viernes, 10 de abril de 2009

Volando Bajo




Corrían de la mano, cansados, apenas ya podían moverse, pero no soltaban sus manos. Los ojos rojos de tanto llorar, los pies reventados de tanto huir, de tanto correr. Los lobos los mordisquearon allá en el puente, desgarraron sus ropas, pero nada importó, ellos seguían corriendo. Se conocieron una tarde de lluvia, en que el agua que fue cayendo del cielo los fue juntando de a poco, guiándolos por callejuelas oscuras hasta llegar al mar, donde se encontraron y se miraron a los ojos en un abrazo eterno. Y así vieron la vida, uno en los ojos del otro infinitamente, hasta reconocerse ellos mismos y tener la convicción de permanecer unidos. Nunca más se separaron, decidieron recorrer el mundo juntos y aprender, aprender uno del otro formando una entidad indisoluble. Estuvieron en las montañas, donde el viento y el frió despeinó los cabellos de ella, mientras el le abrigaba las manos, y las estrellas bajaban a alumbrar sus cabezas. Fueron al desierto, donde la arena se colaba entre los dedos de el, mientras ella alegraba el espacio con su risa, que alumbrada por el sol se veía como un ángel plateado. Vagaron por el mar, nadando con los peces y bajaron hasta el fondo, a dar las gracias al agua por haberlos encontrado. Corrieron por los campos, cortando flores y conversando con los animales, que se juntaban en las noches frente al fuego a escuchar sus historias, y mirar los ojos de ella que brillaban con la luna. Un día algo cambió, un día aparecieron los lobos. Gigantes, negros, oscuros, comenzaron a perseguirlos y darles caza. Ellos huyeron, riendo como siempre lo hacían, pensado que esas bestias jamás podrían alcanzarlos a ellos, que juntos de la mano cruzaban el cielo. Pero los días pasaron y los lobos no se iban, seguían corriendo, asechando, mordisqueándoles las piernas y la manos, y ellos huían, cansados, con los ojos rojos de tanto llorar, apenas moviéndose. Al fondo, un risco, y más allá la nada, el vacío. Llegaron a la orilla y se miraron, tratando de verse uno en los ojos del otro, pero ya no podían, los lobos se acercaban, oían sus gritos, olían sus garras en el aire. El la miró, y al ver su pelo moverse al viento recordó, recordó que años atrás ella, un día de sol, le había enseñado a volar. No era difícil, ese día ella le había tomado la mano, había sonreído y saltaron, juntos de la mano, y se fueron volando y mirando las olas que abajo los saludaban. El pensó que ahora podían hacer lo mismo, así que le dio la mano y le sonrió. Pero ella no pudo sonreír esta vez, y con los ojos rojos de tanto llorar le dio un beso en la frente y le dijo que no podía seguir huyendo, que su cuerpo no podía seguir, que esta vez no podían volar. El no supo que hacer, nunca había volado solo, siempre saltaban los dos, juntos de la mano, pero ella no puede seguir, sus piernas se doblan, y cae al suelo, mientras los lobos se acercan, se oyen sus gritos, sus garras en el aire, los van a alcanzar. El trata de levantarla, de tomarla en sus brazos y volar, pero ella no puede, sus piernas se doblan y los lobos, los lobos se acercan, se oyen sus gritos, casi los muerden. El la mira con sus ojos, que están rojos de tanto llorar, y la abraza. Ella le dice que salte, que podrá volar y huir de los lobos, que ya casi pueden morderlos, y el no quiere, no quiere dejarla, no quiere volar solo. Pero los lobos ya están ahí, y el salta, salta al vacío con los brazos abiertos y los ojos cerrados, mientras cree volar, pero cae. Cae al vacío, y su cuerpo sin vida se funde con las rocas del fondo. Arriba, unos lobos se acuestan al lado de una niña, a consolarla, a llorar con ella, mientras el sol sale en el horizonte iluminando sus dorados pelajes.

