Fuego en Los Quintrales, es el nombre que elegí para el disco debut del proyecto en que me encuentro componiendo ahora. Luego de poner pausa indefinida a los Sálima, por temas de tiempo y distancia (Pablo se fue a vivir a Coyhaique), y con 3 canciones maqueteadas para grabar, me dio lata perder toda esa pega y cariño puesto en la música. Bajo esa reflexión, nace Volarama como proyecto. No voy a mentir, me resulta más cómodo tener mayor control sobre lo que se compone.
A las 3 maquetas ya mencionadas, se añaden 2 composiciones más, para completar un disco de 5 canciones, que nos encontramos grabando en este momento. Si bien no es un disco conceptual, es un disco que se encuentra
atravesado por el afecto. O el amor, como lo llaman algunas personas.
Amor de amigo, amor de pareja, amor de padres a hijos. Amor a uno mismo.
Fuego en Los Quintrales, es a su vez, el quinto y último tema de este disco. Y es acá donde me quiero detener. Más que en la canción, en lo que señala o representa. Los Quintrales, o inicialmente conocida como "Villa Los Quintrales", se pensó originalmente como una Villa para profesores de La Ligua. Sin embargo, la gente de la población "El Cobre" de nuestra ciudad, en búsqueda de una solución habitacional definitiva, se tomó la incipiente construcción, permaneciendo allí. Hasta hoy. El golpe y la dictadura los pilló en la que, al parecer, es la primera y única toma que se ha realizado en el pueblo.
Cuentan que en el invierno, cuando subía el río, el agua tocaba la puerta de los pobladores. Que cuando don Arturo Quezada vivía allí, tenía momias bajo la terraza de su casa. Que un niño llamado Álvaro, dio sus primeros pasos en la plazoleta de Los Quintrales, donde tiempo antes el abuelo de Sereño plantó el pino que aún está en ese lugar.
Este punto de la ciudad, fue el lugar elegido por mis padres para vivir en La Ligua, cuando hace 35 años llegaron desde el Valle de Quilimarí, a estos territorios. Que el Valle de Quilimarí, y el Valle de La Ligua, que son los dos
lugares donde han y hemos vivido, son a su vez los lugares donde sin pensarlo,
se grabó el disco. Sin embargo, Los Quintrales es el lugar donde gestaron sus primeros proyectos, las primeras líneas de lo que son ahora. Ese fue el lugar donde el fuego nació, donde comenzamos como familia en La Ligua, donde se generó el ímpetu, la fuerza que siempre ha acompañado a mis padres en todo lo que hacen, hasta el día de hoy. Esa energía especial que hace que todo lo que tocan florece, se expande, crece, mejora. El fuego que siento cada vez que me abrazan, o me dicen que me quieren. Que están orgullosos de mi. Esa sensación, es la que quise y quisimos transmitir en esta canción. Que en el ciclo que este disco viene a cerrar en mi, ellos fueron y son parte fundamental. Gracias por estar siempre.
Luego de eso, nos trasladamos a la Calle Papudo, donde mis padres aún viven. Pero eso ya es otra historia (¿u otro disco?)
Mis padres nunca van a leer esto. La canción, probablemente no la escuchen jamás. Pero fue mi forma de decir que los quiero y que su esfuerzo valió la pena, y que el fuego que hace años encendieron en Los Quintrales, lo llevo dentro, y trata de salir día a día. Que se manifiesta, y que inspiró la canción que cierra este trabajo.
miércoles, 10 de mayo de 2017
miércoles, 23 de octubre de 2013
Bonita
Porque ya basta de solo pensar
porque ya me decidí
hoy voy a hacerla bonita
Nada de cosas a medio filo acá
no más copas de vino a medio terminar
no señor
desde ahora
y para siempre
me tiro de cabeza
al vacío
Es por eso que un día de estos
cuando el sol se duerma
y los pájaros que cuida tu abuela
se acurruquen en sus nidos
voy a llegar a tu casa
como un gato saltaré la cerca
subiré por la ventana
y caminaré lentamente por el pasillo
entraré a tu pieza
y ahí donde plácidamente duermes
te daré un beso
en la frente
te tomaré entre mis brazos firmemente
y saldré corriendo
No importa que tu madre me mire con cara de espanto
no importa que tu padre me persiga con un palo
no importa que tu perro chico
ese que siempre me ladra
y me muerde los talones
cuando voy a verte
chille y se aferre con sus dientes
a mi pantalón
no importa.
seguiré corriendo
mientras esos ojos rasgados
que se ríen cuando me miran
se abren despacito
Me das un beso
te agarras firme a mi cuello
cuando yo tomo una cuerda
y bajo volando por la ventana a la calle
donde los vecinos
alertados por la bulla y el alboroto
miran boquiabiertos
nuestra hazaña
Rodamos por el suelo de tierra
las hojas se nos pegan al cuerpo
mientras la luna desde lo alto
aplaude nuestra valentía
felices y riendo
nos paramos
nos abrazamos
nos tomamos de la mano
y nos vamos a recorrer el mundo
Porque ya basta de solo pensar
Porque ya me decidí
hoy voy a hacerla bonita
Como tú.
porque ya me decidí
hoy voy a hacerla bonita
Nada de cosas a medio filo acá
no más copas de vino a medio terminar
no señor
desde ahora
y para siempre
me tiro de cabeza
al vacío
Es por eso que un día de estos
cuando el sol se duerma
y los pájaros que cuida tu abuela
se acurruquen en sus nidos
voy a llegar a tu casa
como un gato saltaré la cerca
subiré por la ventana
y caminaré lentamente por el pasillo
entraré a tu pieza
y ahí donde plácidamente duermes
te daré un beso
en la frente
te tomaré entre mis brazos firmemente
y saldré corriendo
No importa que tu madre me mire con cara de espanto
no importa que tu padre me persiga con un palo
no importa que tu perro chico
ese que siempre me ladra
y me muerde los talones
cuando voy a verte
chille y se aferre con sus dientes
a mi pantalón
no importa.
seguiré corriendo
mientras esos ojos rasgados
que se ríen cuando me miran
se abren despacito
Me das un beso
te agarras firme a mi cuello
cuando yo tomo una cuerda
y bajo volando por la ventana a la calle
donde los vecinos
alertados por la bulla y el alboroto
miran boquiabiertos
nuestra hazaña
Rodamos por el suelo de tierra
las hojas se nos pegan al cuerpo
mientras la luna desde lo alto
aplaude nuestra valentía
felices y riendo
nos paramos
nos abrazamos
nos tomamos de la mano
y nos vamos a recorrer el mundo
Porque ya basta de solo pensar
Porque ya me decidí
hoy voy a hacerla bonita
Como tú.
lunes, 29 de julio de 2013
Mi juego favorito
Hoy descubrí,
Que mi juego favorito
Transcurre los días sin tiempo.
que cuando está nublado,
y despertamos tarde
Y la bruma que baja desde el cerro al mar,
nos envuelve en su blanco y suave regazo
es el momento perfecto
para jugarlo.
cuando la taza de té
que abriga tus manos
baja a tus piernas
y te quedas con la vista perdida
mirando por la ventana
los perros que mojados en la calle
tiritan de frío
yo me quedo inmóvil
como si fuera de piedra
sometido
por esas pequeñas hebras
que desde tu frente bajan
a bailar
sobre tu rostro.
y es ese
el momento exacto
en que comienza el juego
donde yo
con la toda la delicadeza de este mundo
y la precisión
de un orfebre milenario
entre mis dedos tomo
eso delgados hilos dorados
y los pongo
tras tus orejas,
mientras tu
pareces regresar
de la eternidad del sopor
y te das vuelta
tan solo un segundo
para regalarme
una sonrisa.
Que mi juego favorito
Transcurre los días sin tiempo.
que cuando está nublado,
y despertamos tarde
Y la bruma que baja desde el cerro al mar,
nos envuelve en su blanco y suave regazo
es el momento perfecto
para jugarlo.
cuando la taza de té
que abriga tus manos
baja a tus piernas
y te quedas con la vista perdida
mirando por la ventana
los perros que mojados en la calle
tiritan de frío
yo me quedo inmóvil
como si fuera de piedra
sometido
por esas pequeñas hebras
que desde tu frente bajan
a bailar
sobre tu rostro.
y es ese
el momento exacto
en que comienza el juego
donde yo
con la toda la delicadeza de este mundo
y la precisión
de un orfebre milenario
entre mis dedos tomo
eso delgados hilos dorados
y los pongo
tras tus orejas,
mientras tu
pareces regresar
de la eternidad del sopor
y te das vuelta
tan solo un segundo
para regalarme
una sonrisa.
jueves, 23 de mayo de 2013
Silencio
Si después de la muerte
solo queda
el silencio
hay que aprovechar
de hablar
ahora.
Decir,
por ejemplo,
que la noche
esta fría
que la sal
está mojada
que la lluvia
que caerá
vendrá con tu olor
a menta
y frutilla.
Decir
en voz baja
bajita
casi como el susurro de las hojas
cuando hablan a través del viento
revoloteando en la orilla del camino
que a veces
solo a veces
te extraño.
solo queda
el silencio
hay que aprovechar
de hablar
ahora.
Decir,
por ejemplo,
que la noche
esta fría
que la sal
está mojada
que la lluvia
que caerá
vendrá con tu olor
a menta
y frutilla.
Decir
en voz baja
bajita
casi como el susurro de las hojas
cuando hablan a través del viento
revoloteando en la orilla del camino
que a veces
solo a veces
te extraño.
domingo, 19 de mayo de 2013
Bernard
Bernardo sale de su casa
con treinta vueltas al sol
en el bolsillo.
arquitecto,
futbolista,
mago,
trapecista.
Una vez le regalé un apretón de manos,
y él me devolvió un abrazo.
porque
en su cumpleaños
siempre llueve?
el vaso de vino
en la mano izquierda
el cuchillo
en la derecha
mientras cae el sol.
Bernardo
regresa a su casa
le hace un cariño
al perro
se tira en el sillón
cierra los ojos
y se ríe
como todos los días.
con treinta vueltas al sol
en el bolsillo.
arquitecto,
futbolista,
mago,
trapecista.
Una vez le regalé un apretón de manos,
y él me devolvió un abrazo.
porque
en su cumpleaños
siempre llueve?
el vaso de vino
en la mano izquierda
el cuchillo
en la derecha
mientras cae el sol.
Bernardo
regresa a su casa
le hace un cariño
al perro
se tira en el sillón
cierra los ojos
y se ríe
como todos los días.
lunes, 22 de abril de 2013
Ama_nece
Hoy
elegí
Salir detrás del cerro,
como el sol,
e iluminar todo.
Sentarme en un rayo
y desde lo alto
mirar
al vacío siniestro.
Acá no hace frio
ni calor,
acá no hay tiempo
ni apuros.
Acá no veremos
la noche,
solo
amaneceres.
Acá despierto
y duermo
al mismo tiempo.
Acá no sé donde estoy
tampoco
me importa.
elegí
Salir detrás del cerro,
como el sol,
e iluminar todo.
