cuando reacciono ella está sobre mí, veo su rubia cabellera moverse de arriba abajo entre mis piernas, y siento la dolorosa erección que me causa con su boca y labios. El dolor es tal que lo único que atino es a gemir, casi llorando, implorándole que me deje en paz. Me lame la pija de manera grosera, como un animal amarrado que lo dejan comer después de días. Me duele todo, como si fuera a estallar. De pronto se detiene, alza la cabeza, se da cuenta que estoy despierto y me queda mirando. Primero seria como interrogándome con la mirada, luego se ríe y me lanza un beso con una mano, mientras con la otra golpea el tablero del ascensor, marcando el piso uno. El espacio reducido en el que me encuentro desfalleciendo de dolor comienza a moverse hacia abajo, mientras el tablero de a poco comienza a marcar los pisos… veintinueve… veintiocho… veintisiete… el dolor me hace cerrar los ojos porque la niña reanudó su tarea de manera brutal. Veo mi pija desaparecer en su boca y el sufrimiento me hace llorar, siento mi cara mojada con las lágrimas de miedo, la inmovilidad y la inminente erección de pánico y terror en su boca. El piso que se mueve implacable hacia abajo, veintiuno… veinte… de a poco el ardor me toma el estómago y el bajo vientre, siento la saliva escurrir entre mis piernas, no se que hacer, no me puedo mover, y mi cuerpo reacciona de manera normal: Aun en medio de este infierno logro excitarme y la erección es irrefrenable. Cada vez que ella chupa, mis riñones gritan, cada vez que ella muerde, mi cuerpo sangra. Quince… catorce… sus movimientos se intensifican, y su rubia cabellera despeinada me azota el torso descubierto. Once… diez… de pronto se detiene, y me da un abrazo tierno, casi dulce. Pienso que todo terminó cuando su mano me agarra al mismo tiempo que sus ojos chispeantes inyectados de rabia me miran y se burlan, nueve… ocho… sus manos apenas se ven, sus movimientos arriba, abajo, arriba, abajo y mi masculinidad que apenas se distingue entre sus uñas pintadas de rosa. Cinco… cuatro… voy a morir, va a explotar, la angustia es insoportable …tres… cierro los ojos, no puedo más se mete mi pija en la boca y succiona como una aspiradora gigante que me quiere arrancar las entrañas, muero en este piso de mierda, gimo, lloro como un niño asustado, colapsado… dos… me voy, veo su cabellera, y mis tripas que duelen, mis piernas que duelen, mis bolas que duelen, la pija que me duele y que se revienta en su boca, exploto en llanto y siento reventar mis genitales… uno…
Silenciosamente la puerta se abre, y veo el largo pasillo soleado que da hasta la calle. Al fondo un señor lee el diario, un perro se pasea en la entrada, los autos pasan, la vida sigue mientras yo no puedo moverme, tirado, destruido en el piso de este ascensor. La niña se para y me sonríe, con sus dientes perfectos, llenos de sangre y semen. Cierra la boca, y me escupe. Saca un pañuelo y se limpia gentilmente los labios. Me tira un beso y se marcha con su mochila al hombro y pasitos rápidos. La puerta se cierra lentamente, al igual que mis ojos.