lunes, 23 de marzo de 2009

Inmadura Emoción de la Vida


Hoy vino a comer una amiga de la Mila, la Cata. Es bien rara la Cata, Catita y todos los derivados idiotas posibles que se les puedan ocurrir. Es simpática, pero rara. Siempre viene a la casa, es algo así como la súper yunta o amiga de la Mila, se conocen de que eran pendex y van juntas a yoga y esas cosas tan interesantes que ellas hacen. Resulta que esta mina es guapa, tiene buen cuero, es simpaticona, linda, etc. Pero tiene un problema. La imposibilidad de tener una relación estable, o sea “estable” algo que dure más de un par de meses. No puede, algo pasa, caga. Por esa razón y por todo el tiempo que la conocemos, es que han desfilado por nuestro departamento toda clase de amigos con cover, pololos, novios y una larga lista de etc. La cosa funciona más o menos así: La Cata conoce a algún tipo, ya sea por amigos en común, compañeros, incluso hasta por Internet (hay de todo en el supermercado del señor), y comienzan a salir, a tirar, y todas las cosas entretes que hace uno cuando empieza una relación. La cosa es que a los poquitos días esta mina les dice a los pobres incautos que está enamorada, que los quiere mucho, que los ama, que nunca se había sentido así, que nunca había sido tan feliz, los lleva a la casa a conocer sus papis, los invita un finde a la playa y cosas por el estilo… Entonces los pobres tipos caen, y como la niña es linda y simpática, puta cuesta ponerse difícil, y ahí es donde está el error. Porque la fantasía de amor adolescente dura solo un par de meses y los manda a volar, quedando ellos con el corazón hecho bolsa, pensando en las promesas de amor eterno, los nombres de las guaguas y toda la parafernalia a los que los había acostumbrado en los días venideros, y ella, ya tiene novio nuevo, y está feliz y enamorada otra vez, y lo presenta y lo lleva a conocer sus amigos y aquí… aquí seguimos, pues en ese contexto apareció hoy, tocado el timbre, con el joven de turno.

Justo me tocó abrir la puerta mientras la Mila preparaba algo en la cocina, y ahí la veo, con su sonrisa perfecta, de comercial de Pepsodent que se me tira encima con sus acostumbrados abrazos y besos (es muy cariñosa la niña en cuestión) y me presenta a su “novio”. No me gusta ser prejuicioso en la vida, pero en este caso es inevitable. El joven llega con esa parada de artista conceptual-fotógrafo-músico-arquitecto-urbanista-vegetariano-ecologista al peo-izquierdista y se presenta de los más campal, con su ropa comprada en artesanía y sus pelos trenzados, pero que va a la Uni en el auto del papito. Una mierda en resumidas cuentas, pero los hago pasar y nos sentamos mientras la Mila grita desde la cocina que ya casi están los tacos, lo que me da tiempo de conversar con ellos. La Cata se le tira encima, lo abraza, lo aprieta, le hace cariño en el pelo y todas las cosas que a cualquier persona harían suponer que son las personas más enamoradas del mundo, pero no. Nosotros sabemos que la cosa no es así, que en unos meses más no lo querrá ver, no contestará sus llamadas, no responderá sus mails, le dará todo el ataque y vendrá donde nosotros a decir que ya no es lo mismo, que no se siente bien, que quiere estar sola, y nosotros la miraremos y le diremos que es lo mejor, que a veces hace bien estar solo, pero nosotros sabemos, sabemos que no es así y que luego de eso, a los poquitos días entrará otra vez por la puerta, con el joven de turno y se volverá a repetir el ciclo que a esta altura me tiene un poco mareado, ya que a veces resulta complejo memorizar nombres y ser simpático y amable con gente que tal vez nunca más veamos y que en este momento está sentado en mi mesa. La Mila me toma la mano, y me hace un taco grandote, al parecer adivinó lo que estaba pensando y me quiso distraer con comida. El tipo se pone a hablar de los derechos de los trabajadores y el proletariado, cuando es cosa de ver y adivinar que no le ha trabajado un día a nadie en toda su vida. La Cata lo mira y asiente, orgullosa de lo revolution que es su nuevo novio. La Mila lo mira y sonríe, no dice nada. Luego de comer y de unas copas de vino, la pareja del momento se retira, no sin antes pedirnos que salgamos los cuatro, que podríamos ir un finde a acampar y un montón de cosas que nosotros sabemos que no ocurrirán, pero de todas formas decimos que bueno. Se van al fin y quedamos los dos, mientras lavo y ordeno la cocina la Mila me dice:

- Oye Varo, mirabas mucho a la Cata hoy, ¿que te pareció el nuevo?

- Mmm… no se. Chanta, fome, fin. Me gustaba más el anterior.

- Si, el antiguo era más simpático, se notaba que era buena persona, además de muy inteligente. Este no, era como por defecto, artistoide, fome.

- Jajaja, Mila, da lo mismo. Lo va a patear en unos meses.

- Si, así es. Oye ¿comamos algo rico?

- Mila acabamos de comer tacos, ¿quedaste con hambre?

- Nooo, quería que comiéramos algo rico, dulcecito, los dos…

- Puede ser, algo si como ¿frutas con crema?

- Si algo así, pero pensaba también en cannabis dulce.

- Frutas y cannabis… ¿vale fumar en una manzana?

- Si Varo, si vale. Pero con una condición: Acostaditos y viendo pelis.

- Como usted diga mi dama cósmica, como usted diga…

viernes, 13 de marzo de 2009

Llueve en mi Departamento



Cuando la Mila entró el agua ya se había apoderado de todo, y yo estaba arriba de una mesa con la mirada perdida viendo como todo flotaba, en el charco negro que se había convertido el piso, y en el agua que ya superaba el metro y medio, dentro del pequeño living de nuestro hogar.

Todo comenzó temprano, cuando me levanté y vi que unas pequeñas nubecillas se formaban en el techo de la cocina, lentamente, como motitas de algodón de blanco vapor, me miraban despectivas. No le di mucha importancia y seguí con mis quehaceres. Un par de horas después las motitas eran más grandes y no tan blancas, y comenzaron a desplazarse hacia el comedor, mientras almorzaba y leía el diario. De a poco se posicionaron y su color negro opacó el delicado color de mi pie de limón. Las primeras gotitas se dejaron caer casi de manera imperceptible, moviendo despacio el café que estaba servido y humedeciendo el papel de las hojas y la tinta del periódico. Me puse de pie, sin hacerme mala sangre y me senté en el sofá, no había para que pelear con las nubecillas, pero fue peor. Ese gesto de mi parte fue tomado como una afrenta, ya que de inmediato comenzaron a caer gotas más gruesas y la nube comenzó a expandirse y a crecer hasta cubrir la totalidad de la habitación. En es momento me di cuenta de que la cosa iba en serio, más aun cuando comenzaron los relámpagos, intensas descargas eléctricas que arruinaron mi televisor de un golpe y rebotaban en el suelo y se movían por el piso. Los truenos retumban en las paredes, botando el cuadro que alguna vez pintamos. El papel de las paredes empieza a ceder, el gato huye por la ventana. Esto se transformó en un pequeño diluvio y no hay quien lo pare. El agua comienza a subir, y mis papeles y tus fotos flotaban en el agua, una camisa vieja, una carta que nunca envié, se mezclan con mis discos y tus flores. Me subo a la mesa, y me siento a contemplar la catástrofe mientras el agua no para de caer y de alguna forma me purifica, me limpia, sentado con las piernas cruzadas en la mesa que comemos todos los días, en la misma que brindamos, en la misma que follamos las veces que nos dio la gana, cuando estabas aquí. El agua sube, estoy empapado, muerto de frió, levanto las manos y abro la boca, para recibir la lluvia que cae, la lluvia que cae aquí mismo, aquí en mi departamento, y sonrió, mojado, feliz.