Sentarme en un rayo
y desde lo alto
mirar
al vacío siniestro.
Acá no hace frio
ni calor,
acá no hay tiempo
ni apuros.
Acá no veremos
la noche,
solo
amaneceres.
Acá despierto
y duermo
al mismo tiempo.
Acá no sé donde estoy
tampoco
me importa.
viernes, 15 de febrero de 2013
Sangre y Naranjas.
Veinte días después, volví a ver a la señora Domínguez. Sabía que algún día iba a pasar, pero no pensé que sería tan pronto. La tarde estaba cayendo despacito, mientras yo venía bajando por el camino que bordea el canal, cuando ella apareció en su carruaje siguiendo la senda. No podía ser otra. El cortejo que acompañaba su marcha, venía seguido por el ruido de los perros que tirados por gruesas cadenas negras que terminaban en las manos de los gigantes que le protegen, ladraban a cualquiera que intentara acercarse a la comitiva. No bajé la marcha, tampoco la vista. Seguí caminando tal como venía: Con mis audífonos colgando y sonando despacio, por el medio de la calle, con mis pies descalzos y llenos de barro, con las zapatillas en mi mano izquierda, y en la derecha unos conejos muertos, cuyo hilo de sangre que brotaba lentamente de sus cabezas iba dejando una marca endeble en el camino, un trazo invisible, casi imperceptible de mi paso por esta senda tardía.
Hace diez años, o tal vez un poco más, que conozco a Beatriz Domínguez. Siempre la veía llegar a la casa de mis padres, perfectamente vestida y arreglada, una reina sacada de otra época que iluminaba el salón con sus dorados cabellos, la elegancia hecha mujer, con su sonrisa de perlas nacaradas y sus delgadas y suaves manos, me daba un abrazo impregnado de los naranjos de su estancia. - Natalia, querida Natalia, ¿Qué edad tienes ya?- me decía sonriendo con su voz suave pero firme, que estallaba en una sonora y generosa carcajada, parecida a un canto de sirenas que ejercía sobre mí un extraño dominio, como la hipnótica melodía que se escapa de la flauta del encantador de serpientes, flotando por el aire mirando fijamente a la víbora que no se puede resistir y sale de su canasta y cae bajo el poder de la música, yo me movía a su compás, derecha, izquierda, derecha, izquierda, y comenzaba a sudar, y reír nerviosa, mientras mi madre tomaba su abrigo y presurosa la hacía pasar al comedor, y rápidamente llamaba a las criadas, y todo giraba en torno a Beatriz, que era un sol en esta mínimo universo que era mi hogar y la víbora que aún está encantada, pero ya sin encantador, y no le quedaba más opción que irse a un rincón y desde allí mirar al resto, sin encajar, pero deseando sentir esa risa hipnótica y moverse a su compás una y otra vez, una y otra vez hasta caer muerta.
-¡Sigue caminando, no te detengas! Exclamó uno de los conejos que llevaba en mi mano, sacándome de golpe de mis nebulosos pensamientos. Miro su cabeza destrozada y él me mira con lo poco que queda sobre su cuello, y con la mitad del ojo que mi disparo certero dejó en la maraña de pelos y sangre que ahora me aconsejan. Lo levanto y lo pongo a la altura de mi nariz, para oír mejor su opinión, mal que mal, todo sabemos lo juiciosos que los conejos muertos pueden llegar a ser, pero se queda callado, limitándose a mover sus pequeñas patas y golpeando mis mejillas, para que alcance a dar vuelta mi rostro y ver que el carruaje se ha detenido frente a mí. Tomo aire, dejo los conejos en el suelo, y con rápido y frágil movimiento me anudo el pelo. La polera mojada se pega a mi cuerpo, sudado luego del ejercicio en el cerro y la cacería. Se abre una pequeña ventanilla y se ondea un pañuelo gris, y casi de manera instantánea uno de los negros coge una sombrilla y se acerca al carruaje. Una puerta se abre…
El día que cumplí trece años, Beatriz llegó a mi casa. El sol se retiraba a descansar, al igual que los últimos invitados de la pequeña fiesta que mi madre había preparado para mi: Torta de rosas, leche y chocolate. Música, regalos, vestidos y risas. Nada fuera de lo usual, nada fuera de lo común, salvo por el olor a naranjos que de pronto inundó el salón. Y la víbora que llevaba días inmóvil, lentamente sale de su sueño, se estira, bota la tapa de la canasta y comienza la danza, derecha, izquierda, derecha, izquierda, siguiendo la risa que ya está a su lado y la mira, con ojos de fuego, con ojos que nunca había sentido de esa manera, miradas que parecía garras que se clavaban en mi cuerpo de niña, que queman sus escamas pero no se detiene, derecha izquierda, derecha, izquierda, - Gracias Beatriz por tu regalo, gracias por venir-, derecha, izquierda, derecha, izquierda, - Mamá está en la cocina- derecha, izquierda, derecha, izquierda. Todo se revuelve, el olor, su carcajada sonora, la voz de mi madre y la comodidad de una silla que de repente se cruza en mi desvarío, a la que con suerte alcanzo a llegar y quedarme quieta, tiritando y con un volcán en mi estómago. Quiero que Beatriz, me toque, me abrase, me muerda, quiero ser los naranjos en su piel, quiero ser su risa, quiero ser Beatriz y hacer bailar la víbora y quemar sus escamas con la mirada mientras la hago bailar con mi risa. Quiero tener su carruaje y vagar eternamente con ella por los caminos, quiero ser su vestido y rozar su piel durante el día. Y al caer la noche, abrazarla y dormir con ella y despertar y… - ¡Natalia, querida! Escucho la voz de mi madre desde la cocina. ¡Acércate linda! – Temblado me voy caminando con la cabeza gacha, y las piernas adormecidas. Entro a la cocina impregnada de olor a naranjo y las veo a las dos sentadas conversando animadamente. – ¡Natalia! Beatriz me ha pedido que te autorice para que pases unos días en su casa. Necesita a alguien que le ayude con sus quehaceres y le haga compañía. ¿Te parece bien?- Asentí con los labios apretados, en silencio, y rápidamente salí de ahí. En ese momento no alcancé a dimensionar lo que significaba ayudar a Beatriz con sus “quehaceres”, ni lo que se venía para mí en esa casa.
Durante los siguientes seis años, los días martes y jueves, salvo los días que estaba con mi periodo, el carruaje negro se detenía a las tres de la tarde afuera de mi hogar. Mientras uno de los negros me abría la puerta, otro tomaba mi mano y me ayudaba a subir. Un golpe a los caballos y ya estábamos en marcha. Los quince minutos que separaban mi casa de la suya eran interminables y solo bajaba la angustia cuando comenzaba a percibir, metros antes de llegar el olor a naranjo, que poco a poco se fue impregnando en mi cuerpo. Ya en su casa, lo primero que hacía era desnudarme y entrar en una habitación, donde Beatriz me estaba esperando. Siempre impecable, siempre perfecta. La rutina era la siguiente: Después de peinarme y anudarme el pelo, me lamía completamente, como una gata que limpia a sus crías, iba pasando su lengua por cada centímetro de mi cuerpo, que se iba erizando al contacto de la suavidad y humedad de su lengua. Me aseaba delicadamente, sin dejar ninguna parte de mi cuerpo sin conocer su tibio masaje. Después venían los latigazos. Despacio, comenzaba por mis nalgas, una breve caricia con su mano de cuero y el golpe, uno, dos, tres en cada una para endurecerlas. Seguía con mi espalda, mi cuello, mis pechos q se ponían como piedra al contacto con ese pequeño látigo y que aún en formación, fueron creciendo bajo su disciplina. Un día, y sin causa aparente comenzó a azotarme en la entrepierna. Suaves y pequeños latigazos que se fueron incrementando poco a poco, más fuertes, más dolor, más latigazos hasta que grité de dolor y placer, en el que fue mi primer orgasmo, generado solo por aquella delgada y dócil vara de cuero que en las manos expertas de Beatriz, pareciera estar dirigiendo una orquesta formada por mil violines, que tocaron la más dulce de las melodías al compás de mis gritos al momento que estallé sobre su alfombra roja. Se rió a carcajadas, largas y sonoras, y la víbora bailó distinto esta vez, con más gracia, con la sutileza de un nuevo movimiento aprehendido y degustado, con la gracia que solo el encantador era capaz de percibir.
La siguiente sesión fue diferente. Al entrar desnuda a la habitación, me di cuenta de que no estaba sola. Había allí un chico rubio de unos quince años. Delgado, guapo, blanco, con unas pequeñas pelusas sobre su pubis y un par de marcas rosas entre sus piernas, me hacen pensar que seguramente él es el aprendiz de las mañanas de Beatriz. Me mira igual de nervioso y sorprendido que yo al verle. No alcanzo a decir nada, cuando Beatriz, látigo en mano, entra y nos presenta.
-Natalia, me dice, él es Patrick.
El joven me mira y hace una torpe reverencia. No puedo evitarlo y me largo a reír, hasta que secamente soy interrumpida por el látigo en mis pezones. – Acá la única que se ríe soy yo – me dice la dueña de la fusta, con su sonrisa de perlas intacta. Sin dejar de sonreír, me toma de las manos y me recuesta en la alfombra roja. Se pone frente a mí y me pide que abra las piernas. Obedezco y siento el aire fresco colarse en mis entrañas, mientras el muchacho mira atentamente. Sin previo aviso, siento un latigazo firme mi entrepierna. Me estremezco de dolor y placer y lanzo un grito ahogado, al mismo tiempo que la humedad baja por mis muslos y llega hasta la alfombra. Beatriz se ríe y la víbora comienza a bailar en su cesta. Repite la operación hasta que me retuerzo en el suelo y se detiene. Apunta con el látigo a Patrick y le hace una seña con la fusta. El joven se acerca y se pone sobre mí. Quedamos frente a frente y me mira, y al abrir mis sentidos puedo olerlo, sentir su calor sobre mi y su erección inminente crecer en mi vientre, puedo percibir y sentir el olor a naranjos en su cuerpo, y junto a eso ver a Beatriz lamiéndolo y aseándolo todos los días con su lengua, puedo sentir los latigazos en su espalda, cada vez que el hacía algo equivocado, puedo sentir como penetra a Beatriz tal como ahora está haciéndolo conmigo, despacio, de manera gentil, mientras me acaricia con sus manos y su nariz pasa suavemente en mis oídos y mi cuello. Beatriz mira desde una esquina, controlando todo, satisfecha por su resultado. Cuando Patrick acelera el ritmo, se siente un latigazo en su espalda, seco y firme, al mismo tiempo que al apretar su cuerpo, siento la sangre bombeada en mi vientre a punto de estallar. Ahora se pone detrás de el y comienza a darle pequeños latigazos en sus testículos, al mismo tiempo que él me penetra. Muchos de esos latigazos van a dar a mis nalgas, se confunden en un todo, mientras más rápido más latigazos, suaves y firmes. Los siento en él, los siento en mí, hasta que en un grito ahogado Patrick estalla en mi vientre y yo con él, mientras me muerde, gime y llora en mi hombro. – Bien hecho queridos- exclama Beatriz, dichosa desde una esquina. Sus dos aprendices habían comenzado bien.