sábado, 18 de septiembre de 2010
El Múchacho y la Mújera
Estaba el múchacho sentado arriba de una tronca, mirando el paisaje mientras su abuelo le sacaba los garrapatos a los perros que se olisqueaban en el atardecer. El múchacho tenia su navajo en una mano, y en la otra un trozo de madera, al cual iba sacando punta despacio mientras el sol se ocultaba en el fondo, como sumergido en una poza de barro y aire. Lentamente pasaba el navajo por la madera, que cedía ante cada embate del filo, cada vez más blanco, cada vez más hondo, cada vez más puntudo el palo, como una lanza fiera, lista para estocar a un enemigo inexistente. El abuelo mientras tanto, iba depositando los garrapatos con mucho cuidado en una caja de metal. Decía que le daban suerte, que había que enterrarlos con un botello de vina, con la luna llena. De esta forma los choclos daban mas dientes, las zapallas se ponían mas amarillas, y las sandias crecían tanto, que se podían ocupar las cáscaras para montar perros, pero eso es otro cuento. Y estando los dos inmersos cada uno en sus quehaceres, el aire se vino a quebrar por un olor que trajo el viento desde una orilla gancho, un aroma que se había percibido antes por los dos gañanes, pero que esta vez salió diferente, como una ventolera de rosas que vino a atravesar el campo de limonas, mezclándose con la tarde y el agua del riego, y les pegó de frente al viejo y al múchacho, que levantaron la vista para mirar la hembra que se movía delante de ellos con un canasto con gatos recién nacidos que había encontrado en el cerco de Carlos, un par de kilómetros más quietos, debajo de donde ellos estaban ahora embobados mirándole el torso. Pasa caminando y los mira, mostrando una hilera de dientes blancos como la cabeza del abuelo, como la espuma del mar, como las nubes que se ven en los días después de la lluvia que moja los campos donde el olor de la potranca impregna la vida misma con su sonrisa, para luego perderse entre las arbolas de más encima, caminando por el surco. Y ahí el abuelo mira al muchacho, que nervioso sigue con el navajo en la mano, sentado en la tronca, cortando el palo, que agarra filo, mientras los pollos se comen las astillas que saltan al pasto, y el viento lo despeina y oculta un poco lo nervioso que se puso con la china que pasó.
- ¿Oye cabro? ¿y tu no tenis mújera?
- No pues abuelo, no tengo.
El viejo sacude la cabeza de un lado a otro, mientras le pellizca los garrapatos a un perro café que se mordisquea la cola. El muchacho se queda pensando en la pregunta del viejo. ¿Por qué no tenía mújera? Ni él lo tenía muy claro. Siempre lo habían buscado, pero él nunca se sintió a gusto, ni cuando andaba caminando por entre los pastos del bajo y la Carmela se le puso enfrente, y se saco la vestida y quedo sin nada mirándolo, apuntándolo y el múchacho se vio a la sombra del sauce que llevaba cerca de dos siglos seco y a punto de caer, enfrentado a la humanidad absoluta de tamaña bellaca, que con sus ciento cuarenta kilos de grasa y desconocidos pliegues cárneos, se vino encima jadeando, y mordiéndolo y chupándolo y lo tiro al suelo, y el múchacho asustado y que poco podía hacer, perdió en esa oportunidad la poca dignidad que le quedaba en la entrepierna, que asustada había cedido al grito de animalidad de su bestial contendora. Desde ese día les temía un poco a las mújeras, las miraba con recelo, pensando que todas se le iban a tirar encima, y lo iban a mordisquear y chupetear en los pastos, y eso no le gustaba nada, no señor. Así que durante un buen tiempo solo se dedicó a cuidar los gallinos de su madre y ocasionalmente a hacer pequeñas compras en el almacén del pueblo, siempre y cuando estuviese de buen ánimo y el día fuese soleado.