En eso suena la puerta y entras. Me miras y te ríes al verme sentado y mojado encima de la mesa. Abres un poco más la puerta y botas el agua. Te paras al lado de la nube y la acaricias, le dices que ya esta bien y que tengo frió. La nube la envuelve con su blanco color, como un abrazo infinito y se va, por la puerta. Quedamos los dos mirándonos, mojados, empapados en el desastre que es ahora nuestra casa. Te sientas a mi lado en la mesa, te sacas los zapatos y me abrazas. Miramos por la ventana y al fondo esta el sol, mirando la ciudad, y al lado una nube que empieza a opacarlo. Parece que mañana lloverá.

Este cuento es pa ti.

domingo, 8 de febrero de 2009

Dormir Bajo la Cama del Diablo




- Buenas Tardes, ¿podemos hablar con usted sobre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días?

Ni en la peor pesadilla surrealista, imagine empezar el día con esas palabras. Es una mierda despertar así, pero peor aun es escuchar esa triste frase al abrir la puerta. Al girar la manilla veo a dos gringos desabridos, con cara de hacer amigos y recién bañados en mi puerta, con una Biblia bajo el brazo, y una mineral sin gas. Ambos están vestidos iguales, con los zapatos lustrados, peinados, con sus dientes blancos, que contrastan de manera abismante con mi persona recién salida de una pegoteada cama, hediondo, con el pelo asqueroso, y en calzoncillos. Lo primero que se me viene a la mente es el porque están acá, que vienen a hacer desde tan lejos a interferir en nuestras monótonas y pasivas vidas. ¿Que habrán dejado allá? ¿Sus papas los extrañaran? ¿Será una especie de castigo venir a hablar huevadas a un país como el de nosotros? ¿Habrán dejado a alguna gringa gorda y espinillenta llorisqueando a moco tendido por ellos? ¿Se la habrán tirado el día antes de venirse, diciéndole que por ese día, solo por ese día y en esas circunstancias no era pecado?

Que mierda estos tipejos, me hacen levantarme de la cama y ¿que mierda quieren que les conteste? No se me ocurre nada mejor que hacerlos pasar, casi como una venganza por interrumpir mi sueño, porque al verlos entrar sentí que ya querían irse, salir de ahí, moverse, al ver las botellas tiradas, y el olor a caños impregnado en las paredes, en el suelo y desde ahora en ellos mismos, casi invisiblemente manchando sus blancas camisas. Pero ya cagaron, ellos pidieron entrar y lo consiguieron, así que no hay derecho a reclamo. Los acomodo en un sillón y me siento a observarlos. Tan incómodos, miran la caga que hay en mi casa, y no saben que decir, observan, miran, pobres huevones, yo creo que primera casa que les toca así. Uno, el que al parecer las hace de líder, se larga a hablar, imparable. Se saben el discurso de memoria, repite una serie de cosas que no entiendo, y me empiezo a confundir. Así que lo mejor que puedo hacer es dejarlo en “mute” un rato, y mientras veo solo gesticular y mover los brazos, me detengo en el otro, a observarlo. Es más cabro, debe tener unos 20 años y no deja de mirar el poco de hierba que está encima de la mesa. Me mira y baja la vista, avergonzado, como un niño que se ha portado mal, o que se saco malas notas y debe enfrentar a sus padres. Me da pena, no mucha, pero me da. Veinte años y anda dando la hora a las 4 de la tarde, día domingo, no hay salud. Algo tiene el gringuito, algo que hace que me recuerde a mi mismo a esa edad, cagao de susto, sin saber donde tirar, sin saber donde ir, sin saber pa donde va a micro.