Los años pasaron y cada martes y jueves, látigo en mano, la señora Domínguez nos fue instruyendo en las artes del cuerpo. Posiciones, torturas, quemaduras, sangre, fueron desfilando lección tras lección en la alfombra roja. A veces ella se masturbaba, otras no. Nos corregía, y castigaba, quería que fuéramos los amantes perfectos y lo éramos. Dimos satisfacción a sus deseos más oscuros y aberraciones nunca antes pensadas, éramos su carne dispuesta a hacer lo que quisiera con nosotros. Disfrutaba del dolor, de las humillaciones, los castigos, pero lo que más disfrutaba era a Patrick. La delicadeza con que me trataba, y aún en medio de ese caos sexual, la ternura que en cada gesto tenía hacia mí, los susurros en mi oído, sus manos olor a naranja en mis senos, en mi espalda, en todo. Hace veinte días atrás, entré desnuda al cuarto y ella no estaba. Solo Patrick, en un rincón desnudo igual que yo. Lo miro pasivamente y él me sonríe, como nunca lo había hecho. Hace seis años que tenemos sexo hasta caer aturdidos los martes y jueves, salvo cuando estoy con mi periodo, y jamás, jamás hemos conversado de nada. Estamos solos, no hay nadie, por alguna extraña razón Beatriz se ausenta. Sin pensarlo corro a sus brazos y le doy un beso amoroso, tierno, de niños. Se sorprende, pero me lo regresa de inmediato, me coge de la cintura y me lleva a la alfombra roja, terreno conocido para ambos, y ahí por primera vez, hacemos el amor, y gritamos y gemimos, sin dirección, sin indicaciones, sin satisfacer a nadie más que a nosotros mismos. En este momento único, hacemos lo que se nos da la gana, sin latigazos, sin castigos ni premios, solo placer y deseo en su estado más puro, la respiración que se entrecorta y caemos al mismo tiempo, volando en un espiral imaginario formado por la víbora y el nuevo encantador de serpientes, que no solo la hace bailar, sino que baila y danza con ella, y se confunden de manera tal que nadie podría adivinar quién es la víbora y quien es el encantador. Un golpe y un grito nos sacan de la fantasía. No es un latigazo, el sonido es más duro y seco esta vez. Un bastón se quiebra en la espalda de Patrick y es Beatriz quien con la cara roja de ira grita, y chilla fuera de sí. El muchacho se para y va a un rincón. Yo no. Cojo el látigo colgado en la pared y empiezo a azotarla. No suavemente, no castigándola, no. Con toda la fuerza que mi brazo tiene, la hago gritar, hago saltar la sangre de su piel, y el olor a naranja con sangre inunda la habitación, mientras Patrick coge el bastón y empieza a darle golpes en las piernas, en la cabeza, en la espalda. Palo, latigazo, sangre, naranjas. Beatriz está inconsciente en la alfombra y el muchacho se ríe. La víbora baila feliz con su nuevo encantador. Patrick se para frente a la durmiente, la mira dormir atentamente, como un niño a su madre. Lentamente comienza a tocarse, sin dejar de mirarla. Cada vez más rápido se masturba, riendo y dando saltitos. Bota su leche sobre ella, con los ojos abiertos de emoción, se acerca a mi, me da un beso sonoro, coge su ropa y se marcha. Yo hago lo mismo. El carruaje no me fue a recoger esa semana, tampoco lo esperé.
-Señorita Natalia – La voz de uno de los negros me trae de regreso al camino, a la puerta que se abre, y a la aparición de Beatriz Domínguez en este camino de tarde, y el negro que rápidamente pone sobre ella la sombrilla, aunque el sol ya casi se esconde y no tiene necesidad alguna. Está igual que siempre, impecablemente de gris, y a pesar de los moretones y rasguños en su cara, y salvo por la leve cojera que dilata su bajada del carruaje, está bellísima. No sonríe esta vez, está seria y preocupada y la víbora se queda quieta, ni siquiera se molesta en salir de la cesta. Se vuelve al carruaje y saca una pequeña caja y me la extiende. La quedo mirando, dejo mis zapatillas y los conejos en el suelo, y la tomo. Le sonrío, pero no encuentro respuesta. – La caja de Pandora – me dice el conejo desde el suelo, pero no le hago caso. Además de estar muertos, los conejos siempre han sido exagerados y mal hablados ¿o no? Miro la caja, miro a Beatriz. Un leve olor a naranjo sale de mis manos. No quiero tensar más el momento, los perros, los caballos, los negros, la sombrilla y los conejos deben de estar muy aburridos. La destapo. Es el pene de Patrick.
lunes, 11 de febrero de 2013
Nostalgia de nada
Hoy siento nostalgia de nada
no tengo hijos que extrañar,
no tengo mujer a quien querer,
no tengo patria a la cual amar.
No estoy solo, ni triste
no estoy viejo, ni cansado
mis padres no han muerto,
mis hermanos tampoco.
Sin embargo, siento nostalgia,
como una espina clavada en el pie de un niño,
como cuando el rio baja,
y azota la tierra seca del lecho de piedra,
como cuando estalla la lluvia y no estas conmigo,
cuando la arena se empieza a secar,
porque tras la ola generosa
el mar se recoge,
siento nostalgia.
Cuando hoy la luna salió detrás del cerro,
y estaba nublado,
sentí nostalgia.
Y quise abrazarte,
pero no estabas,
y me quedé parado
mirando la tierra,
mientras mi perro vino,
y lamió mis manos,
y en esa caricia húmeda
pude entender,
y sentir,
la agonía de la nostalgia.
no tengo hijos que extrañar,
no tengo mujer a quien querer,
no tengo patria a la cual amar.
No estoy solo, ni triste
no estoy viejo, ni cansado
mis padres no han muerto,
mis hermanos tampoco.
Sin embargo, siento nostalgia,
como una espina clavada en el pie de un niño,
como cuando el rio baja,
y azota la tierra seca del lecho de piedra,
como cuando estalla la lluvia y no estas conmigo,
cuando la arena se empieza a secar,
porque tras la ola generosa
el mar se recoge,
siento nostalgia.
Cuando hoy la luna salió detrás del cerro,
y estaba nublado,
sentí nostalgia.
Y quise abrazarte,
pero no estabas,
y me quedé parado
mirando la tierra,
mientras mi perro vino,
y lamió mis manos,
y en esa caricia húmeda
pude entender,
y sentir,
la agonía de la nostalgia.
viernes, 25 de enero de 2013
Te Miro
Si casi muerto me quejaba, viví al verte bailar.
En el vuelo de tus manos y tus ojos al mirar.
En tu risa que rompe la calma
y que volando mi cabeza
se anida en mi estómago
en una explosión de mil mariposas.
No me despierten de este sueño,
con olor a limón y sabor a sal y un té de mañana.
En el vuelo de tus manos y tus ojos al mirar.
En tu risa que rompe la calma
y que volando mi cabeza
se anida en mi estómago
en una explosión de mil mariposas.
No me despierten de este sueño,
con olor a limón y sabor a sal y un té de mañana.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Antes
Me gustaría que vinieras
a verme al mar,
a comer juntos,
a dormir juntos.
A pasear por las nubes
que doradas nos mojan la cara
flotando y muriendo
para descender hasta mi cama,
Y ahí te tomaría
y te haría el amor como antes,
y te miraría a los ojos,
a los mismos ojos grandes
en los que tantas veces me vi.
Y después de dejarte sin aliento
te sonreiría
y te preguntaría
si he cambiado tanto
o si soy el mismo de antes.
a verme al mar,
a comer juntos,
a dormir juntos.
A pasear por las nubes
que doradas nos mojan la cara
flotando y muriendo
para descender hasta mi cama,
Y ahí te tomaría
y te haría el amor como antes,
y te miraría a los ojos,
a los mismos ojos grandes
en los que tantas veces me vi.
Y después de dejarte sin aliento
te sonreiría
y te preguntaría
si he cambiado tanto
o si soy el mismo de antes.
jueves, 2 de agosto de 2012
Volver
El
día que mi padre murió, yo estaba tirando.
Y no tirando como consecuencia de su muerte, para pasar la pena, o para evadirme de un momento que debiera ser tan triste. No, yo estaba tirando en el preciso instante que mi padre, con los ojos abiertos, dejó este mundo y se fue de cabeza al infierno. Y mientras él, en el último aliento de su cochina existencia trataba de aferrarse a esta vida, que por cierto ya no lo quería más, yo gritaba de placer, de dolor, en un caos hipnótico de sudor y lágrimas, hundiéndome y ahogándome, sujetándome a las caderas de aquella mujer que me trato como un príncipe y que después de eso, no volví a ver nunca jamás.
Fue una marca, un llamado de atención, la forma en que yo iba a afrontar, desde que era un pendejo espinillento y flaco, todo lo que se venia por delante. Todo lo que le queda por vivir a un joven de dieciséis años, cuya única preocupación por aquel entonces era pajearse en la ducha todas las mañanas y, si andaba de suerte, frotar mí entre pierna con alguna colegiala en la micro, mientras iba a calentar el asiento a una escuela de poca monta donde, salvo por consejo de curso, no destacaba en ninguna cosa. El resto de lo que quedaba por vivir, se presenta siempre de manera mediocre. Siempre me tocan los peores asientos, las mujeres más feas, la leche vencida, el perro cojo, la cola con más gente, el cajero sin plata. El estado perpetuo de modorra y asfixia, en que nadie quiere nada, en que yo no quiero nada. Me aburro con facilidad, de cada una de las cosas que me sucede, y mucho más de las personas, lo que a la larga desencadena en un ser triste y amargado que más que una persona, parece una absurda y borrosa fotocopia barata de mi.
Y no tirando como consecuencia de su muerte, para pasar la pena, o para evadirme de un momento que debiera ser tan triste. No, yo estaba tirando en el preciso instante que mi padre, con los ojos abiertos, dejó este mundo y se fue de cabeza al infierno. Y mientras él, en el último aliento de su cochina existencia trataba de aferrarse a esta vida, que por cierto ya no lo quería más, yo gritaba de placer, de dolor, en un caos hipnótico de sudor y lágrimas, hundiéndome y ahogándome, sujetándome a las caderas de aquella mujer que me trato como un príncipe y que después de eso, no volví a ver nunca jamás.
Fue una marca, un llamado de atención, la forma en que yo iba a afrontar, desde que era un pendejo espinillento y flaco, todo lo que se venia por delante. Todo lo que le queda por vivir a un joven de dieciséis años, cuya única preocupación por aquel entonces era pajearse en la ducha todas las mañanas y, si andaba de suerte, frotar mí entre pierna con alguna colegiala en la micro, mientras iba a calentar el asiento a una escuela de poca monta donde, salvo por consejo de curso, no destacaba en ninguna cosa. El resto de lo que quedaba por vivir, se presenta siempre de manera mediocre. Siempre me tocan los peores asientos, las mujeres más feas, la leche vencida, el perro cojo, la cola con más gente, el cajero sin plata. El estado perpetuo de modorra y asfixia, en que nadie quiere nada, en que yo no quiero nada. Me aburro con facilidad, de cada una de las cosas que me sucede, y mucho más de las personas, lo que a la larga desencadena en un ser triste y amargado que más que una persona, parece una absurda y borrosa fotocopia barata de mi.