En una de aquellas encomiendas al pueblo, fue que pasó fuera de la casa de misia Chelita, con el caballo a la rastra y las bolsas al anca. Misia Chelita era una vieja regordeta como una ternera, de mejillas coloradas y azulosos ojos grises, y una bocaza grande como la de un tiburón, que según contaban los más viejos del pueblo, en sus años mozos hacían bastantes más gracias que solo cantar cueca y tonada. Tenía una risa que sonaba como la chicha al caer en los vasos que iban y venían al interior de su casa, y que resaltaba dentro de los agitados gritos y conversas que se gestaban en el cahuín. Así es, misia Chelita era la cabrona del pueblo, la “Tia Chela” como cariñosamente la llamaban los parroquianos que asistían a gastar ahí, entre bailes y vino, las pocas chauchas que recibían cortando lentejos en las haciendas norteñas. Estaba la vieja parada en la puerta, mirando la calle y ve al múchacho que distraído pasaba como si la vida no fuese a acabar nunca. La vieja lo invita, lo tienta, se baja un poco el escote y le muestra una teta del porte de un melón, blanco y coronada por un pesón rosado que parece estar a punto de estallar y matar un par de moscas que pululan cerca de ella. Pero el múchacho ni se inmuta. Había visto eso muchas veces, cuando mas cabro espiaba a sus primas que se bañaban con el agua del pozo bajo las parras en las inviernas, y la dimensión de la descomunal ubre, le hacía recordar a la gorda Carmela, lo que solo le causaba desprecio. Siguió con el caballo a paso lento despreciando a la vieja que soltó una carcajada sonora, cuando detrás de ella vió dos ojos negros, pequeños y almendrados, que brillaban en medio de una cara redonda y lisa. El olor que salía de esa visión era apabullante. Entre rosas y humo de las tortillas que se asaban en las mañanas, y que amasaban los brazos firmes de la hembra que ahora se pone en la puerta al lado de la vieja y sus pesones descomunales. Ese olor que tenia agua del pozo, flores, miel con el mate que tomaba en las tardes, a pasto revolcado de los peones del cerro, a sudor, a potranca caliente que lo mira y no le dice nada, y el muchacho que ya se bajó del caballo, y deja los encargos tirados, y que pasa el umbral del cahuín, y que va de la mano de la mújera, que lo arrastra al fondo de unas piezas oscuras y hediondas a meado de perro. Pero el múchacho no siente nada, no ve nada, no dice nada. Lo único que ve es la larga cabellera negra y lisa que cae en la cintura de la hembra coronada con sus anchas caderas, donde el ya puso sus manos, y la tira en la cama y de un manotazo le saca el camiso, y se la monta gancho ¡ay si usted lo viera! Como si se fuera a acabar el mundo, y vienen los gritos, y las crujideras del catre y las otras niñas del lado que reclaman, y la vieja que se ríe y no la para nadie, y el muchacho que no lo para nadie, y la mújera que aguanta y no dice nada, y se muerde los labios, y le tira el pelo, y el muchacho que la muerde, y la mújera que abre los ojos, y grita, y el olor a rosas que sale y estalla e inunda la casa, la pieza, el cahuín completo, y los viejos que acostumbrados al olor a meado con chicha no saben de que se trata, y olisquean a las otras niñas, pero no encuentran nada, porque la mújera es la única con esa esencia de cerro, flores, miel y matas de cardo maduro, de las que salen después de la lluvia.
El múchacho se puso muy bueno para hacer el pedido, si lo vieran, si se andaba ofreciendo pa ir al pueblo, incluso los días que el aguacero estaba que se largaba y las nubes negras revoloteaban a lo lejos las plantaciones de lentejos allá en el norte. No había caso, día tras día se iba al cahuín de la Chelita, a revolcarse con la negra, y día tras día volvía a la casa con el olor a rosas y al agua del pozo. Pero no todo es pa siempre pues gancho, y el día que llego sin ni un cobre en el bolsillo, mirando al piso, y haciéndose el loco, la Chelita lo largo cascando pa la calle, que se montara en su caballo flaco y que no se dejara ver por ahí hasta que tuviera algo pa tirarle a la negra. Mala cosa pal muchacho, malaza. Hace días que no trabajaba y por lo mismo no tenía ni pa hacer cantar a los viejos que penosamente se ponían con un arpa a pies pelado cerca de la fuente. No le quedó otra que tirarse a la casa, a pasear los gansos en el cerro y cuidar los ovejos de su abuela, donde las