- ¿Ha escuchado hablar de la tribu de Nefi?

-

- ¿?

- No…

El gringo mas grande de alguna forma tomó el imaginario control remoto, se dio volumen e interrumpió mi reflexión. Lo miro sin saber que quiere escuchar. Cuantas veces habrá preguntado lo mismo, en distintas casas, barrios, horas, sillones, y gringuitos de compañía diferentes. La rutina, su rutina y yo sentado en calzoncillos

mirando sus biblias y el gringo mas chico que no para de mirar la mesa y los restos de juerga. Esta como penitente, culpable. De alguna forma quiero hacerlos sentir mejor, mostrarles que no toda la gente es tan penca, alegrarles un poco la tarde, sacarlos de contexto.

- ¿Almorzaron? – Los interrumpo- ¿si o no? Porque yo no y tengo hambre… harta.

Sin esperar su respuesta me voy a la cocina, y saco unas cervezas del refrigerador. De un cajón, unos panes amasados que mi mama religiosamente manda aun, los primeros días del mes, y unas paltas. Como una forma de sentir que aun dependo de ella, aunque ya son años en que no es así, me manda comida y diez lucas todos los meses, huevas de vieja, huevas de mama. Llevo todo a la mesa y lo dejo, como una seudo ofrenda, al lado del paquete de caños. Le paso una cerveza a cada gringo y los miro fijo.

El gringo más viejo, mira con recelo. No sabe si lo estoy hueveando o de verdad quiero ser amable con ellos. El chico ya destapo la lata, y toma un sorbo tan largo, que llega a parecer obsceno y se ríe el huevon. El gringo grande al parecer todavía no se decide, y hace calor, mucho calor, un calor de mierda que en esta fecha se cuela por las paredes, por la ventana, se pegotea en la ropa y no deja pensar muy bien. El chico, se mete la mano al bolsillo y me ofrece un Lucky Strike, - americanos, le digo – asiente satisfecho, sin parar de beber la cerveza. El gringo más viejo trata de seguir con la lectura de la Biblia, pero en su interior sabe que ya no hay caso, que no hay vuelta atrás, menos cuando el gringo chico me pide otra lata, y mira con una sonrisa los pequeños papeles que están tirados por la mesa. A buen entendedor, pocas palabras. Un loco conoce a otro loco, y no lo iba a dejar mirando. Lentamente tomo el resto de macoña que queda en el paquete y lo deposito en el pequeño barquito formado por el papelillo, y comienzo a rolar con mis dedos. El gringo grande me mira, y atina a pararse, no le gustó, se quiere ir, pero el chico lo mira y comienza a hablarle más golpeado. De un momento a otro el está al mando, ahora el tiene el control de la situación y comienzan a discutir en ingles, patalean, mueven los brazos. En resumidas cuentas le dice que está chato de andar hueveando todos los días por las casas, que no salen nunca, que pasan todo el día en la iglesia, que no hacen nada, que nunca se divierten, etc. El grande calla, y en ese silencio consiente todo lo demás que pueda pasar. Sabe que tiene razón, que su vida es una monotonía aburrida, que lo pasan mal, que a veces tienen hambre, que están lejos de la casa. No lo dice, pero lo puedo ver en su mirada. Al final, de malas ganas toma un pan con palta y en la gratitud de su tibia sonrisa, veo que la resignación lo domina, al menos por este momento. La cerveza está sobre la biblia, y el pitillo circula, los gringos inhalan, yo inhalo y los miro, contentos relajados en mi sofá. Parecen niños, lejos de casa, encontraron al fin un poco de paz en casa de un extraño. Estamos volados, sentados hablando sobre el clima, o sobre cualquier imbecilidad. El gringo grande me dice que le gusta una de las niñas que va a la iglesia, que se la piensa tirar antes que termine la misión, que no piensa volver a su país sin haberse comido un par de minitas de acá. El gringo chico se para y va hacia mis discos, los intrusea un rato, los mira, trata de encontrar algo familiar. Pone el Umplugged de Alice in Chains, y Nutshell llena el espacio, mezclándose con el humo y el sol de la tarde, mientras bebemos las últimas cervezas.