Y
claro, hoy, al igual que todos los días, no debí levantarme. Si
parece un día muerto, como todo lo demás. Debí quedarme en la cama
esperando que bajara el sol, como siempre. Escuchando pasar las
micros, las viejas con las bolsas, las niñas de las escuelas, que
caminan apuradas, cuchicheando y riendo sin importarles mucho lo que
pasa. El viejo de la leche en su carro, que tiene una rueda chueca, y
hace un chirrido de las mil putas, que provoca que los perros que a
esa hora vagan por la calle se acerquen y le ladren hasta que
desaparece al final del callejón, mientras le tira piedras a esos
pobres quiltros, que huyen con sus patas flacas apoyadas en la
humedad de la calle, bajando las orejas.
Me quedo apoyado, mirando, con un vaso de cerveza tibia y desvanecida, que parece meado de perro, y unos panes con sabor a nada que quedaron de la ultima vez que me animé a comprar comida, 5 o 6 días atrás. Me puse unos pantalones que estaban tirados en el suelo, y una polera roja con agujeros. Me miro al espejo, y un tipo que no conozco y con cara de mierda me observa, con los ojos en sangre. Salgo de un salto a la realidad, como un globo que se escapa de las manos de un niño y que se eleva al infinito sin que exista nada que podamos hacer. Quedo a la deriva, las manos en los bolsillos, y el viento que trata de despeinarme y apenas puede mover lo que con esfuerzo e imaginación podría llamarse pelo. Un paso, luego otro, y otro y el ir a ninguna parte. Llego al paradero y me quedo sentado en el suelo. Hace frío, los brazos se me entumen, los rubios pelos se erizan, y la brisa helada hace que me duela la cabeza como si el mismo tronar de los buses que pasan, saliera desde mi. Un perro se acerca y me huele. Se marcha.
¿Es realmente válido estar acá? Me pregunto, sin saber la respuesta. Sin saber si vale la pena seguir así, o poner pausa y hasta luego. Como cuando no quise ir más al colegio, porque los demás niños se reían de mis dientes chuecos, y me pegaban en el baño mientras les suplicaba perdón. O como cuando no jugué más a la pelota porque todos decían que parecía mujer, que con mis piernas lampiñas y blancas no podía jugar con ellos, que si eran hombres de verdad y no un marica como yo. O cuando no quise más a mi madre, porque engañaba a mi padre con su propio padre y tenía que escuchar sus gemidos desde la cocina mientras trataba de tragar, para que el ruido de la comida bajando por mi garganta tapara todos los que yo no quería escuchar. Como aquella vez que te dije que te amaba y tu solo me dijiste gracias. Como cuando me robé un pan del supermercado porque no tenía que comer. Como aquella vez que llovía y te reventé a palos, por no amarme . O como cuando aquella vez, que hacía tanto frío, y yo estaba sentado en un paradero, con mi polera roja y mis pantalones rotos y un perro se acercó, me olió y se fue, y los buses hacían tanto, tanto ruido en la calle, y a mi me dolía tanto la cabeza, que pensaba que el mismo tronar de los buses que pasaba salía de mi. Y en ese revoltijo de ruido, frío y pensamientos banales mi cabeza explotó, en el mismo momento que el ruido cesó, y junto a él el frío y también la angustia. Y hoy ya no estoy, pero soy feliz. O al menos, no tengo de que quejarme.
Me quedo apoyado, mirando, con un vaso de cerveza tibia y desvanecida, que parece meado de perro, y unos panes con sabor a nada que quedaron de la ultima vez que me animé a comprar comida, 5 o 6 días atrás. Me puse unos pantalones que estaban tirados en el suelo, y una polera roja con agujeros. Me miro al espejo, y un tipo que no conozco y con cara de mierda me observa, con los ojos en sangre. Salgo de un salto a la realidad, como un globo que se escapa de las manos de un niño y que se eleva al infinito sin que exista nada que podamos hacer. Quedo a la deriva, las manos en los bolsillos, y el viento que trata de despeinarme y apenas puede mover lo que con esfuerzo e imaginación podría llamarse pelo. Un paso, luego otro, y otro y el ir a ninguna parte. Llego al paradero y me quedo sentado en el suelo. Hace frío, los brazos se me entumen, los rubios pelos se erizan, y la brisa helada hace que me duela la cabeza como si el mismo tronar de los buses que pasan, saliera desde mi. Un perro se acerca y me huele. Se marcha.
¿Es realmente válido estar acá? Me pregunto, sin saber la respuesta. Sin saber si vale la pena seguir así, o poner pausa y hasta luego. Como cuando no quise ir más al colegio, porque los demás niños se reían de mis dientes chuecos, y me pegaban en el baño mientras les suplicaba perdón. O como cuando no jugué más a la pelota porque todos decían que parecía mujer, que con mis piernas lampiñas y blancas no podía jugar con ellos, que si eran hombres de verdad y no un marica como yo. O cuando no quise más a mi madre, porque engañaba a mi padre con su propio padre y tenía que escuchar sus gemidos desde la cocina mientras trataba de tragar, para que el ruido de la comida bajando por mi garganta tapara todos los que yo no quería escuchar. Como aquella vez que te dije que te amaba y tu solo me dijiste gracias. Como cuando me robé un pan del supermercado porque no tenía que comer. Como aquella vez que llovía y te reventé a palos, por no amarme . O como cuando aquella vez, que hacía tanto frío, y yo estaba sentado en un paradero, con mi polera roja y mis pantalones rotos y un perro se acercó, me olió y se fue, y los buses hacían tanto, tanto ruido en la calle, y a mi me dolía tanto la cabeza, que pensaba que el mismo tronar de los buses que pasaba salía de mi. Y en ese revoltijo de ruido, frío y pensamientos banales mi cabeza explotó, en el mismo momento que el ruido cesó, y junto a él el frío y también la angustia. Y hoy ya no estoy, pero soy feliz. O al menos, no tengo de que quejarme.
Acá no hace frío ni calor, acá no hay tiempo ni apuros, acá no veremos la noche, solo amaneceres. Acá despierto y duermo al mismo tiempo. Acá no sé donde estoy y tampoco me importa.
lunes, 11 de junio de 2012
Pasada
- Que le ponis viejo.
- Na po, aquí con frío nomas.
- Ta Helaito ah.
- Si po. Harto. ¿Y que andabai de pesca?
- Vengo quemaito de frío.
- Pero eris muy weón. Como vai a pescar en este tiempo.
- ¿Por que? ¿Que tiene?
- Si con este frío no anda nadie en la calle, menos van a andar los pescados. Se van a acostar. Tan durmiendo.
- No me weis pos papa.
- Pero si es verdad po. ¿Y sabís por que en verano hay más?
- Jajaja, no me imagino.
- Porque la gente se baña, y se ahoga. Y ahí se los comen los pescaos.
- …
- Anda a abrigarte caeza mala. ¿Queris un tecito?
- Taria bueno. Taria bien bueno.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Tierra o Cruz
* Este cuento es un ejercicio. Lo escribí de una sola vez, y no se ha corregido ni revisado, porque nunca se iba a publicar. Puede estar un poco confuso. Se lo regalé a mi amiga en su cumpleaños, y fue hecho ese mismo día, ese mismo momento.
Desde
este lugar veo mis pies, al fondo, seguidos de un telón de tierra
seca. Los brazos abiertos y asoleados se estiran hacia cada uno de
los puntos cardinales, clavados en un tronco bañado con sangre. Me
cuesta respirar, y el dolor de mi pecho no es nada comparado con el
de mis pies, coronados por un clavo de metal que los sujeta a un
madero que parece surgir del fondo de las rocas, rasgando el cerro
con mis lamentos. En mi cabeza, una corona de espinas se clava hasta
los huesos del cráneo, y la sangre que corre por mi cara se mezcla
con el sudor y el polvo que llega a mi boca, con un gusto metálico y
salado. Corre viento y el sol al final de la tarde pareciera no
querer irse sin ver el final del espectáculo que estos tres
miserables dan en el cerro. Abajo un par de tipos con lanzas miran
hacia el frente, y mantiene alejadas a un montón de mujeres que
tratan en vano de acercarse a limpiarme. Uno de ellos, bota una jarra
de agua y se ríe, le dice que mejor vaya a alimentar a sus hijos y
deje que la muerte reclame lo que es suyo. Ella lo mira y con los
ojos a punto de explotar en llanto le dice que yo soy su hijo, carne
de su carne y sangre de su sangre. El tipo le dice algo que no
entiendo, mientras empuña su lanza y la mujer se aleja. Yo no la
conozco como madre, es primera vez que la veo, aunque a decir verdad
es primera vez que veo a todo lo que aparece frente a mis ojos. ¿Qué
hice para estar acá? No logro asociar imágenes, espacio ni tiempo.
Lo
último que alcanzo es ver el camino frente a mí, y mis manos en el
volante. La carretera se abre espacio, y avanzo a toda velocidad por
entre los árboles, sin destino conocido, solamente dejando pasar
kilómetros, ciudades, ríos y valles cuyo nombre no recuerdo. A mi
lado estas tu, durmiendo, con tu pequeño cuerpo acurrucado en el
asiento, y tapada con mi chaqueta. El viento que se cuela por la
ventana te agita el pelo lacio que se mueve en tus mejillas pálidas
como la nieve que se ve en lo alto de las montañas donde comenzamos
a avanzar. Pareces dormir en un sueño eterno, de gravidez y calma
que no se encuentran en el común de las expediciones y festines con
Morfeo. Detengo el motor del auto, rápidamente me bajo y abro la
maleta. Cuerdas, una pala, un saco, no necesito más. Comienzo a
cavar, con la tenue luz de la luna que se asoma por un costado, en
que la nieve comienza a dar paso a la negra tierra que tiñe el
agujero que crece y crece. En cada pala de tierra que sale, una
imagen se me viene a la mente. La visión nefasta de no tenerte, el
despertar solo en la mañana y sentir el vacío, el llegar a tu casa
y no encontrarte donde siempre estabas, el entrar sigiloso y avanzar
hacia el cerco que aparece en la noche y verte desnuda, tirada en el
piso durmiendo conmigo.
Pero
no soy yo, ese no es mi cuerpo, ni esas mis manos. Aquel no es mi
cabello, ni el pecho donde ahora apoyas tu rostro no es el mío. Tan
distinta y tan igual te ves, ahora tirada en mi auto mientras yo cavo
la tierra en la oscuridad y el frío. Hago una pausa y te voy a ver.