tardes pasaban más lento que nunca y el muchacho se divertía tocándose solo, en las llanuras de ese valle, en medio de los gansos y ovejos, donde ahora hay a montones unas florecillas blancas y lechosas. Pero no era lo mismo, no estaba el olor a rosas, ni los gritos, ni las risas de la vieja, ni los ojos almendrados de la negra con sus caderas anchas y el pelo negro hasta la cintura, ni el hedor a meado de perro, ni las tonadas del cahuín. Estaba él solo, con los gansos, los ovejos y los perros llenos de garrapatos, y el navajo, y la tronca en que se sentaba en las tardes sin saber qué hacer, y donde su abuelo le pregunta porque no tiene mújera y el no sabe que responder, no sabe porque no tiene a la china que se está perdiendo al fondo de las árbolas de encima. Si le gusta, si lo tiene embobado, si no hace más que pensar en ella todo el día y en el olor a rosas, y a pasto revolcado del cerro, y a miel con mate y esta ahí, cerquita, a un par de saltos de su juventud, mientras el palo sigue tomando filo, y el navajo corta que corta, y las astillas caen, y la china avanza y se va a perder, y el abuelo que se ríe, y le dice que si acaso es cola, que si acaso no le gustan las mújeras, que si acaso le gustan los otros muchachos, y no para de reír, mostrando sus encías peladas por los años y arrugando los ojos, y la china que apenas se ve al fondo de las árbolas casi desapareciendo, y el muchacho que se anda espantando, y el filo del navajo que se confunde con el de la lanza, que se empuña en las manos del múchacho, y atraviesa el pecho del abuelo, que se funde en un grito sordo de sangre y dolor, y el múchacho que de un salto sale detrás de la china, que ya no se ve entre las árbolas, mientras los garrapatos huyen despavoridos al verse liberados, porque en ningún caso quieren morir enterrados con un botello de vina, bajo la luna llena que redonda y brillante, sale detrás del cerro empañado de sangre.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Hoy somos todos desechables
Hoy somos todos desechables. Como un pañuelo, un condón o una toalla higiénica. El ser disminuido a la producción en serie, a la perdida de identidad, a la monotonía de hacer todos lo mismo. Somos un montón de burros que se miran las caras. Siento nausea, me da asco, desprecio. La mitad de las personas me parece inútil, la otra mitad da lo mismo, en unos meses más no los verás, y lo que les ocurra no importará, porque conoceremos otras personas, que cumplirán su labor, que serán útiles en ese momento, y luego los desecharemos.
Como un gusano de tierra que llega a la superficie, y se queda embobado mirando el sol, porque es primera vez que lo ve, y siente en sus anillos corpóreos llenos de nada, el calor de aquel circulo amarillo brillante. Así se siente el día de hoy, así se sienten todos los días. Mirar el sol un rato, y volver a la tierra oscura, deslavada, con el alma sin color, sin gusto a nada, ni a tierra. El comer despacio, sintiendo el sabor de cada cosa, en un ejercicio por entender por que cada cosa tiene ese sabor y no otro. ¿Porque tengo este color y no otro? ¿Porque soy azul como el mar?
Podría haber nacido verde, y mezclarme con la hierba que crece a la orilla de las veredas rotas. O negro como la noche, o como tus ojos de puta sin pasión. O rojo, como la sangre de los que tienen sangre. Pero bueno, al fin hay que aceptarse como uno es, y hoy yo soy viejo, y mis aves ya no cantan como antes, mi voz no suena como antes, yo ya no soy yo.
Lo único que puedo decir hoy es, vayan todos, antes que no vaya nadie.
Humberto, descansa en paz.
domingo, 25 de octubre de 2009
Dineropadres
Hoy me compré un hijo. Hacia tiempo estaba meditando, que un vástago me haría sentar cabeza, ordenarme un poco en esta monotonía que algunos se dignan a llamar vida. Lo elegí cuidadosamente, y si bien taba indeciso al principio, al final me decidí por un chino. Como que esa cara redonda y sus rasgados ojos me despertaron simpatía y era el que tenía la foto más monona en el catálogo. Saque mi tarjeta de crédito y listo, operación terminada. Al cabo de dos semanas sonó el timbre de mi casa y un señor con unos lentes muy gruesos descargó una caja de cartón, y me hizo firmar una serie de engorrosos papeles. Luego de eso colocó la caja cuidadosamente en el living y se marchó en una camioneta cargada de cajas como la mía.