En ese momento entra la Mila, que estaba durmiendo en mi pieza, y debió despertar con el ruido y la música. Totalmente desnuda, con el cuerpo de una mujer de 23 años, que hace yoga y danza los cinco días de la semana. Cruza la habitación tomando jugo de naranja, se sienta al lado mío, me saca el pito de los labios, fuma, y luego me da un beso y me sonríe, con esa sonrisa perfecta que siempre me caga y a la que no le pudo decir que no. Luego se para, mira a los gringos que están embobados, un par de adolecentes mirando su figura, que atrae como un globo brillante, y no dice nada, y se va a la pieza de nuevo, moviendo el cuerpo, con la gracia de una niña. Los gringos no saben que decir, yo creo que este fue su mejor día en esta mierda de ciudad desde que llegaron. Toman sus cosas, me dan la mano, las gracias y se van. Cuando el gringo chico va en a puerta, se devuelve, toma su Biblia y me la regala. Por alguna razón bajo la vista, y la recibo. Luego de eso lo vi bajar las escaleras y perderse, perderse en la calle y en la tarde.

Vuelvo a mi pieza, y ahí esta la Mila leyendo unas revistas antiguas, con fotos en blanco y negro de vestidos viejos, feos y acartonados. Levanta la cabeza y me dice

- Ven, quiero cariños…

La vida puede ser como el pico algunos días.


A los que están siempre, mis padres, mis hermanos, mis amigos, y mis discos.

martes, 27 de enero de 2009

Sol de Medianoche




Todas las tardes al volver, me miraba los pies. Largos, flacos, llenos de arena pegoteada, y agua que comenzaba a secarse, junto con la sal que comenzaba a arder. Una visión tal vez simple, del que según un amigo me dijo "el mejor trabajo del mundo" y vaya que lo fue. Llegar a la defensiva, cerrado, distante, y volver con las tripas afuera, con el corazón en las manos. Una semana despersonalizado, una semana sin ser yo, una semana sacado de la cotidianeidad de mi vida e insertado en otra, como arrendar una vida, para poder matar a la antigua. Claro que acá no la arrendamos, sino que simplemente la donamos a la causa y la dejamos a su suerte, para ver que pasaba, para ver que nos pasaba. Descolocados, despersonalizados. Pasar a ser en media hora padre, madre, hermano, tío, docente y todo cualquier apelativo necesario de un puñado de desconocidos que miraban con cara de necesitar un abrazo. Con los días esa necesidad se me paso a mi, necesitaba abrazar y que me abrazaban, por eso apretaba a la feña y a la cote. Por eso corría por un abrazo o un apretón de manos.
Volver a levantarse temprano y acostarse tarde, volver a despertar con sueño, volver. Volver a comer lo que te daban, a escuchar lo que ponían, a hacer lo que ellos pedían, pero con una sonrisa. Volver a nadar, a sentir el cuerpo adolorido al acostarme, tenso en cada uno de sus músculos, y despertar con el mismo dolor en la mañana. Bailar, cantar, actuar, crear, saltar correr, caer. Ser otro, por una semana, ser como realmente somos, sacar lo que estaba tapado y en ocasiones enterrado, y entregarlo, de la mejor forma posible.
El cuestionamiento, el pensar todas las noches, la entrega de afectos. El afecto en si mismo, pensar y pensar, las veces que hemos querido tanto, entregado tanto, y no recibimos nada. Y llega una manada de pequeños engendros que sin conocerte y sin haberte visto jamás en sus cortas y accidentadas vidas, te entregan su amor y cariño, así, sin condición, sin esperar nada, sin querer nada, solo un poco de atención.
Una vez escuche que la alegría era una droga, y hoy me doy cuenta que el comentario era certero. No me explico de otra forma el dormir 6 horas diarias y levantarse y hacer actividad física durante 7 días seguidos. Y si vemos la alegría como droga, ahora estoy con síndrome de abstinencia en mala. Me dio una angustia terrible. Quiero volver, quiero irme a los molles de nuevo, quiero irme ahora a dormir mal y jugar y reír todo el día, volver a ser niño por una semana, otra vez. Darme cuenta de que es lo realmente importante, a quien debo dedicarle atención, a quien debo entregarle mi tiempo. Descubrir que ser feliz no cuesta nada, que ser feliz es gratis y tan fácil como compartir un mate y un galletón de avena, mirando las estrellas. Que mis amigos valen más que todo el oro del mundo, que caminar me hace bien, y que el amor es lo único que crece cuando se comparte. Que me gusta saborear mis labios salados y secos al volver de la playa, que me gusta manguerearme en el patio, que me gusta caminar y correr, que la peor comida del mundo, con hambre es el mejor de los manjares, que inconcientemente ya estoy haciendo el bolso, para volver...