Sigues acá, pero algo cambió, ahora estas con lágrimas en los
ojos, y una mirada que mezcla terror y desesperación, pareces gritar
pero no te oigo. Te saco de golpe y te tiro al agujero, donde te
retuerces de dolor, merecidamente por puta. Te veo gritar, moverte,
chillar, llorar, pero nada de eso me hará cambiar de opinión, nada.
Hoy mereces morir, y que la vida se desdiga de ti, como hoy yo lo
hago contigo.
Apenas
puedo oír, el cansancio y el dolor de todo mi cuerpo, el frío que
se cuela en mis huesos desnudos clavado a esta cruz es insoportable.
Cada vez hay menos gente, el circo parece llegar a su fin. Uno de los
que está a mi lado baja la vista, no hay nada que hacer, su alma lo
abandona y descansará en paz, en este lugar o en otro parecido. Los
tipos con lanzas son implacables, no se mueven, ni han dejado
acercarse a ninguna de las mujeres que les imploran piedad con este
pobre diablo. Las fuerzas me abandonan, y en un postrero esfuerzo
alzo la vista para tener una panorámica de mi último día en la
tierra. El tipo con la lanza me queda mirando, y le dice a las
mujeres que se alejen. Toma firme la lanza y la clava en mi costado
de golpe, en que siento como penetra en la carne y se me parten las
costillas de dolor. Las mujeres lloran, la gente grita y yo miro al
cielo, que repentinamente se pone gris, cerrándose las nubes, y
comenzando a girar todo. A lo lejos se ven unos relámpagos que se
acercan a cubrir a las pobres almas que aún quedan en este lugar.
Siento como la vida se me va, como salgo de esta cruz y me elevo en
el aire, donde abajo veo un cuerpo delgado y sin vida clavado a un
madero, alrededor del cual unas mujeres lloran, donde la madre que no
es mi madre abraza unos huesos que son carne sin alma, y yo que a la
vez soy alma sin carne, estoy atada, al interior de un agujero lleno
de tierra. Chillo, lloro, gimo de dolor, pero no hay nada que pueda
hacer. Desde arriba tu me miras con los ojos perdidos, sostiene una
pala en tu mano, y lentamente comienzas a tirar tierra, a tapar mi
pequeño cuerpo de niña con la tierra y la nieve que congelan mi
cuerpo, como latigazos helados que poco a poco me cubren las piernas,
y tu que sigues la marcha del tiempo y los montones de tierra, que
ahora cubren la mitad de mi cuerpo, mis pechos, mis manos, y
finalmente mi cabeza. No puedo respirar ni moverme, solo siento el
peso de la tierra que cae sobre mi, y el ruido de la pala que una y
otra vez se entierra y cava, y sigue sepultando mi cuerpo en este
valle de lagrimas. Padre, ¿Por qué me has abandonado?
Los Molles, Febrero de
2011.
martes, 15 de noviembre de 2011
Nirvana, a dieciocho años del Unplugged in New York
Este 18 de Noviembre, se cumplen dieciocho años desde que Nirvana grabara su celebrado, y a estas alturas mítico, Unplugged en New York. Dieciocho años desde que esa fría noche Kurt Cobain subiera al escenario con sus socios de siempre, Dave Grohl en la batería y Chriss Novoselic en el bajo, a brindar uno de los shows más emotivos y estremecedores de la serie “desenchufados” de la cadena norteamericana MTV. Pero ¿Qué hace que este disco sea considerado clave dentro de la discografía de la banda y no un simple disco en vivo? ¿Cómo una banda reconocida por su sonido ruidoso, energético y caótico en ocasiones, logra el balance perfecto entre la suavidad y la tristeza? A casi dos décadas de su registro, trataremos de desentrañar las extrañas causas que rodearon la gestación de esta pieza maestra, y banda sonora de todos quienes, aún hoy, deambulamos por los noventa.
Corría el año 1993, y la banda se encontraba de gira por EEUU, promocionando su disco “In Utero”. La MTV ya había estado negociando un tiempo con Nirvana la posibilidad de que hicieran un concierto para la serie Unplugged de la cadena, pero a Cobain no le agradaba del todo dar un concierto acústico. Luego de algunos meses de conversaciones, Kurt accede y aprovechando que estaban de gira con los Meat Puppets, invitó a los hermanos Kirkwood, para que los acompañaran en la presentación. La segunda semana de noviembre, se trasladan todos a New York para comenzar los ensayos, uniéndose además Lori Goldston en el violonchelo, quien colaboró en el arreglo de la mayoría de las canciones que componen el disco, quedando cerrada la formación que daría vida al concierto, con Kurt Cobain en la guitarra y voz principal; Chris Novoselic, en bajo, guitarra y bandoneón en Jesus Doesn't Want Me for a Sunbeam; Dave Grohl en batería, y segundas voces, Pat Smear en guitarra (quien aparecía ya como cuarto miembro desde la gira de In Utero) y los hermanos Kirkwood, Curt y Cris, en guitarra y bajo respectivamente. Si bien estaban todos en New York preparando la presentación, irónicamente nunca se llevó a cabo un ensayo completo. Cris Kirkwood señalaría después que “Habíamos tocado las canciones unas cuantas veces, pero no el concierto entero. En ningún momento se realizó un ensayo en toda regla”, cosa que los tenía bastante inquietos, y no solo a ellos, sino que el mismo Cobain “estaba muerto de miedo”, observó el manager de producción de la MTV, Jeff Mason.
Y claro, si bien Cobain había accedido a realizar el show, no quería que su unplugged fuera como cualquier otro de la serie, y esto se nota en prácticamente todos los aspectos de la presentación, partiendo por el setlist ya que a diferencia de la mayoría de los unplugged, que son prácticamente un “Greatest Hits” de la banda de turno, Nirvana optó por quebrar el concepto, y presentar más bien un recorrido por ellos mismos, con sus influencias, gustos personales, e incluso caprichos, otorgando una velada sincera y humana. En cuanto a la puesta en escena, una de las observaciones más comunes es la similitud del set con un velorio. Los lirios blancos, las velas negras, todo bajo una uniforme luz púrpura, a petición del propio Cobain. Al enterarse de esto, Alex Coletti, productor de MTV, le comentó “Esto va a parecer un funeral”, a lo que Kurt le respondió “exactamente… como un funeral. Esa es la idea”.
El día antes de la grabación, Cobain anuncia a la MTV que no haría el show, comentario al cual los productores no dan mucha importancia, acostumbrados ya al mal humor de Kurt y a sabiendas que esta era una de sus tantas formas de manipularlos. A pesar de todo, el día del concierto se presenta en el plató para ver la ubicación en el set y hacer una prueba de sonido. Visiblemente nervioso e incómodo, le pide a Amy Finnerty, quien era parte del staff de la MTV, que “estuviera visible” durante el concierto, además que ubicara a todos sus cercanos en la primera fila del show. Durante la prueba de sonido, Cobain confiesa “estoy asustado, ¿la gente irá a aplaudir aunque no toque bien?” a lo que Finertty responde “pues claro que vamos a aplaudir”. A pesar de esto, y terminada la prueba de sonido, Cobain sigue en pánico y uno de los miembros del equipo de Nirvana se acerca a Finnerty, diciéndole que a Kurt “hay que darle una mano” y conseguir algo para que pudiese realizar el concierto. Finalmente, alguien de la MTV va y consigue Valium de 5 milígramos, para que Cobain pudiese salir y hacer lo suyo.
Unplugged in New York
1. "About a Girl"
2. "Come As You Are"
3. "Jesus Doesn't Want Me For A Sunbeam" (Eugene Kelly/Frances McKee; The Vaselines)
4. "The Man Who Sold the World" (David Bowie)
5. "Pennyroyal Tea"
6. "Dumb"
7. "Polly" (Cobain/Nirvana)
8. "On a Plain"
9. "Something in the Way"
10. "Plateau" (Kirkwood; Meat Puppets)
11. "Oh, Me" (Kirkwood; Meat Puppets)
12. "Lake Of Fire" (Kirkwood; Meat Puppets)
13. "All Apologies"
14. "Where Did You Sleep Last Night?" (Leadbelly)
Nirvana aparece en escena y los aplausos son espontáneos mientras toman posición en el set. Resalta la cara de funeral de Cobain, totalmente acorde a la escenografía, y que contrasta con el buen humor que se ve en Novoselic, quien toma su bajo sonriente, o el mismo Pat Smear, quien aparece en el escenario relajadamente descalzo. Kurt busca su uñeta, saluda al público y lanza “esta es de nuestro primer álbum, la mayoría no lo tiene”. Comienza la sesión con About a Girl, dotada de unos arreglos que resaltan la voz y la base melódica por sobre el resto de la canción. Impecable interpretación que al final y en medio de los aplausos, saca una sonrisa forzada por parte de Kurt, mostrando los dientes. Inmediatamente, continúan con uno de los hits del Nevermind “Come as you Are”, perfecta ejecución, donde se aprecian claramente las segundas voces de Grohl, que encajan armónicamente en la canción. Sandía calada, el resultado es soberbio, aplauso generalizado y Cobain saca la lengua mientras agradece al público, ya un poco más relajado. Una pequeña pausa para que Novoselic le pase el bajo a Grohl, y tome la acordeón, y de paso para presentar a algunos músicos, “nuestra amiga Lori Goldston, en el chello” señala Kurt, y “nuestro nuevo guitarrista, Pat. Punkrocker honorario, pero que piensa que Queen es mejor” en medio de las risas de la audiencia. Siguen con la que seguramente es la primera canción de este disco que todos sacamos en la guitarra, un cover de la banda escocesa The Vaselines, “Jesus Don´t Want me For a Sunbeam”. Acá se roban la película Novoselic, con un acordeón que remolinea melodías por toda la canción y con Dave Grohl, quien toca bajo, hace las segundas voces, y con los pies ¡sigue tocando la batería! El resultado final es hermoso. Kurt hace una pequeña pausa, toma un poco de agua, le dice al público “esta canción seguro que la estropeo” y se lanza con una joyita, el cover de David Bowie “The Man Who Sold the World”, dejando de lado las reglas del Unplugged poniendo distorsión a su guitarra, para la intro y para un breve solo de guitarra, que para efectos sonoros encajó perfecto con los simples y hermosos arreglos de Lori Goldston. Otra interpretación notable, y además una de las canciones más identificables del concierto. “No metí la pata en esta, verdad” dice Cobain al finalizar, para luego añadir “acá hay otra que si puedo estropear”. Era la hora de “Pennyroyal Tea”, uno de los momentos más emocionantes de la jornada, donde Kurt se da vuelta para decirle a sus compañeros “Me van a dejar hacer esto solo, o que”, evidenciando el hecho de que nunca la habían ensayado completa todos juntos. “¿Cuál es?” Pregunta Dave, “Pennyroyal Tea” le dice Kurt. Dave lo mira y le dice amistosamente “Hazla tu solo”. Cobain accede, y se pone el parche antes de la herida, disculpándose con la audiencia al señalar que la canción está en otro tono y que es probable que no suene del todo bien y que “esta gente tendrá que esperar. Lo haremos de nuevo” ante las risas de todo el público. Casi todos salen del escenario, y Kurt se lanza al vacio desprotegido, en una canción que se sostiene solo en la simpleza de los acordes y su desgarradora voz, que no necesita arreglos, ni más personas. Una mirada desnuda a lo que Kurt era, solo con su guitarra, donde a mitad de la canción cavila y se equivoca, baja la voz y casi susurrando canta “…warm milk and laxatives…” Continua, toma fuerzas para terminar lo que había empezado, y finalizar con un aplauso cerrado de todos los que hipnotizados lo miraban cantar esa noche. Mientras Cobain enciende un cigarrillo, Criss vuelve al escenario y le dice “eso ha sonado bien”, a lo que Kurt responde “Oh, cállate”. Indecisos del set list, deciden continuar con “Dumb” una de las canciones que mejor se adaptó al formato, con sólidas interpretaciones de Lori Goldston, y Grohl en segundas voces, y un Kurt ya un poco más relajado a medida que el show avanzaba. Con “Polly”, Cobain le dice a la audiencia que “no queríamos tocar estas dos canciones juntas, porque son lo mismo” aduciendo a la utilización de acordes similares, cosa que al público poco le importó y aplaudió con fuerza cuando comenzaron las primeras notas. Luego siguen “On a Plain” y “Something in the Way”, que continúan la misma tónica de las anteriores, ejecuciones seguras y buenos arreglos, salvo uno que otro acople en la primera, y lo melancólica y oscura que resulta la interpretación de la segunda.