Me quede al menos dos horas observando la caja. Como un niño curioso, que no quiere abrir su regalo para que la sorpresa dure eternamente, como cuando se sabe lo que hay dentro, pero igual nos da cosa mirar. Finalmente tomo un cuchillo de la cocina y corto las amarras, saco el montón de tapas y empiezo a escarbar entre la montaña de bolitas de plumavit que ahí se encontraban y veo una redonda cabeza negra. Saco un poco más de bolitas y ahí aparece el chinito, con sus rasgados ojos, que al sonreír, parecen estirarse y rasgarse hasta el infinito. Venia medio dormido pero se incorpora rápidamente y hace una graciosa reverencia. No puedo evitar reír. Ahora tengo un hijo, alguien a quien cuidar, educar y por quien soy responsable al menos hasta que cumpla 18 años. Me da un abrazo, es gracioso el chinito.
Lo llevo a su habitación y le pongo música, me mira contento así que supongo que le agrada. Se da unas vueltas y se duerme, placidamente en su cama nueva, en su vida nueva, que no pudo elegir porque yo la compré y lo educaré del modo que me plazca. Le enseñaré a tocar guitarra para que pueda cantar con su padre cuando estemos aburridos, le regalaré mil libros que tendrá que leer y luego podrá comentar conmigo y reírnos, le regalaré un perro para que desde pequeño desarrolle amor por los animales. Lo llevaré al estadio a los partidos del equipo que a mi me gusta, para que desarrolle la misma pasión por el. Le compraré la ropa que a mi me guste, para que el pequeño tenga onda y estilo desde su infancia, pagaré diseñadores si es necesario. Lo matricularé en una escuela pagada, para que no se mezcle con niños que no le aportarán nada a su formación, y para que sus amigos sean gente con clase. Le regalaré un auto cuando cumpla 18 años y entre a la Universidad, para que no tenga que andar caminando y pueda pasear a su novia, llevarla a ver puestas de sol y hacerle el amor en las periferias de la ciudad. Le regalaré un viaje, cuando se titule, para que conozca el mundo y vea las cosas de otra perspectiva. Y todas esas cosas haré, mientras el chinito duerme placidamente, soñando con otros niños chinos en cajas de cartón con bolitas de plumavit que en este momento deben estar viajando en algún lugar. Y aquí me quedaré observándolo, hasta que algún día, llegue el señor de gruesos anteojos y me tome, me envuelva y me ponga en una caja, y me envíe a la casa de algún hijo que se siente solo, y que tenga ganas de cuidar y abrazar un padre.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Veintisiete

Hoy, antes de las 12 todos se pararon de la mesa, y esperaron que terminara de beber mi té. Cuando la medianoche llegó a mi casa, mi hermana se acercó y me dio un abrazo, seguido de otro de mi mamá, mi hermano. Mi papá no dijo nada, solo se fue caminando lentamente hacia una puerta, para luego salir de ella con una pequeña bolsita, la cual extendió hacia mi, acompañado de un apretón de manos y una sonrisa. Y aquí estoy yo, sentado mientras todos me miran riendo, esperando que mis manos comiencen a destrozar el pequeño papel que tímidamente está en la mesa, brillando, aceptando su fugaz destino de duración mínima. Tomo el pequeño envoltorio y lo abro. Adentro una pequeña caja que aumenta mi curiosidad. Es increíble como la capacidad de sorprenderse no se agota nunca, que estoy de la misma forma que un niño pequeño al mirar un dulce o una bicicleta, esperando levantar su pierna y echarla a andar por desconocidos senderos la vida entera. Con cuidado tomo la cajita y la abro. Es… ¡un reloj! Un negro y cuadrado reloj, que brilla y me mira, como un viejo serio y formal. La verdad me toma por sorpresa, no es un reloj común, es muy bonito y parece que no está pensado para mi. Me pongo a reír, mi papá también lo hace. Se noto que lo eligió el, es un artículo para usar con terno y corbata, una especie de caballeros, no de jóvenes desarrapados y chascones como yo. Mi papa lo toma, y trata de ponerlo en mi muñeca. Sonrío por dentro al ver que no combina con la pulsera que tengo puesta, recuerdo de mis últimas vacaciones. Me queda holgado, pero no importa, es