A mis niños queridos.

jueves, 1 de enero de 2009

El Pibe



Un niño alza la cabeza y mira. Mira por su ventana y ve a dos niños que golpean a otro niño que está en el suelo. Lo patean, lo escupen, y le quitan el poco dinero que traía. El niño se pone de pie, y entre sollozos y llanto se va a su casa. El niño mira la escena desde su ventana y piensa que el puede hacer lo mismo, que no es una mala idea. Así el niño sale a la calle a buscar otros dos niños, uno para golpear y escupir, y otro para que lo acompañe. El niño camina y mira las nubes, al parecer lloverá. El niño tiene pecas y el pelo sucio, su madre no lo asea mucho. El niño siente frió, y al llegar al mar se da cuenta que va descalzo y que sus pecas están azuladas por lo bajo de la temperatura. En el agua hay otro niño con pantuflas, y el niño se las quita, y le dice si lo acompaña a golpear otro niño y conseguir dinero para comer. El niño acepta y ambos niños caminan por la calle buscando el niño que falta. Así llegan al campo, donde un niño cuida sus vacas. Al ver llegar los dos niños, se para y les pregunta si toman leche. El niño responde que si, y bebe dos vasos. La vaca no toma y solo los mira mientras mastica alfalfa. El niño piensa que el campo es un buen lugar y descansa. Los otros niños lo ven acostado, solo y lo golpean, lo patean y escupen y le quitan su dinero y sus pantuflas. El niño se para y llorando pregunta a la vaca como regresar a su casa. La vaca que mastica alfalfa, y no toma leche, tampoco responde. El niño comienza a caminar, mientras trata de recordar el camino a casa. Una calle se le hace conocida y comienza a moverse, mientras del cielo hace su aparición la lluvia. El niño llega a su casa con otro niño que encontró en el camino, está golpeado y con olor a leche.

Su madre lo mira, lo toma y lo baña en patio, con una manguera rociando agua que cae por sus cabellos, mientras el otro niño mira y aburrido decide irse. El niño queda limpio y se acuesta a dormir, y sueña, sueña con otros niños, que lo golpean y lo escupen y le quitan a su madre. El niño despierta de golpe, asustado por la pesadilla, y se levanta y va a la escuela, donde se reúne con otros niños que gritan, y halan demasiado y tratan de ser callados por otros niños que ya no los son tanto. El frio y la lluvia se transforman en nieve, y los niños comienzan a jugar en la calle, el niño alza la cabeza y mira, mira por la ventana y ve a dos niños que golpean a otro niño en la calle, lo patean y escupen y además de eso lo entierran en la nieve. El niño piensa que mejor se va a dormir, que mañana será otro día y los niños deben dormir temprano. Eso es lo mejor que puede hacer.

martes, 18 de noviembre de 2008

Desayuno


Termino de tomar mi café y te miro, de reojo. Ahí estas al lado mío, pero a mil metros, en otra parte. Tantas veces la misma escena, tantas veces la misma rabia, tantas veces la misma frustración, tantas veces las mismas ganas de matarte. ¿Por qué siento eso? ¿Por qué todas las mañanas te quiero ver muerta? ¿Por qué no lo hago ahora?