Luego de nueve canciones, (y tras un intercambio de chistes con Novoselic acerca de una serie de dibujos animados que veían cuando niños,) viene uno de los momentos claves de la presentación, cuando Cobain invita al escenario a los gemelos Kirkwood. Los llama por el micrófono, “Hermanos Meat, vengan al escenario”, y mientras se acomodan con sus instrumentos, Kurt pregunta a la audiencia “¿quieren que toquemos canciones de Nine inch Nails?” mientras lee una especie de revista que se titula “Primer catálogo de curiosidades”, totalmente abstraído en la lectura, momento que aprovecha Novoselic, junto a los hermanos Kirkwood para tocar un trozo de “Sweet Home Alabama” de Lynyrd Skynyrd, ante los gritos de la audiencia y los balbuceos de Cobain. Deciden empezar con la acompasada “Plateau”, para luego seguir con “Oh Me” (canción que fue incluida en la versión especial del DVD que se reeditó en el año 2007, y que es sencillamente hermosa), para luego, con el público ya en el bolsillo, finalizar la intervención de los hermanos Meat con “Lake of Fire”, la que a mi gusto es la mejor interpretación junto a sus invitados, y en la que Cobain hace gala de toda su gama vocal, a pesar de que se equivoca al entrar el primer coro, y en donde de manera inédita, podemos ver a Kurt desprovisto de su inseparable guitarra, solo oficiándola de vocalista, detalles que a esta altura de la presentación poco importaban y que hoy parecen casi de culto. Entre gritos y vítores se despiden los Meat Puppets, y mientras esto ocurre, podemos escuchar un pequeño trozo de "Scentless Apprentice" tocado por Dave en la batería. Cobain pregunta al público “¿Algún pedido?” y se oyen los gritos “Sliver”, “In bloom”, a lo cual la banda responde tocando pequeñas piezas de las canciones pedidas. Finalmente Kurt toma su guitarra, y comienza a sonar “All Apologies”, con una honestidad brutal, tanto en la voz como en la forma de tocar, demostrando un aburrimiento absoluto de vivir, y una tristeza infinita, sacando a través de la canción todos y cada uno de sus demonios. Es tanto lo que esta canción transmite, que artistas como Placebo o Sinead O Connor, han hecho sus propias versiones. Para el final de la velada, estaba reservado el momento más alto de la presentación. Tras un breve momento de indecisión, en que incluso Dave bromea al sugerir tocar “Jeremy” de Pearl Jam y los pedidos y bromas del público (Una mujer grita desesperadamente “Rape Me, a lo que Kurt responde, “no creo que MTV nos deje tocar eso”, aludiendo al episodio de los MTV Video Awards 1992), Cobain dice “Al diablo con todos, esta es la última canción de la noche”, y no sin antes pedir al público que hicieran sus donaciones para poder comprar la guitarra de Leadbelly, músico y compositor de blues y folk, y autor de “Where did you sleep that night?” canción que por sí misma merece un artículo aparte, ya que Kurt canta como si fuera lo último que fuera a hacer en su vida (que para efectos discográficos, resulta cierto). Una adaptación cruda y turbulenta, en que Cobain deja todo en la cancha, en que su imagen cantando con los ojos cerrados, con el alma, es impactante, haciendo que la versión que alguna vez se atreviera a cantar Matt Lanegan, pase al olvido absoluto, como un mal recuerdo. Al final, y cuando se eriza la piel al escucharlo cantar, transforma un gemido en un grito que parece durar siglos, para luego abrir los ojos desorbitados y perdidos, tomar aire, y finalizar de manera perfecta, apagándose, como un aterrizaje, una actuación descollante, en la que solo quedaban los aplausos furibundos de una audiencia extasiada con el momento histórico que acababan de presenciar.
Terminado el show, se bajan del escenario y firman un par de autógrafos. Si bien los productores querían que volvieran a tocar un par de canciones más, Kurt se negó rotundamente, a sabiendas que sería imposible superar lo que ya había hecho. Las críticas ya elogiaban la grabación como una obra maestra. Y luego de su publicación un año más tarde, cuando el líder de la banda, ya se había pegado un tiro, las listas de popularidad lo catalogaron como el disco del año.
Al final, lo que queda es una sensación de tristeza al ver y escuchar este disco, un gusto amargo transmitido por cada una de las canciones y el aura de fatalidad que rodea el concierto. La batería de Dave, tocada sin estridencia, casi acariciándola, y el bajo acústico de Novoselic que contribuye a la gestación de una atmósfera musical somnolienta y triste. Todo acompañado por la voz de Kurt, que es melancolía pura, en un registro que dieciocho años después sigue sonando tan bien como el día que se lanzó, y que viene a confirmar que las grandes obras son atemporales, que trascienden épocas o tendencias, y nos acompañan eternamente, posicionando a Kurt Cobain, como uno de los intérpretes más celebres e influyentes del siglo XX.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Lo que falta, lo que sobra, lo que se pierde.
Parte de cero, como rueda eterna, como girasol mórbido que sigue al sol y vuelve a su punto muerto, sin doblar el cuello, sin mirar lo lejos que se encuentra el vaso sobre la mesa. La sed y yo, el vaso y el agua, el aire en el cielo, lo poco en el suelo. La ropa sin lavar, el traje sin coser, los zapatos sin lustrar. La fiebre que sube fría por tu huesuda espalda, y mis manos nerviosas que no saben qué hacer. Tu boca se abre, ese espacio eterno de calor, humedad y rabia, donde viven las cosas más dulces, las preguntas más tontas, y la mejor, la mejor de las risas, que suena como agua en el techo llovido, como copa que delicadamente se quiebra en la alfombra. A veces aparecen canciones, canciones y huracanes. Besos, gritos, susurros, pedazos de nubes que pasan despacio a mis oídos y hacen cosquillas. Algunos días me reía, otros no tanto. A veces tu lloras... y yo me quedo en silencio en esta eternidad de frío y angustia, cuando la llovizna moja la calle y los pies se me congelan, cuando contemplo los lugares donde alguna vez nos miramos, y me sacaste la lengua.
lunes, 8 de noviembre de 2010
El no pensar al levantarse es indicio de que algo anda mal, o muy mal. La mecanización de un acto tan importante como el despertar, el activar el cuerpo, la mente, la vida, es un síntoma de derrota absoluta. Si a esto le sumamos cincuenta años de vida, un matrimonio, y el correspondiente divorcio, tres hijos que no me hablan y un trabajo mal pagado, el panorama se torna gris, casi negro. Lo más probable es que nadie se levantaría y se quedarían al igual que lo haría yo, todo el día tirado mirando las moscas pegadas al techo, frotarse las manos, y revolotear sin destino definido. Ojala yo pudiese hacer eso. Ojala pudiese decir “a la mierda, me quedo en casa”. Nada de eso, nada. La determinación de una feminista jueza, la universidad de dos, de los tres engendros y una ex esposa neurótica, causaron una pensión alimenticia demoledora, que me obliga a trabajar mis huesos hasta límites insospechados. Hoy es uno de esos días, hoy es uno de miles que he tenido que levantarme como un robot a cumplir con mi deber de macho proveedor, para una familia que me detesta. Me paro, me miro al espejo. Estoy flaco, blanco. Como si fuera de papel, como si me fuera a descascarar en cualquier momento. El agua empieza a correr, y yo también. Me hago un café mientras miro las noticias, nada nuevo bajo el sol, la misma gente, las mismas cosas. Mis llaves, el mismo pasillo, y el mismo ascensor al final del piso treinta. Son las 7:20 de la mañana, y me subo. Antes de que las puertas se cierren, apurada, casi corriendo sube la misma escolar, con la misma mochila, y sus mismos ojos de gato, que me mira y se ríe todas las mañanas. Un par de veces nos hemos ido juntos, bajando lentamente los treinta pisos, mientras miro sus muslos y sus incipientes pechos. Debe tener 17 a lo más, pero es alta y tiene esa cara como de niña caliente y que sabe lo que quiere en la vida. Como la actitud de putaza, en envase colegial y de mochilita rosada. Esta mañana es lo mismo, pero viene más alterada, se ríe, pero respira entrecortadamente, está como nerviosa, jalada, excitada, algo le pasa a la pendejita. No alcanzo a apretar el número uno en el panel del ascensor, cuando me pega con la mochila en la cabeza. Un fierrazo, piedras, plomo o algo tenía en aquel rosado misil que me golpeó el cráneo y me hace caer al suelo como un saco. No entiendo muy bien que pasa, estoy mareado, y la pendeja se me tira encima. Con un rápido movimiento desabrocha mi cinturón, me baja mis hermosos bóxer de leopardo que parecen de toplero flaite, y ahí mismo, me pega un combo en las bolas. No entiendo, me siento mal, todo se da vueltas, estoy mareado, me duele la vida después del último golpe, la miro con lágrimas en los ojos y vomito en el suelo. Respiro entre cortado y perdido en el espacio porque no se qué pasa, que hacer, ni decir ante una situación como esa. Estoy aturdido, adolorido, casi muerto cuando siento una patada en las bolas. Oh si, las mismas que hace dos segundos recibieron el combo, ahora parecen explotar en mi entrepierna con la presión de sus lustrados bototos negros, con un gatito rosa al costado. Ella se ríe, me mira y se ríe de manera cristalina, feliz, es como un juego, y yo que no puedo más me desmayo de dolor. Pierdo la conciencia. Por unos segundos, en los cuales me transporto a otro lugar, no se donde estoy. Floto en un espacio vacío, siento que no peso nada y me muevo despacio, como en agua tibia con jabón de guagua. Solo me desplazo, hay luces, ruidos, dolor, y el no saber porqué, el no entender nada, el sufrir todo.