lindo, es mío, me lo regaló mi padre. Al ver que me queda suelto, mi papá se ríe, me dice que lo eligió probando en su muñeca, uno tras otro. Pone su mano al lado de la mía, es casi el doble de gruesa, y deben haber soportado el doble de trabajo. Me dice que me queda lindo, que debería usarlo con traje, mientras sus ojos brillan. Me miro en sus ojos, me veo mi mismo en el, en mi padre. Comienzo a imaginarlo a el, a mi edad, tal vez recién casado, con un hijo pequeño, sin nada. Los embates de la pobreza, el frío, el hambre, las jornadas de trabajo de sol a sol, La Ligua, la ciudad, la movilidad, las oportunidades, el trabajo, el crecer, el forjar sin nada, una familia como la que hoy tiene. Me dan ganas de llorar, de abrazarlo, de decirle que lo quiero mucho, darle las gracias por todo, por su sacrificio, por su honestidad, por su ejemplo, por ser no el mejor papá del mundo, pero si el más auténtico. No puedo, me tranco, por esa maldita costumbre que de niño nos enseñan que los hombres no lloran. Me la tengo que tragar, y limitarme a sonreírle. No puedo, me supera. ¿Saben cuantas veces le he dicho a mi papá que lo quiero? Una sola, una sola, y apenas porque el llanto no me dejaba hacer nada más, y ahora que está acá, a mi lado, con sus viejos ojos brillosos, orgulloso de su hijo mayor que no es nadie, pero para el es todo, me la trago. Lo único que quiero es darle un abrazo y decirle que lo poco que soy es gracias a el, a su fortaleza, que trato vanamente de imitarlo, aunque estoy a años luz de lograr ser tan buena persona, tan buen chato, tan berna.
Me paro de la mesa, digo buenas noches y gracias, y me voy a mi pieza. A escribir esto, mientras todas las lágrimas que no salieron allá caen ahora, en silencio, en la soledad de esta casa, donde dos habitaciones mas allá está mi padre durmiendo, cansado, soñando con su hijo que hace 27 años llegó a cambiarle la vida.
Este es mi regalo para ustedes.
Álvaro.
jueves, 16 de julio de 2009
Blanca o Julián
Muchas veces me han dicho que del amor al odio hay un solo paso, que en apenas un segundo se puede pasar de adorar a otro, a aborrecerlo profundamente. Yo creo que es así. Hay ocasiones en la vida en que nos vemos sobrepasados por la rabia, por la impotencia, por el dolor. No podemos hacer nada, la angustia nos come las tripas y debemos afrontar el mal rato de la mejor forma posible. Lo que les voy a contar ocurrió hace ya algunos años, estando yo más joven, más flaco, y notablemente más feliz de lo que ahora estoy. Por razones académicas me vi forzado a abandonar mi ciudad natal y trasladarme a un centro urbano vecino, en el cual pude acceder a una formación mejor y conocer a gente variada e interesante. Los años de la enseñanza media transcurrieron sin novedad, los días se parecían mucho unos a los otros, y sin darme cuenta estaba ya en la etapa final de mi vida como pingüino. Fue en el último año, en cuarto medio que la cosa cambió para mejor. Ella era delgada y alta, con los ojos negros y la piel blanca como papel. Adicta a los libros, a la música y a las caminatas. Nunca fuimos muy amigos, aunque los dos sabíamos que teníamos mucho en común. De cierta forma nos evitábamos, aunque siempre nos mirábamos y sonreíamos, en una tácita aprobación.
En las vacaciones de invierno de aquel año, hubo una tocata en la ciudad y el encuentro fue inevitable. Dentro de una masa de gente vestida de negro y pelos largos, éramos los únicos que solo habían ido a escuchar rock un rato. Nos juntamos, conversamos, compartimos un jugo que yo había llevado, y ella me dio almendras que tenía en el bolsillo. Cuando me las pasó, me tomó la mano y me dio un beso. No había más que hacer. Desde ese día pasamos juntos la mayoría de las tardes. Si bien en el colegio no nos pescábamos mucho, apenas sonaba el timbre nos íbamos de la mano, caminando por la ciudad, hablando de todo, compartiendo mis audífonos. Ella se leyó todos mis libros. Cada vez que iba a mi casa sacaba uno, a los dos o tres días lo traía y se llevaba otro. Yo sacaba sus discos, en una relación recíproca de conocernos más a través de la música.