Seria fácil, estas despreocupada leyendo el diario y viendo imbecilidades que no tienen ningún sentido, en vez de mirarme a mi. Siento como tus ojos se desplazan por las palabras, sin siquiera notar que tomo un cuchillo firme en mi mano. A ver, como lo hago. Lo típico seria decir alguna cosa, como para darle mas importancia al momento, algo como ¡te odio! o ¡toma perra! o algo por el estilo, pero como que no me tinca, como que no pega en la mañana, si está todo claro por el sol, y eso es más como para la tardecita. Lo otro es que lo clave en la espalda, sin decir nada, y ver como me miras con cara de sorpresa, como queriendo saber que pasó o porque de pronto ves una hoja de acero salir por tu pecho reventando en sangre... Pero sería medio asqueroso, además de dejar la mesa toda manchada, y tener que lavar el mantel mmm… mejor que no. ¿Y si te ahorco? Me agrada la idea igual, tomar tu cuello entre mis dos manos y apretar, apretar hasta que no pueda más y ver como se te salen los ojos, y la lengua brota por tu boca que se comienza a poner morada, morada como tu cara, azul como tu cara, negra como tu cara de mierda, que no da más sin aire hasta finalmente morir, morir ahí en medio de la cocina pequeña de nuestra horrible casa sin niños.

Ahora te levantas, sin dejar de leer el diario, vas y tomas un vaso de jugo y comienzas a beber, sin dejar de leer. Te miro de pie y sin ropa en la pequeña y horrible cocina y veo tu cuerpo. Vaya que eres bella. A pesar de los años tus pechos están firmes, tu abdomen plano, tus piernas perfectamente moldeadas, y tu sonrisa, esa perfecta sonrisa que ahora por fin me mira, y muestra esa grandiosa hilera de blancos dientes. Te miro, me miras, y sin darte cuenta estas sobre la mesa, sobre el diario, sobre mi café, sobre mi, moviéndote, mientras mis manos recorren tu piel, tus piernas, tu grandiosidad y hacemos el amor como nunca, como adolescentes, como recién casados que joden todo el día y paran solo a comer, como animales, como conejos, te muerdo, te disfruto, me saco la rabia de encima follando como cuando tenía 20 años y tu 18, y pasábamos toda la tarde en esto. Te vas, si te vas, gritas, cierras los ojos, me aprietas las manos, aprietas tu cuerpo, abres la boca, me miras, te miro, la sonrisa, ahí está, la blanca sonrisa, me mira, me llama, me tienta, la blanca sonrisa esta seria, ya no se ríe, ya no está, se va, se va, con el grito desgarrador al ver el cuchillo, al ver el cuchillo que cruza el aire de esta horrible, apestosa y mugrienta cocina de la pequeña casa sin niños y se clava en tu garganta, mientras yo te miro, te miro arder de dolor y miedo, cuando tu cabeza se despega de tu hermoso cuerpo y queda sola en mi mano colgando, colgando de tus rubios pelos teñidos de sangre. Me paro, abro la ventana y miro por ella, y la verdad es que mi café sabe bastante mejor, bastante mejor cuando veo al perro jugar con tu cabeza en el patio, mordisqueándola y haciendo un hoyo para enterrarla y tal vez más tarde, seguir jugueteando con ella. Tomo mi chaqueta y mi maletín y parto al trabajo, ya son las ocho y media, y no pienso llegar tarde otra vez.