Cuando reacciono ella está sobre mí, veo su rubia cabellera moverse de arriba abajo entre mis piernas, y siento la dolorosa erección que me causa con su boca y labios. El dolor es tal que lo único que atino es a gemir, casi llorando, implorándole que me deje en paz. Me lame la pija de manera grosera, como un animal amarrado que lo dejan comer después de días. Me duele todo, como si fuera a estallar. De pronto se detiene, alza la cabeza, se da cuenta que estoy despierto y me queda mirando. Primero seria como interrogándome con la mirada, luego se ríe y me lanza un beso con una mano, mientras con la otra golpea el tablero del ascensor, marcando el piso uno. El espacio reducido en el que me encuentro desfalleciendo de dolor comienza a moverse hacia abajo, mientras el tablero de a poco comienza a marcar los pisos… veintinueve… veintiocho… veintisiete… el dolor me hace cerrar los ojos porque la niña reanudó su tarea de manera brutal. Veo mi pija desaparecer en su boca y el sufrimiento me hace llorar, siento mi cara mojada con las lágrimas de miedo, la inmovilidad y la inminente erección de pánico y terror en su boca. El piso que se mueve implacable hacia abajo, veintiuno… veinte… de a poco el ardor me toma el estómago y el bajo vientre, siento la saliva escurrir entre mis piernas, no se que hacer, no me puedo mover, y mi cuerpo reacciona de manera normal: Aun en medio de este infierno logro excitarme y la erección es irrefrenable. Cada vez que ella chupa, mis riñones gritan, cada vez que ella muerde, mi cuerpo sangra. Quince… catorce… sus movimientos se intensifican, y su rubia cabellera despeinada me azota el torso descubierto. Once… diez… de pronto se detiene, y me da un abrazo tierno, casi dulce. Pienso que todo terminó cuando su mano me agarra al mismo tiempo que sus ojos chispeantes inyectados de rabia me miran y se burlan, nueve… ocho… sus manos apenas se ven, sus movimientos arriba, abajo, arriba, abajo y mi masculinidad que apenas se distingue entre sus uñas pintadas de rosa. Cinco… cuatro… voy a morir, va a explotar, la angustia es insoportable …tres… cierro los ojos, no puedo más se mete mi pija en la boca y succiona como una aspiradora gigante que me quiere arrancar las entrañas, muero en este piso de mierda, gimo, lloro como un niño asustado, colapsado… dos… me voy, veo su cabellera, y mis tripas que duelen, mis piernas que duelen, mis bolas que duelen, la pija que me duele y que se revienta en su boca, exploto en llanto y siento reventar mis genitales… uno…
Silenciosamente la puerta se abre, y veo el largo pasillo soleado que da hasta la calle. Al fondo un señor lee el diario, un perro se pasea en la entrada, los autos pasan, la vida sigue mientras yo no puedo moverme, tirado, destruido en el piso de este ascensor. La niña se para y me sonríe, con sus dientes perfectos, llenos de sangre y semen. Cierra la boca, y me escupe. Saca un pañuelo y se limpia gentilmente los labios. Me tira un beso y se marcha con su mochila al hombro y pasitos rápidos. La puerta se cierra lentamente, al igual que mis ojos.
sábado, 18 de septiembre de 2010
El Múchacho y la Mújera
Estaba el múchacho sentado arriba de una tronca, mirando el paisaje mientras su abuelo le sacaba los garrapatos a los perros que se olisqueaban en el atardecer. El múchacho tenia su navajo en una mano, y en la otra un trozo de madera, al cual iba sacando punta despacio mientras el sol se ocultaba en el fondo, como sumergido en una poza de barro y aire. Lentamente pasaba el navajo por la madera, que cedía ante cada embate del filo, cada vez más blanco, cada vez más hondo, cada vez más puntudo el palo, como una lanza fiera, lista para estocar a un enemigo inexistente. El abuelo mientras tanto, iba depositando los garrapatos con mucho cuidado en una caja de metal. Decía que le daban suerte, que había que enterrarlos con un botello de vina, con la luna llena. De esta forma los choclos daban mas dientes, las zapallas se ponían mas amarillas, y las sandias crecían tanto, que se podían ocupar las cáscaras para montar perros, pero eso es otro cuento. Y estando los dos inmersos cada uno en sus quehaceres, el aire se vino a quebrar por un olor que trajo el viento desde una orilla gancho, un aroma que se había percibido antes por los dos gañanes, pero que esta vez salió diferente, como una ventolera de rosas que vino a atravesar el campo de limonas, mezclándose con la tarde y el agua del riego, y les pegó de frente al viejo y al múchacho, que levantaron la vista para mirar la hembra que se movía delante de ellos con un canasto con gatos recién nacidos que había encontrado en el cerco de Carlos, un par de kilómetros más quietos, debajo de donde ellos estaban ahora embobados mirándole el torso. Pasa caminando y los mira, mostrando una hilera de dientes blancos como la cabeza del abuelo, como la espuma del mar, como las nubes que se ven en los días después de la lluvia que moja los campos donde el olor de la potranca impregna la vida misma con su sonrisa, para luego perderse entre las arbolas de más encima, caminando por el surco. Y ahí el abuelo mira al muchacho, que nervioso sigue con el navajo en la mano, sentado en la tronca, cortando el palo, que agarra filo, mientras los pollos se comen las astillas que saltan al pasto, y el viento lo despeina y oculta un poco lo nervioso que se puso con la china que pasó.
- ¿Oye cabro? ¿y tu no tenis mújera?
- No pues abuelo, no tengo.
El viejo sacude la cabeza de un lado a otro, mientras le pellizca los garrapatos a un perro café que se mordisquea la cola. El muchacho se queda pensando en la pregunta del viejo. ¿Por qué no tenía mújera? Ni él lo tenía muy claro. Siempre lo habían buscado, pero él nunca se sintió a gusto, ni cuando andaba caminando por entre los pastos del bajo y la Carmela se le puso enfrente, y se saco la vestida y quedo sin nada mirándolo, apuntándolo y el múchacho se vio a la sombra del sauce que llevaba cerca de dos siglos seco y a punto de caer, enfrentado a la humanidad absoluta de tamaña bellaca, que con sus ciento cuarenta kilos de grasa y desconocidos pliegues cárneos, se vino encima jadeando, y mordiéndolo y chupándolo y lo tiro al suelo, y el múchacho asustado y que poco podía hacer, perdió en esa oportunidad la poca dignidad que le quedaba en la entrepierna, que asustada había cedido al grito de animalidad de su bestial contendora. Desde ese día les temía un poco a las mújeras, las miraba con recelo, pensando que todas se le iban a tirar encima, y lo iban a mordisquear y chupetear en los pastos, y eso no le gustaba nada, no señor. Así que durante un buen tiempo solo se dedicó a cuidar los gallinos de su madre y ocasionalmente a hacer pequeñas compras en el almacén del pueblo, siempre y cuando estuviese de buen ánimo y el día fuese soleado.
En una de aquellas encomiendas al pueblo, fue que pasó fuera de la casa de misia Chelita, con el caballo a la rastra y las bolsas al anca. Misia Chelita era una vieja regordeta como una ternera, de mejillas coloradas y azulosos ojos grises, y una bocaza grande como la de un tiburón, que según contaban los más viejos del pueblo, en sus años mozos hacían bastantes más gracias que solo cantar cueca y tonada. Tenía una risa que sonaba como la chicha al caer en los vasos que iban y venían al interior de su casa, y que resaltaba dentro de los agitados gritos y conversas que se gestaban en el cahuín. Así es, misia Chelita era la cabrona del pueblo, la “Tia Chela” como cariñosamente la llamaban los parroquianos que asistían a gastar ahí, entre bailes y vino, las pocas chauchas que recibían cortando lentejos en las haciendas norteñas. Estaba la vieja parada en la puerta, mirando la calle y ve al múchacho que distraído pasaba como si la vida no fuese a acabar nunca. La vieja lo invita, lo tienta, se baja un poco el escote y le muestra una teta del porte de un melón, blanco y coronada por un pesón rosado que parece estar a punto de estallar y matar un par de moscas que pululan cerca de ella. Pero el múchacho ni se inmuta. Había visto eso muchas veces, cuando mas cabro espiaba a sus primas que se bañaban con el agua del pozo bajo las parras en las inviernas, y la dimensión de la descomunal ubre, le hacía recordar a la gorda Carmela, lo que solo le causaba desprecio. Siguió con el caballo a paso lento despreciando a la vieja que soltó una carcajada sonora, cuando detrás de ella vió dos ojos negros, pequeños y almendrados, que brillaban en medio de una cara redonda y lisa. El olor que salía de esa visión era apabullante. Entre rosas y humo de las tortillas que se asaban en las mañanas, y que amasaban los brazos firmes de la hembra que ahora se pone en la puerta al lado de la vieja y sus pesones descomunales. Ese olor que tenia agua del pozo, flores, miel con el mate que tomaba en las tardes, a pasto revolcado de los peones del cerro, a sudor, a potranca caliente que lo mira y no le dice nada, y el muchacho que ya se bajó del caballo, y deja los encargos tirados, y que pasa el umbral del cahuín, y que va de la mano de la mújera, que lo arrastra al fondo de unas piezas oscuras y hediondas a meado de perro. Pero el múchacho no siente nada, no ve nada, no dice nada. Lo único que ve es la larga cabellera negra y lisa que cae en la cintura de la hembra coronada con sus anchas caderas, donde el ya puso sus manos, y la tira en la cama y de un manotazo le saca el camiso, y se la monta gancho ¡ay si usted lo viera! Como si se fuera a acabar el mundo, y vienen los gritos, y las crujideras del catre y las otras niñas del lado que reclaman, y la vieja que se ríe y no la para nadie, y el muchacho que no lo para nadie, y la mújera que aguanta y no dice nada, y se muerde los labios, y le tira el pelo, y el muchacho que la muerde, y la mújera que abre los ojos, y grita, y el olor a rosas que sale y estalla e inunda la casa, la pieza, el cahuín completo, y los viejos que acostumbrados al olor a meado con chicha no saben de que se trata, y olisquean a las otras niñas, pero no encuentran nada, porque la mújera es la única con esa esencia de cerro, flores, miel y matas de cardo maduro, de las que salen después de la lluvia.