No fue difícil comenzar a explorar nuestros cuerpos. Yo por estar en otra ciudad, vivía en casa de unos tíos, y pasaba todas las tardes solo. Ella estaba en una situación similar, ya que sus padres eran separados, y ella era hija única. Vivía sola con su papá el cual llegaba tarde del trabajo. Una pareja de niños, que se creían adultos. A ella le debo el saber cocinar tan bien, ya que todos los días después de clases, había que preparar almuerzo, ya fuera en mi casa o en la de ella. Luego de eso hacer facsímiles, ver TV o tirar, ese era nuestro panorama. Pasábamos horas desnudos, mirando nuestros cuerpos, comparándonos, aprendiendo, riéndonos el uno del otro, tan flacos, tan niños. Aprendí a amar ese año, a querer a alguien, a sentir pasión, a desear el cuerpo de una mujer que era mía y de nadie más, la que todas las tardes estando yo dentro de ella me miraba y me daba un beso fuerte, doloroso, seguido de otro suave, tenue, casi una brisa, y una sonrisa. Una especia de firma labial, acompañado de sus grandes ojos negros que me miraban fijo, en los cuales me veía reflejado.
Uno de esos días, estando en clases, salió repentinamente. Volvió a los pocos minutos pálida, y dijo no sentirse bien, y pidió que la llevaran a su casa. Apenas terminó el día me fui corriendo a su casa a ver como estaba. Más pálida que de costumbre, me dijo que había vomitado y que sentía nauseas. No tardó en contarme que su periodo tenía un atraso de tres semanas. Aquellos cinco minutos de espera del test de embarazo tímidamente comprado en la farmacia de turno, han sido los más largos de mi vida. Tenso, me movía de un lado para otro, esperando que no fuera así, que todo fuera un mal entendido, que el próximo año iba a estar en Valpo, en
Las cosas iban a cambiar. Si bien nos queríamos mucho, y decidimos afrontar las consecuencias, muchos de nuestros planes para el año que venía iban a cambiar. Universidad, vivir juntos en Valpo, íbamos a tener que reacomodar todo, pero lo más difícil sin duda era afrontar a nuestros padres. Si bien su padre, por el hecho de no tener hijos varones me tenía un especial aprecio, no le iba a hacer gracia que yo hubiese embarazado a su “flaquita” como el le decía. Y los míos, me iban a colgar de las bolas, literalmente. Decidimos que ese fin de semana cada uno hablaría con su familia por separado, de manera personal, para luego abordar las cosas juntos y ver la forma de que ninguno postergara sus proyectos.
Ese día viernes me fui caminando al colegio. Necesitaba pensar bien lo que iba a decir, como lo iba a decir, o que explicaciones dar. Sabía que terminada la jornada, debía viajar a mi ciudad, a la casa de mis padres y enfrentar lo que había pasado. Estaba nervioso, caminaba rápido, distraído, la mente en otro lugar. Cuando llegué a clases vi que ella no había ido, que su silla estaba vacía. Pensé que tal vez estaba igual de asustada que yo en su casa, pensando que decirle a su papá. Cuando el timbre sonó, tome mis cuadernos y mis cosas y me fui corriendo a ver como estaba. Necesitaba darle un abrazo, apoyarla, hacerla sentir que en esto estábamos los dos, hasta morir. Toco el timbre, y nadie sale. Llamo por teléfono y nadie contesta. No se que hacer, me preocupo, algo le paso a la flaca, por algo no fue al colegio. Salto la reja y me doy la vuelta por atrás. La puerta de la cocina está abierta, y entro. La casa está silenciosa, me doy una vuelta observo, como de costumbre no hay nadie. Subo las escaleras hasta su pieza, tiene que estar ahí, tal vez dormida, o cansada, pero no. Cuando abro la puerta está sentada en la cama, seria, tiesa como un tronco. Sus grandes ojos negros parecen más duros que nunca, y me quedan mirando. ¿Qué onda guapa? Le pregunto tratando de entender la extraña situación, pero no me dice nada, me queda mirando, trata de hablar y no puede, no se que le pasa. Se para, toma un poco de agua, y sin detenerse, ni pensar me dispara directo, me dice que abortó, que el día anterior después que yo me largué, fue donde una vieja en el centro y abortó. Que no se va a cagar la vida por una guagua, que quiere estudiar, que chao con la wea. Así de fácil así de sencillo.
No se que hacer, siento que la pena me empieza a subir despacio, desde el estómago, por la garganta, hasta mi boca, y lentamente hasta mis ojos que estallan en un llanto amargo, en que las lágrimas calientes me queman los ojos, llenas de rabia como si fueran de fuego. Salgo corriendo, no la quiero ver, no quiero ver a nadie. Corro por la ciudad durante horas, hasta llegar a los potreros, donde bajo un árbol me quedo llorando, sufriendo de impotencia. La muy perra mato a mi hijo, a parte mía, sin preguntarme, sin consultarlo, sin nada. La mujer que yo quería, fue y botó lo que era de ambos. Esta puta de mierda, cuando yo tenía dieciocho años mató al que pudo ser mi primer hijo, mi primer vástago sobre esta tierra, el cual en este momento debe estar en un basurero, pudriéndose al igual que yo en este potrero. Lloro hasta que ya no puedo más, hasta que las lágrimas se niegan a salir, y finalmente en ese lugar me dormí.
Al otro día desperté ahí, sucio, lleno de tierra y con una pena que me carcome el alma. Me paro y comienzo a deshacer lo andado, a medida que camino, la pena se va transformando en rabia, y la rabia en odio. Sin darme cuenta estoy en la puerta de su casa, en la cual ya no toco el timbre, solamente entro, rápido subo las escaleras donde a esta hora de la mañana debe estar durmiendo. Abro la puerta de su pieza, y ahí está durmiendo placidamente. La contemplo por un rato, la cama donde tantas veces dormí, donde alguna vez le dije que la quería. En el pasillo hay una escoba, la tomo con fuerza y comienzo a golpearla, sin piedad. Se oyen gritos llanto, lamentos, pero yo no puedo parar, no me puedo detener hasta que veo salir sangre de su cabeza. Ella llora, me dice que pare, que la comprenda. Yo no puedo comprender. No puedo. Se queda tirada en la cama, gimiendo de dolor, mientras de un golpe le arranco mi polera que ocupa para dormir. Ahí están sus pechos blancos, teñidos ahora por la sangre que desciende. Sin pensarlo le doy un mordisco, denso, certero hasta que siento el sabor de la sangre en mi boca. Ella grita pero ya me da lo mismo. Ya nada importa.
De aquí en adelante los recuerdos son difusos. Molido por la pena, me la tuve que comer solo. No le dije nada a mis padres, no le dije nada a mis amigos, viví el duelo personal, día a día, entre el alcohol, los caños y la famosa prueba, en la cual afortunadamente y a pesar de todo me fue excelente, pudiendo estudiar lo que yo quería, cambiarme de ciudad. Conocí gente nueva, y de a poco comencé a dejar atrás la etapa escolar, y a disfrutar la universitaria.
Ella nunca volvió al colegio, nunca más la volví a ver. Tampoco me importa mucho. Solo sé que si alguna vez tiene hijos, si es que ya no los tuvo, va a tener que ver la cicatriz en su pecho, cada vez que los amamante, cada vez que un bebe muerda su pecho pidiendo leche, se va a acordar del hijo de ambos que ella no quiso tener.
Del amor al odio, un solo paso dicen las viejas. El mio fue un paso bien duro, uno que no me gustaría volver a caminar. Afortunadamente lo fui superando y hoy solo es un mal recuerdo, muy malo la verdad. A veces me baja la nostalgia, como ahora, yo creo por eso me gustan tanto los niños, por eso me caen tan bien.
Aquellos tristes recuerdos, los he ido borrando de a poco, porque me hacen mucho daño. A pesar de todo, hay una cosa que no puedo sacarme de la mente, y que cada cierto tiempo regresa, como exigiendo que voltee la mirada, que disponga mi mente para recordar que: Blanca si es mujer, Julián si es hombre…