El múchacho se puso muy bueno para hacer el pedido, si lo vieran, si se andaba ofreciendo pa ir al pueblo, incluso los días que el aguacero estaba que se largaba y las nubes negras revoloteaban a lo lejos las plantaciones de lentejos allá en el norte. No había caso, día tras día se iba al cahuín de la Chelita, a revolcarse con la negra, y día tras día volvía a la casa con el olor a rosas y al agua del pozo. Pero no todo es pa siempre pues gancho, y el día que llego sin ni un cobre en el bolsillo, mirando al piso, y haciéndose el loco, la Chelita lo largo cascando pa la calle, que se montara en su caballo flaco y que no se dejara ver por ahí hasta que tuviera algo pa tirarle a la negra. Mala cosa pal muchacho, malaza. Hace días que no trabajaba y por lo mismo no tenía ni pa hacer cantar a los viejos que penosamente se ponían con un arpa a pies pelado cerca de la fuente. No le quedó otra que tirarse a la casa, a pasear los gansos en el cerro y cuidar los ovejos de su abuela, donde las tardes pasaban más lento que nunca y el muchacho se divertía tocándose solo, en las llanuras de ese valle, en medio de los gansos y ovejos, donde ahora hay a montones unas florecillas blancas y lechosas. Pero no era lo mismo, no estaba el olor a rosas, ni los gritos, ni las risas de la vieja, ni los ojos almendrados de la negra con sus caderas anchas y el pelo negro hasta la cintura, ni el hedor a meado de perro, ni las tonadas del cahuín. Estaba él solo, con los gansos, los ovejos y los perros llenos de garrapatos, y el navajo, y la tronca en que se sentaba en las tardes sin saber qué hacer, y donde su abuelo le pregunta porque no tiene mújera y el no sabe que responder, no sabe porque no tiene a la china que se está perdiendo al fondo de las árbolas de encima. Si le gusta, si lo tiene embobado, si no hace más que pensar en ella todo el día y en el olor a rosas, y a pasto revolcado del cerro, y a miel con mate y esta ahí, cerquita, a un par de saltos de su juventud, mientras el palo sigue tomando filo, y el navajo corta que corta, y las astillas caen, y la china avanza y se va a perder, y el abuelo que se ríe, y le dice que si acaso es cola, que si acaso no le gustan las mújeras, que si acaso le gustan los otros muchachos, y no para de reír, mostrando sus encías peladas por los años y arrugando los ojos, y la china que apenas se ve al fondo de las árbolas casi desapareciendo, y el muchacho que se anda espantando, y el filo del navajo que se confunde con el de la lanza, que se empuña en las manos del múchacho, y atraviesa el pecho del abuelo, que se funde en un grito sordo de sangre y dolor, y el múchacho que de un salto sale detrás de la china, que ya no se ve entre las árbolas, mientras los garrapatos huyen despavoridos al verse liberados, porque en ningún caso quieren morir enterrados con un botello de vina, bajo la luna llena que redonda y brillante, sale detrás del cerro empañado de sangre.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Hoy somos todos desechables
Hoy somos todos desechables. Como un pañuelo, un condón o una toalla higiénica. El ser disminuido a la producción en serie, a la perdida de identidad, a la monotonía de hacer todos lo mismo. Somos un montón de burros que se miran las caras. Siento nausea, me da asco, desprecio. La mitad de las personas me parece inútil, la otra mitad da lo mismo, en unos meses más no los verás, y lo que les ocurra no importará, porque conoceremos otras personas, que cumplirán su labor, que serán útiles en ese momento, y luego los desecharemos.
Como un gusano de tierra que llega a la superficie, y se queda embobado mirando el sol, porque es primera vez que lo ve, y siente en sus anillos corpóreos llenos de nada, el calor de aquel circulo amarillo brillante. Así se siente el día de hoy, así se sienten todos los días. Mirar el sol un rato, y volver a la tierra oscura, deslavada, con el alma sin color, sin gusto a nada, ni a tierra. El comer despacio, sintiendo el sabor de cada cosa, en un ejercicio por entender por que cada cosa tiene ese sabor y no otro. ¿Porque tengo este color y no otro? ¿Porque soy azul como el mar?
Podría haber nacido verde, y mezclarme con la hierba que crece a la orilla de las veredas rotas. O negro como la noche, o como tus ojos de puta sin pasión. O rojo, como la sangre de los que tienen sangre. Pero bueno, al fin hay que aceptarse como uno es, y hoy yo soy viejo, y mis aves ya no cantan como antes, mi voz no suena como antes, yo ya no soy yo.
Lo único que puedo decir hoy es, vayan todos, antes que no vaya nadie.
Humberto, descansa en paz.
domingo, 25 de octubre de 2009
Dineropadres
Hoy me compré un hijo. Hacia tiempo estaba meditando, que un vástago me haría sentar cabeza, ordenarme un poco en esta monotonía que algunos se dignan a llamar vida. Lo elegí cuidadosamente, y si bien taba indeciso al principio, al final me decidí por un chino. Como que esa cara redonda y sus rasgados ojos me despertaron simpatía y era el que tenía la foto más monona en el catálogo. Saque mi tarjeta de crédito y listo, operación terminada. Al cabo de dos semanas sonó el timbre de mi casa y un señor con unos lentes muy gruesos descargó una caja de cartón, y me hizo firmar una serie de engorrosos papeles. Luego de eso colocó la caja cuidadosamente en el living y se marchó en una camioneta cargada de cajas como la mía.
Me quede al menos dos horas observando la caja. Como un niño curioso, que no quiere abrir su regalo para que la sorpresa dure eternamente, como cuando se sabe lo que hay dentro, pero igual nos da cosa mirar. Finalmente tomo un cuchillo de la cocina y corto las amarras, saco el montón de tapas y empiezo a escarbar entre la montaña de bolitas de plumavit que ahí se encontraban y veo una redonda cabeza negra. Saco un poco más de bolitas y ahí aparece el chinito, con sus rasgados ojos, que al sonreír, parecen estirarse y rasgarse hasta el infinito. Venia medio dormido pero se incorpora rápidamente y hace una graciosa reverencia. No puedo evitar reír. Ahora tengo un hijo, alguien a quien cuidar, educar y por quien soy responsable al menos hasta que cumpla 18 años. Me da un abrazo, es gracioso el chinito.
Lo llevo a su habitación y le pongo música, me mira contento así que supongo que le agrada. Se da unas vueltas y se duerme, placidamente en su cama nueva, en su vida nueva, que no pudo elegir porque yo la compré y lo educaré del modo que me plazca. Le enseñaré a tocar guitarra para que pueda cantar con su padre cuando estemos aburridos, le regalaré mil libros que tendrá que leer y luego podrá comentar conmigo y reírnos, le regalaré un perro para que desde pequeño desarrolle amor por los animales. Lo llevaré al estadio a los partidos del equipo que a mi me gusta, para que desarrolle la misma pasión por el. Le compraré la ropa que a mi me guste, para que el pequeño tenga onda y estilo desde su infancia, pagaré diseñadores si es necesario. Lo matricularé en una escuela pagada, para que no se mezcle con niños que no le aportarán nada a su formación, y para que sus amigos sean gente con clase. Le regalaré un auto cuando cumpla 18 años y entre a la Universidad, para que no tenga que andar caminando y pueda pasear a su novia, llevarla a ver puestas de sol y hacerle el amor en las periferias de la ciudad. Le regalaré un viaje, cuando se titule, para que conozca el mundo y vea las cosas de otra perspectiva. Y todas esas cosas haré, mientras el chinito duerme placidamente, soñando con otros niños chinos en cajas de cartón con bolitas de plumavit que en este momento deben estar viajando en algún lugar. Y aquí me quedaré observándolo, hasta que algún día, llegue el señor de gruesos anteojos y me tome, me envuelva y me ponga en una caja, y me envíe a la casa de algún hijo que se siente solo, y que tenga ganas de cuidar y abrazar un padre.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Veintisiete

Hoy, antes de las 12 todos se pararon de la mesa, y esperaron que terminara de beber mi té. Cuando la medianoche llegó a mi casa, mi hermana se acercó y me dio un abrazo, seguido de otro de mi mamá, mi hermano. Mi papá no dijo nada, solo se fue caminando lentamente hacia una puerta, para luego salir de ella con una pequeña bolsita, la cual extendió hacia mi, acompañado de un apretón de manos y una sonrisa. Y aquí estoy yo, sentado mientras todos me miran riendo, esperando que mis manos comiencen a destrozar el pequeño papel que tímidamente está en la mesa, brillando, aceptando su fugaz destino de duración mínima. Tomo el pequeño envoltorio y lo abro. Adentro una pequeña caja que aumenta mi curiosidad. Es increíble como la capacidad de sorprenderse no se agota nunca, que estoy de la misma forma que un niño pequeño al mirar un dulce o una bicicleta, esperando levantar su pierna y echarla a andar por desconocidos senderos la vida entera. Con cuidado tomo la cajita y la abro. Es… ¡un reloj! Un negro y cuadrado reloj, que brilla y me mira, como un viejo serio y formal. La verdad me toma por sorpresa, no es un reloj común, es muy bonito y parece que no está pensado para mi. Me pongo a reír, mi papá también lo hace. Se noto que lo eligió el, es un artículo para usar con terno y corbata, una especie de caballeros, no de jóvenes desarrapados y chascones como yo. Mi papa lo toma, y trata de ponerlo en mi muñeca. Sonrío por dentro al ver que no combina con la pulsera que tengo puesta, recuerdo de mis últimas vacaciones. Me queda holgado, pero no importa, es lindo, es mío, me lo regaló mi padre. Al ver que me queda suelto, mi papá se ríe, me dice que lo eligió probando en su muñeca, uno tras otro. Pone su mano al lado de la mía, es casi el doble de gruesa, y deben haber soportado el doble de trabajo. Me dice que me queda lindo, que debería usarlo con traje, mientras sus ojos brillan. Me miro en sus ojos, me veo mi mismo en el, en mi padre. Comienzo a imaginarlo a el, a mi edad, tal vez recién casado, con un hijo pequeño, sin nada. Los embates de la pobreza, el frío, el hambre, las jornadas de trabajo de sol a sol, La Ligua, la ciudad, la movilidad, las oportunidades, el trabajo, el crecer, el forjar sin nada, una familia como la que hoy tiene. Me dan ganas de llorar, de abrazarlo, de decirle que lo quiero mucho, darle las gracias por todo, por su sacrificio, por su honestidad, por su ejemplo, por ser no el mejor papá del mundo, pero si el más auténtico. No puedo, me tranco, por esa maldita costumbre que de niño nos enseñan que los hombres no lloran. Me la tengo que tragar, y limitarme a sonreírle. No puedo, me supera. ¿Saben cuantas veces le he dicho a mi papá que lo quiero? Una sola, una sola, y apenas porque el llanto no me dejaba hacer nada más, y ahora que está acá, a mi lado, con sus viejos ojos brillosos, orgulloso de su hijo mayor que no es nadie, pero para el es todo, me la trago. Lo único que quiero es darle un abrazo y decirle que lo poco que soy es gracias a el, a su fortaleza, que trato vanamente de imitarlo, aunque estoy a años luz de lograr ser tan buena persona, tan buen chato, tan berna.
Me paro de la mesa, digo buenas noches y gracias, y me voy a mi pieza. A escribir esto, mientras todas las lágrimas que no salieron allá caen ahora, en silencio, en la soledad de esta casa, donde dos habitaciones mas allá está mi padre durmiendo, cansado, soñando con su hijo que hace 27 años llegó a cambiarle la vida.
Este es mi regalo para ustedes.
Álvaro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
